Y además, ¡qué menos que a ese maestro paleto se le dieran bien los niños y supiera reconocer la Osa Mayor!
– Claro que la comprendo -murmuró muy serio.
– No funcionó… Como siempre, otra mujer habría tenido más paciencia que yo, pero al cabo de un año me fui a la ciudad grande más cercana para someterme a una serie de pruebas médicas. Me había quedado con tres niños sin una queja, ¡así que tenía derecho a uno que fuera mío propio, ¿no?!
»Mi vientre me obsesionó tanto que descuidé un poco todo lo demás…
»¿Que ya no dormía todas las noches en casa? Sería porque necesitaba tranquilidad para corregir los dictados de sus alumnos… ¿Que ya no recorría la región con nosotros los domingos en busca de un nuevo mercadillo? Sería porque estaba un poco harto de nuestros trastos… ¿Que ya no me hacía el amor con la misma ternura? ¡La culpa era mía! Con todos esos cálculos que le cortaban el rollo a cualquiera… ¿Que le parecía que los niños metían mucho jaleo? Pues sí… a ver, qué remedio, eran tres… ¿Y que hacían lo que les daba la gana? Pues sí… me parecía que la Vida les debía al menos eso… su niñez tenía que ser como un magnífico corte de mangas… ¿Que hablaba demasiado a menudo en inglés cuando me dirigía a ellos? Pues sí… cuando estoy cansada hablo la lengua que me sale más natural…
»Que… Que… Que… ¿Que había solicitado un traslado para el curso siguiente?
»Vaya… Ahí ya no me quedaban argumentos.
»No vi venir nada… Creía que había hecho como yo, que las palabras que había pronunciado y las promesas de compromiso, aunque fueran sin juez ni secretario judicial, tenían sentido. Pese a los inviernos que se anunciaban duros y a una dote un poco cargadita…
«Consiguió el traslado, y yo me convertí en lo que era cuando le conté mi último cigarrillo…
»Una tutora abandonada…
»Qué desgraciada fui, cuando lo pienso -sonrió Kate tristona-. Pero y además, ¿¡qué cono pintaba yo ahí!? ¿Por qué había mandado mi vida a la mierda en una casa tan destartalada? Por qué estaba ahí empeñada en jugar a ser Karen Blixen en ese montón de estiércol… Empeñada en acarrear leña todas las noches y en ir a hacer la compra cada vez más lejos para que nadie comentara nada sobre la cantidad de botellas que trataba de disimular entre el chocolate y las latas de comida para gatos…
»A toda esa depresión vino a añadirse algo mucho más pernicioso todavía: la falta de autoestima. Vale, nuestra relación había salido mal, pero bueno… eso le pasaba a mucha gente… La pega eran esos tres años que nos separaban… No me decía: se ha marchado porque ya no me quería; me decía: se ha marchado porque soy vieja.
»Demasiado vieja para ser amada. Demasiado fea, con una carga demasiado pesada. Demasiado vieja, demasiado pelleja, demasiado compleja.
»No muy glamorosa con mi sierra mecánica, mis labios cortados, mis manos enrojecidas y mi cocinera que pesaba seiscientos kilos…
»No… No mucho, no.
»No le guardaba rencor por haberse marchado, lo comprendía.
»Yo en su lugar habría hecho exactamente lo mismo…
Kate se sirvió otra taza de tila y sopló largo rato sobre el agua ya tibia.
– Lo único positivo de toda esta historia -bromeó-, ¡es que seguimos suscritos a El autillo! ¿Conoce al que la edita? ¿A Pierre Déom?
Charles le indicó con un gesto que no.
