– ¿Y qué pasó entonces?
– Pues hizo como de costumbre: me escuchó. El caso es que en esa época nos habían dado un cachorrito y… no sé… a lo mejor quería darle buen ejemplo… Sea como fuere, se tranquilizó.
»Antes de venir aquí yo nunca había tenido animales, y encontraba a la gente patética con sus mascotas, pero este perro, sabe usted, me…
»Me adiestró bien él a mí…
»Un caballero, como le decía antes… Sin él, no lo habría conseguido… Me sirvió de ángel de la guarda, de niñera, de socorrista en el río, de confidente, de mensajero, de antidepresivo, de… de muchas cosas… Cuando perdía a los niños de vista, él me traía de vuelta el rebaño, y cuando me entraba la depre, se ponía a hacer trastadas para distraerme… Que si una gallinita que pasaba por ahí, que si una pelota, que si la pierna del cartero, el súper asado del domingo… ¡Oh, sí! ¡Cómo se esforzaba para hacerme levantar la cabeza! Por todo eso, lo… cargaré con él hasta el final…
– ¿Y los faros que la visitaban por la noche?
– La noche siguiente, los faros aparecieron de nuevo. Yo estaba en camisón detrás de la ventana de la cocina y creo que olió mi miedo. Se puso a aullar como un poseso delante de la puerta. En cuanto le abrí, en un segundo se plantó en el otro extremo del camino de robles. Supongo que debió de despertar a todo el pueblo… Después ya dormí tranquila. Esa noche y todas las demás…
»Al principio, la gente de aquí me llamaba la mujer del lobo… Bueno -añadió Kate desperezándose-, ¿está preparada la ensalada?
– Estoy haciendo la vinagreta…
– Excellent. Thank you, Jeeves.
* * *
– Eso de ahí -dijo Kate- es mi jardín…
Estaban en el otro lado de la casa: Charles no había visto tantas flores juntas en toda su vida.
Ese jardín era tan caótico, salvaje y pasmoso como todo lo demás.
Ni caminitos, ni hileras, ni arbustos, ni arriates ni césped: sólo flores.
Por todas partes.
– Al principio, era un jardín magnífico… Lo diseñó mi madre, y después… no sé… con los años todo se fue estropeando… También hay que decir que no me ocupo mucho de él… Por falta de tiempo… Cada vez que vuelve mi madre, pone el grito en el cielo y se tira todas las vacaciones a cuatro patas tratando de volver a encontrar sus cartelitos con los nombres de las flores… En ese sentido es aún más inglesa que mi padre… Es una fantástica jardinera… Admiradora de Vita Sackville-West, la famosa escritora apasionada por la jardinería, miembro de la Royal Horticultural Society, de la Royal National Rose Society, de la British Clematis Society, de… Bueno, ya se imagina qué clase de persona es mi madre…
Charles pensaba que las rosas eran unas flores puntiagudas y de color rosa, sobre todo, o blancas, o rojas, cuando uno le pedía al florista que le echara una manita para seducir a una mujer impresionable, por lo que lo sorprendió mucho enterarse de que todos esos arbustos, esas lianas, esas grandes corolas, esos chismes que trepaban y esos pétalos tan sencillitos también eran rosas.
En medio de las flores había una gran mesa rodeada de sillas aún más descabaladas que las de la cocina, debajo de una pérgola a la que se enganchaba todo lo que tenía hojas y gusto por trepar. Kate no se hizo de rogar para hacer inventario.
– Glicinas, clemátides, madreselvas, güiras, aquebias, jazmines-Pero en agosto es cuando más bonito está todo esto. Sentarse aquí en agosto, al final del día, cuando uno está muy cansado y todas las fragancias salen a tomar el fresco, es… maravilloso…
Dejaron sobre la mesa varias pilas de platos, la cesta con los embutidos, las cuatro hogazas de pan, una botella de vino, servilletas, frascos de pepinillos, jarras de agua, una decena de tarros de mostaza reconvertidos en vasos, dos copas y la gran ensaladera.
– Bueno… ahora ya podemos tocar la campana para llamar a todos a cenar…
– Parece usted preocupado -le dijo, una vez de vuelta en casa.
