»Llegó entonces un perro. Una especie de pequeño fox terrier a quien también le gustaban las chocolatinas y era capaz de saltar hasta el hombro de Sam. Su amo venía detrás… Esperé a que dejara los cubos en el suelo y se refrescara con la manguera antes de atreverme a molestarlo.
»Como buscaba a su perro, nos descubrió a los tres y fue tranquilamente a nuestro encuentro. Apenas me había dado tiempo a saludarlo cuando ya los niños lo acosaban a preguntas.
»"¡Bueno!", exclamó, alzando las manos. "¡Vaya acento más marcado que tenéis!"
»Les dijo cómo se llamaba su perro, Filou, y lo animó a dar vueltecitas que hicieron reír a los niños.
»Un chucho de lo más salado…
»Le dije que habíamos ido a buscar huevos. "Hombre, seguro que en la cocina tengo alguno, pero los críos preferirán ir a buscarlos ellos mismos, ¿a que sí?", y nos llevó a su gallinero. Para no ser un señor muy simpático, yo lo encontraba bastante amable…
»Luego lo seguimos hasta su cocina para buscar una caja, y entonces me di cuenta de que debía de hacer mucho, mucho tiempo que vivía solo… Estaba todo tan sucio… Por no hablar del olor… Nos ofreció algo de beber, y nos sentamos todos alrededor del hule, que se nos pegaba a los codos. Era un zumo muy raro, y había moscas muertas en el azucarero, pero los niños se portaron muy bien. No me atrevía a sacar a Hattie de su carrito. El suelo estaba tan… pegajoso… como todo lo demás… En un momento dado ya no pude más y me levanté para abrir la ventana. Él me miró sin decir nada, y creo que nuestra amistad nació en ese preciso instante, cuando me di la vuelta diciendo: "Aaaaah… Así está mucho mejor, ¿no?"
»Era un solterón que no sabía muy bien dónde meterse y que nunca había visto niños desde tan cerca, yo era una futura solterona que no tiraba la toalla porque un picaporte estuviera duro y a la que todavía le quedaban diecisiete años de tirar del carro, y los dos nos sonreímos en medio de esa brisa tibia…
»Sam le contó que los huevos los necesitábamos para prepararle una tarta de cumpleaños a su hermanita pequeña. Él miró a Harriet, que estaba en mi regazo: "¿Hoy es su cumpleaños?" Yo asentí con la cabeza, y él añadió: "Pues me parece que tengo un peluche para esta niña…" Horror, yo me preguntaba qué chisme asqueroso le iría a dar… ¿Un conejo rosa ganado en una caseta de tiro en una feria en 1912?
»"Seguidme", declaró, ayudando a Alice a bajarse de la silla. Nos llevó a otro edificio y se puso a gruñir en la oscuridad: "Pero ¿ande se habrán metido ahora…?"
»Los encontraron los niños, y ahí ya sí que tuve que soltar a Hattie…
Charles empezaba a conocer las sonrisas de Kate, pero ésa era de verdad más contagiosa que las demás…
– ¿De qué se trataba?
– De unos gatitos… Cuatro minúsculos gatitos escondidos debajo de un coche muy viejo… Los niños se volvieron locos con ellos. Le preguntaron si los podían coger en brazos, y nos fuimos todos a jugar en el césped que había detrás de la casa.
«Mientras se divertían con los animalitos como si fueran golosinas, el viejo y yo nos sentamos en un banco. El hombre tenía al perro en su regazo mientras se liaba un cigarrillo. Sonreía mirándolos y me felicitó: yo también tenía una carnada bien maja… Me eché a llorar al instante. Tenía un montón de sueño atrasado, no había hablado con un adulto amable desde… Ellen, así que se lo conté todo.
»Se quedó un buen rato callado con el mechero en la mano y luego me dijo: "Serán felices de todas maneras, ya lo verá… ¿Y bien? ¿Cuál ha elegido la pequeñaja?"
«Fueron los mayores quienes decidieron por ella, y le prometí que vendríamos a buscar al gatito el día que nos volviéramos a París. Nos acompañó hasta los robles. La parte de abajo del carrito estaba llena de verduras de su huerto, y los niños se dieron la vuelta muchas veces para decirle adiós con la manita.
