»Había currado como una loca para llegar hasta ahí, y ahora me iba con el rabo entre las patas, creo incluso que me sentía culpable… Hasta debí de pedirles perdón… En pocas horas abandoné todo lo que tenía: el hombre al que amaba, mis diez años de estudios, mis amigos, mi país adoptivo, mis cepas débiles, mis ADN, mis papayas e incluso a mi gato…
»Matt me acompañó al aeropuerto. Fue horroroso. Le dije: "¿Sabes?, seguro que hay un montón de proyectos apasionantes en Europa…" Trabajábamos los dos en lo mismo… Él asintió y me dijo algo a lo que di mil vueltas en la cabeza durante mucho tiempo: "Sólo piensas en ti."
»Subí al avión llorando. Yo que tanto había viajado por las plantaciones del mundo entero, a partir de aquel día no volví a coger un avión…
»Todavía pienso en él alguna vez… Cuando estoy aquí, perdida en este agujero, con mis botas, medio congelada, y miro a Sam entrenando con su burro, con mis dichosos perros, el viejo Rene y su dialecto incomprensible, y todos los chavales del pueblo subidos a las vallas jaleándome hasta que termine de hacerse el bizcocho de turno, pienso en él, en lo que me dijo, y un fantástico Fuck you! me reconforta y me calienta el corazón mucho más que la gorda de Aga…
– ¿Quién es Aga?
– La cocinera… Lo primero que compré al venirme aquí… Y era una locura, de hecho… Me dejé todos mis ahorros… Pero mi abuela tenía una en su casa en Inglaterra, y yo sabía que no podría salir adelante sin una como ésa… En su lengua tienen la misma palabra para el aparato y para la señora que cocina, y esa vaguedad léxica siempre me ha parecido de lo más pertinente. Para mí, para todos nosotros, es una persona de verdad. Una especie de abuela buena, cálida, amable y presente, y nunca nos separamos de sus faldas. El horno que hay abajo a la izquierda, por ejemplo, es muy útil…
»Cuando ya se han acostado los niños, y yo no puedo más, me siendo delante y meto los pies dentro. Es… lovely… ¡Menos mal que nunca viene nadie en ese momento! La mujer del lobo con los pies dentro del horno, ¡tendrían miga para cotillear sobre mí varios años seguidos! Sí, por aquel entonces teníamos una birria de coche, pero una Aga azul Wedgwood que me había costado lo mismo que un Jaguar…
»Bueno… volvamos a nuestra historia, esta historia de grandes sacrificios. Mis padres se marcharon, y la joven au pair me dio a entender que la más difícil de tratar había sido mi madre, y… y ¿qué?
»Y fue muy duro…
»Samuel volvió a mojar la cama, Alice tenía pesadillas y seguía preguntándome todos los días cuándo no estaría ya muerta mamá.
Los llevé a un psicólogo pedagogo que me dijo: hágales preguntas, constantemente, oblíguelos a verbalizar su tristeza y, sobre todo, sobre todo, no permita nunca que duerman con usted. Le contesté que sí a todo, y lo mandé a la porra al cabo de tres sesiones.
»No les hice nunca preguntas, pero me convertí en la mayor experta en Playmobil, en Lego y en pegatinas del mundo entero. Cerré la puerta de la habitación de Pierre y de Ellen, y dormimos todos juntos en la de Sam. Los tres colchones en el suelo… Parece ser que es lo peor que se puede hacer, pero a mí me pareció tremendamente eficaz. Se acabaron las pesadillas y el mojar la cama, y les contaba un montón de cuentos para que se durmieran… Sabía que Ellen les hablaba en francés, pero les leía Enid Blyton, Beatrix Potter y todos los libros de nuestra niñez en inglés, así que tomé su relevo.
»No los obligaba a "verbalizar su tristeza", pero Samuel me corregía a menudo para explicarme cómo les leía su madre tal o cual párrafo y para decirme que imitaba la voz enfadada del señor Mac-Gregor o la de Winnie the Pooh mucho mejor que yo… Y hoy, incluso con Yacine y con Nedra, estamos leyendo Oliver Twist en versión original. ¡Lo que no les impide sacar unas notas malísimas en el colegio, créame!
