Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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»Auntie Kate se sentía capaz de asumir eso. Auntie Kate no había sacado todavía todos sus regalos de la maleta…

Silencio.

– Sólo que mamá no volvió nunca. Ni papá. Ni el abuelo.

– El teléfono sonó en plena noche, una voz que pronunciaba las erres de una extraña manera me preguntó si era pariente de Louis Rrrravennes, de Pierrre Rrrrravennes o de Élin Sherrrington. Soy su hermana, le contesté, entonces me pasaron con otra persona, algún superior, y esa otra persona tuvo que tragarse el marrón de contarme lo que había pasado.

»¿El conductor había bebido demasiado? ¿Se había quedado dormido? La investigación lo esclarecería, pero lo que estaba claro era que conducía demasiado rápido, y que el otro, el camionero que transportaba maquinaria agrícola, tendría que haberse pegado más al arcén y haber puesto el warning antes de salir a hacer pis.

»Para cuando se subió la bragueta, ya no había nada sparky detrás de él.

Kate se levantó. Acercó la silla al perro, se descalzó y deslizó los pies bajo su flanco muerto.

Hasta ese momento Charles había aguantado el tipo, pero ver a ese perrazo, que ya no podía menear el rabo, levantar la mirada hacia ella con una expresión grave para comunicarle lo mucho que se alegraba de poder serle útil en algo todavía, terminó de romperlo por dentro por completo.

Y ya no le quedaban cigarrillos…

Se llevó la mano a su mejilla tumefacta.

¿Por qué se portaba tan mal la vida con quienes más lealmente la servían?

¿Por qué?

¿Por qué con ésos precisamente?

Charles tenía suerte. Había esperado hasta tener cuarenta y siete años para comprender lo que celebraba Anouk cuando lo mandaba todo a paseo con la excusa de que aún estaban vivos.

Las multas, sus malas notas, el teléfono que les habían cortado, su coche otra vez estropeado, sus problemas de dinero y la locura del mundo.

Por aquel entonces a Charles esa actitud le parecía un poco fácil, cobarde incluso, como si esa simple palabra debiera perdonar todas sus debilidades.

«Vivos.»

Toma, pues claro que estaban vivos…

Era evidente.

De hecho ni siquiera contaba.

De verdad, qué pesada se ponía Anouk con eso…

– Ellen y su suegro murieron en el acto. Pierre, que iba en el asiento de atrás, esperó a llegar al hospital de Dijon para despedirse con una reverencia rodeado de sus colegas… Como se imaginará, ya he tenido la ocasión más de una vez de… -(rictus)-, de relatar estos hechos, como suele decirse… Pero en realidad nunca he contado nada…

– ¿Sigue aquí, Charles?

– Sí.

– ¿A usted sí puedo contárselo?

Charles asintió con la cabeza. Estaba demasiado emocionado para arriesgarse a que oyera el sonido de su voz.

Pasaron varios minutos. Charles pensó que Kate había renunciado a contarle nada.

– De hecho no te crees lo que acaban de anunciarte, no tiene ningún sentido, no es más que una pesadilla. Vuélvete a la cama.

»Pero claro, no puedes, y te pasas el resto de la noche anonadada, mirando el teléfono y esperando a que el capitán no sé qué vuelva a llamar para disculparse. Mirrrrre, ha habido un errrrror en cuanto a la identificación de los cuerrrrrpos… Pero no, la Tierra sigue girando. Los muebles del salón recuperan su lugar, y un nuevo día viene a agredirte.