»Una vez de vuelta en nuestra cocinita alquilada me di cuenta de que no teníamos horno… Planté una vela en una magdalena, y los niños se fueron a la cama, agotados. Uf, por fin se había terminado ese maldito día… Había decidido que tenía que ser un día alegre, pero no lo habría conseguido nunca de no ser por esa casa que, en mi opinión, tenía un bonito nombre de crepúsculo…
»Estaba fumando en la terraza cuando Sam llegó, arrastrando su osito de peluche. Era la primera vez que venía a verme así. La primera vez que me abrazaba… Y allí no era el fuego sino las estrellas lo que contemplábamos para no sentirnos tan solos…
»"¿Sabes?, creo que no debemos quedarnos ese gatito", me declaró por fin, muy serio.
»"¿Te da miedo que se vaya a aburrir en París?"
»"No, pero no quiero que lo separemos de su mamá y de sus hermanos…"
»Oh, Charles… Me puse a llorar como la magdalena de la velita… Todo, todo me hacía llorar.
»"Pero podemos ir a verlo mañana, ¿eh?", añadió Samuel.
»"Por supuesto." Volvimos al día siguiente, y al otro, y al final nos pasamos el resto de las vacaciones en la granja. Los niños jugaban en los silos mientras yo vaciaba la cocina en el patio y hacía una buena limpieza. Ese señor Rene, con sus gallinas, sus vacas, el viejo caballo que le habían encargado que cuidara, su perrito y su caos enorme se convirtió en nuestra nueva familia. Por primera vez, me sentía bien. Protegida. Tenía la impresión de que nada malo podía aguardarnos detrás de esas tapias, que el resto del mundo estaba al otro lado del foso…
»El día de nuestra partida estábamos todos muy emocionados y le prometimos que volveríamos a verlo en el puente de Todos los Santos. "Entonces tendréis que venir a verme al pueblo, porque ya no estaré viviendo aquí…" ¿Ah, no? ¿Y eso por qué? Era demasiado viejo ya, nos dijo, no quería pasar otro invierno allí solo. Había estado muy enfermo el año anterior y había decidido irse a vivir a casa de su hermana, que acababa de quedarse viuda. Iba a alquilarles la casa a unos jóvenes, y sólo se quedaría con la huerta.
»¿Y los animales?, preguntaron enseguida los niños, preocupados. Bah… Se llevaría las gallinas y a Filou, pero el resto, bah…
»Ese "bah" sonaba a matadero…
»Bueno, pues nada, iríamos a verlo al pueblo… Nos dimos un último paseo bien grande antes de marcharnos, y no pude llevarme todas las cajas de verduras que me había preparado tan amablemente porque el coche era demasiado pequeño.
Kate se puso de pie, levantó la tapadera de la izquierda y llenó de agua un hervidor.
– El piso de París también nos pareció muy pequeño… Y las aceras… Y la plaza… Y los aparcamientos… Y el cielo… Y los árboles del bulevar Raspail… Y hasta el Jardín de Luxemburgo, donde ya no quería ir porque los paseítos cortísimos a lomos de burro se habían convertido en un lujo…
»Todas las noches me decía que iba a meter las cosas en cajas de cartón y a cambiar la decoración del piso, y todas las mañanas aplazaba la difícil tarea hasta el día siguiente. A través de un antiguo colega, la American Chestnut Foundation me propuso traducir una enorme tesis sobre las enfermedades del castaño. Apunté a Hattie en una guardería, y aquí también le ahorro todas las complicaciones administrativas… Todas esas humillaciones miserables… Y, mientras los mayores estaban en el colegio, yo batallaba con el Phytophtora cambivora y demás Endothia parasítica.
»Odiaba ese trabajo, me pasaba el rato mirando el cielo gris por la ventana y me preguntaba si habría una espumadera en la cocina de Rene…
»Y entonces llegó un día que fue más negro que los demás… Hattie estaba siempre mala, tenía mocos, tosía y por las noches se ahogaba con las flemas. Era dificilísimo conseguir una cita con el pediatra, y los plazos de espera para consultar a un fisio me ponían de los nervios. Sam, que ya casi sabía leer, se moría de aburrimiento en su clase de primero de primaria, y la maestra de Alice, la misma que el año anterior, seguía exigiendo la firma de los padres en las notas que entregaba a los alumnos. No podía reprochárselo, claro, pero si yo hubiese elegido ser maestra, habría estado más atenta a esta niña que dibujaba ya mucho mejor que todas las demás…
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