Kate aplastó la colilla en el suelo, la recogió, la dejó sobre la mesa y se sirvió un vaso de agua.
Charles seguía callado.
Tenían toda la noche por delante.
– Son los hijos de mi herm… -Se le quebró la voz-. Perdón… de mi hermana, y… Oh -exclamó, maldiciéndose-, por esto precisamente no quería invitarlo a cenar…
Charles dio un respingo.
– Porque cuando llegó usted anoche con Lucas, incluso detrás de todas sus heridas, o quizá debido a ellas, lo leí en su mirada y…
– ¿Y? -repitió Charles, un poco inquieto.
– Y sabía lo que iba a ocurrir… Sabía que cenaríamos alrededor de esta mesa, que los niños se dispersarían, que me quedaría a solas con usted y que le contaría lo que nunca le he contado a nadie… Me da no sé qué confesárselo, señor Charles Desconocido, pero sabía que esto se lo contaría a usted… Es lo que le dije antes en el guadarnés… Ha habido alguna que otra expedición hasta aquí, pero es usted el primer hombre civilizado que se ha aventurado hasta el gallinero, y, si he de serle sincera, ya no lo esperaba.
Intento de sonrisa algo fallido.
Maldita sea, siempre ese problema de encontrar las palabras adecuadas. Charles nunca las tenía a mano cuando hacía falta. Si todavía el mantel hubiera sido de papel, le habría podido esbozar algo. Una línea de fuga o de horizonte, la idea de una perspectiva o incluso un punto de interrogación, pero, Dios santo, hablar… ¿Qué… qué decir con palabras?
– ¡Todavía está a tiempo de levantarse y marcharse, ¿sabe?! -añadió Kate.
Esa sonrisa le salió algo mejor que la otra.
– Su hermana -murmuró Charles.
– Mi hermana era… Bueno, mire -prosiguió Kate en un tono más alegre-, me voy a poner a llorar ya mismo y así ya me lo quito de encima.
Se tiró de la manga del jersey como quien desdobla un pañuelo.
– Mi hermana, mi única hermana, se llamaba Ellen. Me sacaba cinco años y era una chica… maravillosa. Guapa, divertida, radiante… No lo digo porque fuera ella, lo digo porque así era ella. Era mi amiga, la única que tenía, creo, y mucho más que eso todavía… Se ocupó mucho de mí cuando éramos pequeñas. Me escribía cuando estuve interna, e, incluso después de casarse, nos llamábamos por teléfono casi todos los días. Nunca más de veinte segundos porque siempre había un océano y dos continentes entre nosotras, pero al menos esos veinte segundos no nos los quitaba nadie.
»Sin embargo, éramos muy distintas. Como en las novelas de Jane Austen, ya sabe… La mayor sensible y la pequeña sensitive… Era mi Jane y mi Elinor; ella era tranquila, y yo, turbulenta; ella era dulce, y yo, difícil; ella quería una familia, y yo, misiones; ella esperaba hijos, y yo, visados; ella era generosa, y yo, ambiciosa; ella escuchaba a la gente, y yo, nunca… Como con usted esta noche… Y como era perfecta, me otorgaba el derecho de no serlo yo… Ella era mi pilar, un pilar sólido, así que yo podía irme por ahí por el mundo… La familia se sostendría en pie…
»Ellen siempre me apoyó, me animó, me ayudó y me quiso. Nuestros padres eran maravillosos pero no se enteraban de nada, eran como de otro planeta, así que fue ella la que me crió.
»Hacía mucho, mucho tiempo que no pronunciaba su nombre en voz alta…
Silencio.
– Y, por muy cínica que yo fuera entonces -prosiguió Kate-, no tuve más remedio que reconocer que los happy ends no eran sólo cosa de las novelas victorianas… Ellen se casó con su primer amor, y éste estaba a la altura… Pierre Ravennes… Un francés. Un hombre adorable. Tan generoso como ella… La palabra francesa «beau-frére» [4] tenía entonces mucho más sentido que brother-in-law. Yo lo quería mucho, y la ley no tenía nada que ver con eso. Era hijo único y había sufrido mucho por ello. De hecho, había elegido ser obstetra… Sí, era de esa clase de hombres que saben lo que quieren… Pienso que una cena con tanta gente como la que acabamos de tener nosotros le habría encantado… Decía que quería siete hijos, y nunca se podía saber si lo decía en serio o no. Nació Samuel… Yo soy su madrina… Luego Alice, y después Harriet. No solía verlos muy a menudo, pero siempre me llamaba la atención el ambiente que había en su casa, era… ¿Ha leído a Roald Dahl?