– Es fantástico. Un… un genio… Me extrañaría que lo quisiera, pero este señor se merecería un bonito sepulcro en el Panteón… Pero bueno… yo ya no era muy capaz de distinguir entre una avellana roída por una ardilla y otra mordisqueada por un ratón de campo… Aunque… debió de interesarme al menos un poco, de lo contrario no estaríamos aquí esta noche…
»La ardilla la parte en dos mitades, mientras que el ratón de campo excava en ella un agujero como cinceladito. Para más detalles, véase la repisa de esta chimenea…
»Yo era más bien un ratón de campo… Seguía entera, pero estaba totalmente vacía por dentro. Útero, corazón, porvenir, confianza, valor, armarios… Todo estaba vacío. Fumaba, bebía hasta cada vez más tarde por la noche, y entonces, como Alice había aprendido a leer, ya no pude morirme de una muerte prematura, así que en lugar de eso, me pillé una especie de depresión…
»Me preguntaba usted antes por qué tengo tantos animales, pues bien, en ese momento lo supe. Era para levantarme por las mañanas, tener que dar de comer a los gatos, abrirles la puerta a los perros, llevar heno a los caballos y distraer a los niños. Los animales seguían dando vida a esta casa y entretenían a los niños lejos de mí…
»Los animales se reproducían en la estación de los amores y sólo pensaban en comer el resto del tiempo. Era un ejemplo fantástico. Ya no les leía cuentos y les daba besos de fantasma, pero todas las noches, al cerrar las puertas de sus habitaciones, velaba porque todos estuvieran abrazados a su gatito correspondiente, que les servía de bolsa de agua caliente…
»No sé cuánto habría podido durar aquello ni hasta dónde habría llegado exactamente… Empezaba a perder el norte. ¿No estarían mejor los niños en una verdadera familia de acogida? ¿Con un papá y una mamá "como es debido"? ¿No era mejor que dejara plantado todo aquello y me volviera a Estados Unidos con ellos? O sin ellos, ya que estaba…
»¿No sería mejor…? Ya ni siquiera hablaba con Ellen y bajaba la cabeza para no cruzarme con su mirada…
»Mi madre me llamó una mañana. Al parecer había cumplido treinta años.
»¿Ah, sí?
»¿Ya?
»¿Sólo treinta?
»Me inflé a vodka para celebrarlo.
»Había fracasado en mi vida. Estaba de acuerdo en dar la talla lo mínimo necesario, tres comidas al día y llevarlos y traerlos del colegio, pero nada más.
»En caso de reclamación, diríjanse al juez.
»En ésas estaba cuando conocí a Anouk, y me puso la mano en la nuca…
Charles observaba con atención los morillos de la chimenea.
– Y entonces un día recibí una llamada de la secretaría de la clínica de ginecología donde me habían hecho análisis unas semanas antes… No podían decirme nada por teléfono, tenía que desplazarme hasta allí. Apunté la cita aunque sabía perfectamente que no acudiría. La cuestión ya no estaba, y probablemente ya no lo estaría nunca, a la orden del día.
»Y sin embargo fui… Para salir un poco, para cambiar de aires y porque Alice necesitaba tubos de pintura o no sé qué otra cosa totalmente inencontrable aquí.
»Me recibió el médico. Comentó mis radiografías. Tenía las trompas y el útero completamente atrofiados. Minúsculos, taponados, en absoluto aptos para la procreación. Tendría que volver a someterme a una larga serie de pruebas más complejas, pero había leído en mi historial médico que había pasado largas temporadas en África, y pensaba que podía haber contraído allí la tuberculosis.
»Pero… yo no recuerdo haber estado enferma, me defendí. Se mantenía muy sereno, debía de ser el oficial de mayor graduación del cuartel y estaba acostumbrado a anunciar noticias desagradables. Me habló largo rato, pero yo no lo escuché. Era una forma de tuberculosis que podía haberme pasado inadvertida y… ya no me acuerdo qué más me dijo… Tenía el cerebro tan necrosado como todo lo demás…
»Lo que sí recuerdo es que, una vez en la calle, me toqué el vientre por debajo del jersey. Lo acaricié incluso… Me sentía totalmente perdida.
»Menos mal que se estaba haciendo tarde. Tenía que espabilarme si quería que me diera tiempo a pasar por una papelería grande antes de recoger a los niños a la salida del colegio. Le compré de todo… Todo aquello con lo que Alice habría soñado… Tubos de pintura, pasteles, una caja de acuarelas, carboncillos, papel, pinceles gruesos y finos, un kit de caligrafía china, abalorios… De todo.
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