Charles comprendió de pronto por qué se había escapado corriendo el día anterior.
– Siempre podrá esconderse en el banco…
– No… No es lo mismo… Yacine tiene derecho a estar aquí, es como si estuviera interno. Me he limitado a invertir las fechas y lo obligo a pasar las vacaciones con su familia. Mientras que ella… No lo sé… Le estoy preparando un expediente de adopción, pero también esto es dificilísimo. Siempre el problema de las normas… Tendría que buscarme un marido bueno y amable que fuera funcionario -sonrió Kate-, un profesor o algo así…
Dobló la espalda y estiró los brazos delante del fuego.
– Halaaaa, ya estáaaaa -bostezó-, ya lo sabe todo.
– ¿Y los otros tres?
– ¿Qué pasa con ellos?
– También podría haberlos adoptado…
– Sí… Lo pensé… Para quitarme de encima a los protutores, por ejemplo, pero…
– ¿Pero?
– No sé, sería como matar a sus padres otra vez…
– ¿Ellos nunca se lo han comentado?
– Sí. Claro que sí. De hecho se ha convertido en una especie de juego entre nosotros… «Sí, sí, ordenaré mi habitación cuando me adoptes…» Y las cosas están muy bien así…
Largo silencio.
– No sabía que existía -murmuró Charles.
– Que existía ¿el qué?
– Gente como usted…
– Y tenía razón. No existe. Yo, al menos, no tengo la impresión de existir…
– No la creo.
– Sí, hombre… No hemos salido mucho en estos nueve años… Intento siempre ahorrar algo de dinero para llevarlos a hacer un gran viaje, pero no lo consigo. Sobre todo porque el año pasado compré la casa… Era una obsesión que tenía. Quería que estuviéramos en nuestra propia casa. Quería que, más tarde, los niños fueran de algún sitio concreto. Los obligaré a marcharse, pero quería que tuvieran esta base… Le di la tabarra a Rene todos los días con esto, hasta que conseguí convencerlo. No puedo, se quejaba, esta casa es de mi familia desde la Gran Guerra… ¿Por qué cambiar las cosas? Y además tenía unos sobrinos en Guéret…
»Dejé de tomarme un café con él todas las mañanas al volver de dejar a los niños en el colegio, y, al cabo de cinco días, Rene ya no pudo más y tiró la toalla.
»"Tonto", le reproché con cariño, "pero si sabes que tus sobrinos somos nosotros"…
»Por supuesto, primero tuve que pedir permiso al juez y a mi querido protutor, y todos se pusieron a darme la vara. Pero ¿cómo? No era una idea sensata. ¿Y por qué estas ruinas? ¿Y cuánto me iba a costar el mantenimiento de una casa como ésta?
»Joder… Y eso que ellos no habían vivido los inviernos tan duros que vivimos nosotros… Al final terminé por decirles: la cosa es muy sencilla, o me permitís vender uno de los pisos para comprar esta casa, u os devuelvo a los niños. La nueva jueza tenía otros problemas más importantes, y los otros dos son tan idiotas que se tomaron en serio mi amenaza…
»Fui al notario con Rene y su hermana y cambié una mierda de casa en la urbanización de las Mimosas por este magnífico reino. Qué fiesta montamos esa noche… Invité a todo el pueblo… Incluso a Corinne Le Men…
»Para que vea lo feliz que estaba…
»Ahora vivo del alquiler de dos pisos que tienen unos presidentes de comunidad muy entregados… Siempre hay obras que hacer, siempre hay que remozar fachadas y demás jodiendas… Well… No importa, las cosas están bien así… ¿Quién se ocuparía de las fieras si nos marcháramos?
Silencio.
– ¿Vivir? ¿Sobrevivir? Quizá… Pero existir, lo que se dice existir, no. Me he curtido, me he hecho más fuerte, pero mi pobre cerebro me ha dejado colgada por el camino. Ahora me dedico a hacer pasteles y los vendo en la fiesta del colegio…
– Sigo sin creerla.
– ¿No?
– No.