»Son casi las seis de la mañana y te das una vuelta por la casa para calibrar el alcance de la tragedia. Samuel, en un cuartito azul, seis años recién cumplidos, duerme con la frente apoyada contra su osito de peluche y las manos bien abiertas. Alice, en otro cuartito igual pero rosa, tres años y medio, duerme también, con el pulgar bien anclado ya en la boca… Y, junto a la cama de sus padres, Harriet, ocho meses, abre unos ojos como platos cuando te inclinas sobre su cuna, y te das perfecta cuenta de que ya está un poco decepcionada al volver a ver tu rostro inseguro y no el de su madre…

»Coges en brazos a ese bebé, cierras las puertas de las otras dos habitaciones porque se pone a gorjear y, para ser sinceros, no tienes mucha prisa por que se despierten… Te felicitas por haberte acordado de cuántas cucharadas de leche en polvo hacen falta para preparar el biberón, te acomodas en una butaca junto a la ventana porque, de todas maneras, no te va a quedar más remedio que afrontar ese puto nuevo día, así que mejor que sea absorta en los ojos de un bebé agarrado a una tetina, y no… no lloras, estás en ese estado de…

– Estado de shock -murmuró Charles.

Right. Numb. Abrazas a ese bebé contra tu pecho para que eructe y casi le haces daño a fuerza de aferrarte tan fuerte a él, como si ese eructito fuera lo más importante del mundo. La última cosa a la que pudieras agarrarte. Perdón, le dices, perdón, y te acunas a ti misma en su nuca.

«Recuerdas entonces que tu avión sale mañana, que acaban de darte una beca que hace mucho tiempo que esperabas, que tienes un novio que acaba de quedarse dormido, a miles de kilómetros de allí, que habías planeado ir a la fiesta de los Miller el fin de semana siguiente, que tu padre está a punto de cumplir setenta y tres años, que tu madre, ese pajarillo inconsecuente, nunca ha sido capaz de cuidar de sí misma, que… que no hay nadie en el horizonte. Pero sobre todo, y de eso aún no eres consciente, que nunca volverás a ver a tu hermana…

»Sabes que tienes que llamar a tus padres, aunque no sea más que porque alguien tiene que ir allí, al lugar del accidente. Responder a preguntas, esperar a que bajen la cremallera de esas fundas de plástico y firmar papeles. Te dices a ti misma, no puedo mandar a Dad, no tiene ninguna… aptitud para ese tipo de situación, en cuanto a mamá… Miras a la gente que camina a grandes zancadas por la calle y le reprochas su egoísmo. ¿Dónde van de esa manera? ¿Por qué hacen como si no hubiera pasado nada? Alice te saca de tu ensimismamiento y lo primero que te pregunta es: ¿ha vuelto mamá?

«Preparas otro biberón, la instalas delante de la tele y bendices esos dibujos animados. De hecho, te pones a verlos con ella. Llega también Samuel, se acurruca a tu lado y dice: estos dibujos son tontos, siempre gana el mismo. Asientes con la cabeza. Desde luego, son estúpidos estos dibujos… Te quedas viendo la tele con ellos todo lo posible, pero llega un momento en que ya no hay nada que ver… Y la víspera les prometiste que los llevarías al Jardín de Luxemburgo, así que habrá que vestirse, ¿no?

»Samuel es quien te enseña dónde tirar la basura y cómo subir el respaldo del carrito de Harriet. Te fijas en cómo lo hace él y ya presientes que ese niño todavía tiene muchas cosas que enseñarte sobre la vida…

»Vas por la calle y no reconoces nada, ya sé que deberías llamar a tus padres pero no tienes valor para hacerlo. Ni por ti, ni por ellos. Mientras no digas nada es como si no hubieran muerto. El policía todavía está a tiempo de llamar para disculparse.

»Es domingo, y el domingo no cuenta. Es un día en el que nunca ocurre nada. En el que uno se queda con su familia.

»Los veleros de juguete en el estanque, los torniquetes de la entrada, los columpios, el guiñol, todo vale. Un joven alto sube a Samuel a lomos de un burro, y su sonrisa es una tregua maravillosa. Aún no puedes saberlo, pero es el principio de una gran pasión que os llevará hasta el concurso de doma de Meyrieux-sur-Lance casi diez años más tarde…

Kate sonreía.

Charles, no.

– Luego les llevas a comer patatas fritas al Quick de la calle Soufflot y les dejas jugar toda la tarde en la piscina de bolas.»Estás ahí. No has probado bocado. Simplemente los miras.

»Dos niños se divierten como locos en el área de juegos de un establecimiento de comida rápida un día de abril en París, y lo demás no tiene ninguna importancia.

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