– ¿Puedo utilizar su teléfono?
Sus miradas se cruzaron.
Kate bajó la cabeza.
Acababa de distinguir unos faros a lo lejos.
– S-Sí, claro… -tartamudeó, sacudiendo las manos a su alrededor como buscando un delantal invisible-, es… está ahí, al fondo del pasillo.
Pero Charles no se movía. Esperaba a que Kate volviera a él.
Lo que ella hizo, con una sonrisita, mordisqueándose el labio.
– Tengo que avisar a la agencia. Por el coche que he alquilado, ¿sabe…?
Kate asintió, nerviosa. De una manera que decía no, no quiero saberlo. Y, mientras él se dirigía a París, salió y se agachó junto a la bomba de agua.
Sabías muy bien que no era buena idea, se maldijo Kate, ahogándose en un hilillo de agua cada vez más fría.
¿Qué te creías, you silly old fool, que había venido a fotografiar los puentes de Madison?
Era un viejo aparato con dial. Y se tarda mucho en marcar un número dándole vueltas a un dial. Empezó, pues, por Mathilde para reunir valor.
Buzón de voz.
Le mandó un beso y le aseguró que podía contar con él para llevarla al aeropuerto el lunes por la mañana.
Después llamó a la agencia de alquiler de coches.
Buzón de voz.
Se presentó, explicó la situación y añadió que entendía que le cobraran otro día más de alquiler.
Y, por último, a Laurence.
Contó cinco timbrazos, se preguntó qué demonios iba a decirle…
Buzón de voz.
¿Qué otra cosa si no?
«Tengan la amabilidad de dejarme un mensaje», les rogaba a todos, con un tono en plan muy alta costura.
¿Amabilidad? A Charles le sobraba, desde luego. Se embarcó en una explicación confusa, empleó la palabra «contratiempo» y apenas le dio tiempo a mandarle un b… pues el pitido del aparato le calló la boca.
Charles colgó el auricular.
Observó los restos de salitre y las grietas que recorrían la pared. Tocó esa corrosión y permaneció largo rato ahí, descascarillándose por dentro.
El sonido de la campana lo sacó de su ensimismamiento.
Se reunió con Kate en el patio.
Estaba sentada en el tercer peldaño de una escalera de piedra, había vuelto a calzarse sus bailarinas y se había puesto un jersey grueso.
– ¡Venga a asistir al espectáculo! -le dijo-. ¡La voz en off se la pongo yo!
Charles dudó un momento antes de instalarse a sus pies… Si se sentaba ahí le vería la calva…
Bueno… qué se le iba a hacer.
– El primero en llegar será Yacine, porque es el más comilón y porque nunca está haciendo nada… Yacine no participa nunca en ningún juego… Es miedoso y torpón… Los demás dicen que es porque le pesa demasiado la cabeza… Lo acompañarán Hideous y Ugly, nuestros encantadores Dupont y Dupond de la raza canina… Mire, ahí los tiene… Después Nelson, acompañado de su dueña y seguido de Nedra, que profesa ella también a Alice la misma adoración que su perro…
Se entreabrió la puerta del taller.
– ¿Qué le decía?… Luego los adolescentes… Esas tripas con patas que no oyen nunca nada salvo la campana que anuncia las comidas. Tres carritos de la compra cada quince días, Charles… ¡Tres carritos llenos hasta arriba! Con ellos estarán también Ramón, el Capitán Haddock y la cabra cerrando la marcha… Todos vienen a lo mismo: la zanahoria de por la noche… Sí, sí, la zanahoria -suspiró Kate-, ésta es una casa llena de rituales tontos como éste… Me llevó un tiempo, pero por fin comprendí un día que los rituales tontos ayudan a vivir…
»Y, para terminar, los últimos perros rezagados aquí y allá… El cachorrillo del que le hablaba antes, que se ha convertido en un espléndido mmmm… una especie de basset, dado el asombroso tamaño de sus orejas… y last but not least, nuestro querido Freaky, que seguramente debió de ser el manguito de Frankenstein en una vida anterior… ¿Se ha fijado usted en él?
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