– Y sigue teniendo razón… Claro, de lejos parezco un poco una santa, ¿no? Pero no hay que creer en la bondad de los generosos. En realidad son los más egoístas…
»Se lo confesé antes, cuando le hablaba de Ellen, soy una mujer ambiciosa…
»¡Ambiciosa y muy orgullosa! Era un poco ridícula, pero lo decía en serio cuando declaraba que quería erradicar el hambre en el mundo. Mi padre nos había educado enseñándonos las lenguas muertas, y mi madre opinaba que Margaret Thatcher llevaba un bonito peinado, o que la última pamela de la Reina Madre no pegaba nada con su vestido. So… no tenía mucho mérito que yo aspirara a una vida de horizontes un poco más amplios, ¿no le parece?
»Sí, era ambiciosa. Y ya ve… Ese destino que nunca habría podido tener yo sola porque nunca le habría llegado ni a la suela de los zapatos a mis modelos de comportamiento, me lo ofrecieron estos niños… Un destino muy pequeñito -dijo, haciendo una mueca-, pero bueno… lo bastante entretenido para mantenerlo despierto a usted hasta las tres de la mañana…
Kate se dio la vuelta y le sonrió, mirándolo a los ojos. Y entonces, en ese preciso instante, Charles lo supo. Supo que estaba perdido.
– Sé que tiene prisa, pero no se marchará ya mismo, ¿no? Puede dormir en la habitación de Samuel, si quiere-Porqué Kate había cruzado los brazos, desvelándoselo así, y porque ya no tenía ninguna prisa, Charles añadió:
– Una última cosa…
– ¿Sí?
– No me ha contado la historia de ese anillo…
– ¡Es verdad! Pero ¿dónde tengo la cabeza?
Kate se miró la piedra engastada.
– Pues bien…
Se inclinó hacia él y se llevó el dedo al pómulo derecho.
– ¿Ve esta estrellita de aquí? ¿En medio de las patas de gallo?
– Claro que la veo -aseguró Charles, que era miope perdido.
– Primera y última bofetada que me dio mi padre en toda su vida… Yo tendría unos dieciséis años, y su anillo me hizo una herida… El pobre lo pasó fatal… Tan pero tan mal que ya nunca más volvió a llevar ese anillo…
– Pero ¿y qué había hecho usted? -se indignó Charles.
– Ya no me acuerdo… ¡Debí de decir que Plutarco me la traía floja!
– ¿Y eso por qué, vamos a ver?
– ¡Pues porque Plutarco escribió un tratado sobre la educación de los niños que me tenía hasta el gorro, mire usted por dónde! No, lo digo de broma, supongo que sería por alguna historia de que quería salir por la noche… Da igual, lo que fuera… El caso es que sangraba… Por supuesto, exageré muchísimo, y lo que ocurrió es que ya nunca más volví a ver ese anillo…
»Un anillo que de hecho me gustaba mucho… De niña me hacía soñar… Esa piedra tan azul… Ya no me acuerdo… pero creo que se llama «niccold»… Y el dibujo… Ahora está muy sucia, pero mire a este joven caminando a grandes zancadas con una liebre en el hombro… Me encantaba… Tenía un trasero tan bonito… A menudo le preguntaba a mi padre qué había sido de ese anillo, pero ya no se acordaba. Quizá lo había vendido…
»Y, diez años más tarde, al salir del despacho del juez, cuando ya se habían tirado los dados, fuimos a tomar un té a la plaza de Saint-Sulpice. Mi anciano papaíto hizo como que buscaba sus gafas y sacó el anillo, que llevaba escondido en un pañuelo. You make us proud, he said, y me lo regaló. Here, you'll need it too when you're looking for résped… Al principio me estaba demasiado grande y me bailaba en el dedo corazón, pero, de tanto cortar leña, ¡ahora se me sujeta muy bien en estos dedazos que tengo!
»Mi padre murió hace dos años… Fue otra tristeza enorme… Pero una tristeza más natural…
»Cuando venía a visitarnos en verano, le encargaba que vigilara la cocción de las mermeladas… Ésa sí que era tarea para él… Se cogía su libro, se sentaba delante de la cocinera y con una mano pasaba las páginas mientras con la otra removía la olla con una cuchara de madera… Y fue durante una de esas largas tardes de mermelada de albaricoque cuando me dio mi última clase de civilización antigua.
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