»Y entonces llegó el primer Día de la Madre desde la muerte de Ellen… El primero de una larga serie que todavía nos afecta un poco… Y fui a ver a las maestras para pedirles que dejaran ya esa maldita historia de la hora de las mamas… Me lo contó Alice una noche… Que eso le daba ganas de llorar todo el tiempo… "Y ahora, niños, poneos los abrigos, ¡porque llega la hora de las mamas!" Les pregunté si podían añadir "y de las tías", pero nunca cuajó…
»¡Ah! El cuerpo docente… Son los molinos a los que me enfrento yo… ¿Se puede creer que Yacine es el último de su clase? ¿Él, se lo puede usted creer? ¿El niño más brillante, más curioso que he conocido en mi vida? Y todo porque no sabe sostener un lápiz como es debido. Me imagino que nunca le han enseñado a escribir… Yo lo he intentado, pero no ha servido de nada, por mucho que se esfuerce, no hay quien entienda lo que escribe. Hace unos meses tuvo que hacer un trabajo sobre Pompeya. Se tiró un montón de tiempo y le salió un trabajo magnífico. Alice había hecho todas las ilustraciones, y los demás llegamos incluso a hacer algunas reproducciones a partir de moldes en la mesa de la cocina. Todo el mundo participó en ese trabajo… Pues bien, sólo sacó 10 sobre 20 porque la profesora había precisado que los textos debían ser manuscritos. Fui a verla para asegurarle que lo había escrito él todo al ordenador, pero me contestó que claro, "de cara a los demás" tenía que comportarse así…
»De cara a los demás…
»Odio esa expresión.
»La vomito.
»De cara a los demás, ¿cómo es nuestra vida desde hace nueve años?
»¿Un naufragio?
»Un alegre naufragio…
»Por ahora me contengo porque después viene Nedra, pero cuando todos hayan terminado la escuela primaria, iré a ver a esa maestra y le diré: "Señora Christéle R, es usted una gilipollas." Sí, soy una malhablada pero no he tenido que arrepentirme porque me ha valido una recompensa muy bonita…
»Le contaba esta anécdota a no sé quién, que pensaba insultar un día de éstos a esta malvada, y Samuel, que estaba ahí con sus amigos, dijo soltando un gran suspiro: "Mi verdadera madre nunca haría eso…" Era una bonita recompensa porque las cosas no son nada fáciles con él últimamente… Supongo que será la típica crisis de adolescencia, pero en nuestro caso es mucho más complicada… Nunca ha echado tanto de menos a sus padres… Ya no se pone más que la ropa de su padre y de su abuelo, y, claro… la tía Kate con sus bizcochos y sus zanahorias por la ventana se ha convertido para él en algo un poco tontorrón como modelo de vida… Por suerte, esa frasecita pronunciada con ternura me ha recordado que el desagradecido glotón, vago y granujiento todavía conserva un poco de sentido del humor… Pero bueno, no tengo que dejar que esto me distraiga de mi objetivo. ¡Esa imbécil se puede ir preparando!
Risas.
– Pero ¿cómo han venido a parar aquí?
– Ahora llego a eso… Páseme su copa.
Charles estaba ebrio. Ebrio de historias.
– De modo que hice lo que pude… A menudo era un completo desastre, pero estos niños dieron muestras de una bondad y una paciencia ejemplares… Como su madre… Su madre a la que yo tanto echaba de menos… Porque la verdad sea dicha, la que lloraba por las noches era yo. Cuando los niños sufrían, quería que Ellen estuviera ahí, y cuando eran felices, era peor todavía. Vivía en su casa, entre sus cosas, utilizaba su cepillo de pelo y le cogía prestados sus jerséis. Leía sus libros, sus notitas en la puerta de la nevera, e incluso sus cartas de amor, una noche de inmensa tristeza… No tenía a nadie con quien hablar de ella. Mis dear est friends se levantaban cuando yo me iba a la cama, y entonces todavía no había internet, Skype y todos esos satélites geniales que han transformado nuestro gran planeta en un pueblo…
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