Charles asintió con la cabeza.
– Me encanta ese hombre… Al final de Danny, campeón del mundo hay un mensaje para los jóvenes lectores que dice más o menos así: cuando seáis mayores, por favor no olvidéis que los niños quieren y merecen unos padres que sean sparky.
»No sé cómo traducir esta palabra… ¿Brillantes? ¿Divertidos? ¿Centelleantes? ¿Como la dinamita? Como el champán, quizá… Pero lo que sí sé es que su hogar era… sparkísimo. Yo estaba maravillada y a la vez un poco confused, me decía que yo nunca sabría hacer eso… Que no tenía la generosidad, la alegría y la paciencia necesarias para hacer tan felices a unos niños…
»Lo recuerdo muy bien, me decía, medio en broma y medio para tranquilizarme: si algún día tengo hijos, se los confiaré a Ellen… Y entonces…
Mueca triste.
Charles sintió el deseo de tocarle el hombro o el brazo.
Pero no se atrevía.
– Y entonces, nada… Hoy los libros de Roald Dahl se los leo yo…
Charles le cogió la copa de las manos, se la llenó y se la devolvió.
– Gracias.
Largo silencio.
Las risas y los acordes de guitarra a lo lejos le dieron ánimos para continuar con su relato.
– Un día fui a visitarlos de improviso… Para el cumpleaños de mi ahijado, precisamente… Por aquel entonces yo vivía en Estados Unidos, trabajaba mucho y todavía no conocía a mi sobrina pequeña… Llevaba varios días con ellos cuando se presentó el padre de Pierre. El famoso Louis de las iniciales en la camisa… Era un hombre excéntrico, pintoresco, divertido. Un concentrado puro de sparky, vamos… Un negociante de vinos al que le gustaba beber, comer, reír, lanzar a los niños por los aires y cogerlos por los pies, y abrazar contra su tripón a toda la gente a la que quería.
»Era viudo, adoraba a Ellen, y pienso que ella se casó con él tanto como con su hijo… Hay que reconocer que nuestro padre era ya mayor cuando nosotras nacimos… Profesor de latín y griego en la universidad… Muy bueno pero bastante… ausente… Se sentía más a gusto con Plinio el Viejo que con sus hijas… Cuando Louis vio que yo estaba ahí y podía quedarme a cuidar de los niños, les rogó a Pierre y a Ellen que lo acompañaran a visitar una bodega o no sé qué en Borgoña. Venid, les insistía, os sentará bien… ¡Hace tanto tiempo que no vais a ningún sitio! Vamos… venid… Visitaremos una finca preciosa, comeremos como reyes, dormiremos en un hotel maravilloso y mañana por la tarde ya estaréis de vuelta… ¡Pierre! ¡Hazlo por Ellen! ¡Sácala un poco de sus biberones!
»Ellen no se decidía a marcharse. Creo que no le apetecía nada separarse de mí… Y le diré una cosa, Charles, le diré que la vida es una gran perra, porque fui yo, sí, yo, quien insistió para que se marchara. Veía que esa escapadita hacía tanta ilusión a Pierre y a su padre… Vamos, ve, le dije, ve a comer como una reina y a dormir en una cama con dosel, we'll be fine.
»Dijo que vale, pero yo sabía que le costaba un esfuerzo. Que, una vez más, anteponía los deseos de los demás a los suyos propios…
»Todo fue muy rápido. Decidimos no decir nada a los niños, que estaban viendo los dibujos animados, para no exponernos a una escena inútil. Cuando Mowgli hubiera regresado a su aldea, les diríamos que mamá volvía mañana y listo.
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