– Kate, tendré algo de tiempo libre y me sentiré… muy honrado de dedicárselo a usted… ¿Está justo en Union Square?
– Sí, las venden en una tiendecita que se llama Vitamin Shoppe, creo… Y si no, quizá en los Whole Foods…
– Perfecto. Ya me las apañaré.
– Y…
– ¿Y?
– Si sigue todo recto por Broadway, encontrará la librería Strand. Si le sobran otros dos minutos, ¿podría dar una vuelta por las estanterías por mí? Hace tanto tiempo que sueño con eso…
– ¿Quiere que le traiga algún libro en concreto?
– No. Sólo el ambiente… Entre, vaya hasta el fondo a la derecha, allí donde están las biografías, mírelo todo con atención y respire pensando en mí…
¿Respirar pensando en usted? Mmm… ¿de verdad necesito irme tan lejos para eso?
De camino al cuarto de baño, encontró a Yacine enfrascado en una enciclopedia.
– Dime una cosa, ¿cuánto mide el monte Fuji?
– Pues… a ver, espera… «Punto culminante de Japón constituido por un volcán apagado, 3.776 metros.» ¿Apagado? Ni de coña.
Se dio una ducha preguntándose cómo una familia tan numerosa aguantaba en un lugar tan austero. No había ni rastro de ninguna crema de belleza… Fue de habitación en habitación para darles un beso a los niños y les pidió que lo despidieran de los mayores cuando se despertaran.
Buscó a Kate por todas partes.
– Se ha ido a llevarle unas flores a Totette -le dijo Alice-. Me ha dicho que te diga adiós de su parte.
– Pero… ¿y cuándo vuelve?
– No lo sé.
– ¿Ah, no?
– Por eso me ha dicho que te diga adiós…
De modo que ella también había preferido evitar una escena inútil…
Esa separación imposible se le antojó muy violenta.
Bajo las copas oscuras de los robles, volvió a pensar en la muerte de Ellen mientras Baloo enseñaba a Mowgli a cantar su canción:
No hace falta mucho para ser feliz.
¡Oh, no! No hace falta mucho para ser feliz…
Charles expulsó el aire y sintió un dolor en el pecho. Giró a la derecha y salió al asfalto de la carretera.
París 389
Durante los trescientos ochenta y ocho primeros kilómetros, Charles no pensó en nada más que en esas horas tan cálidas. Puso el piloto automático, y lo asaltó una multitud de imágenes.
Nedra como un pajarillo herido con su mandíbula rota, los nombres de los caballos, la sonrisa de Lucas en el retrovisor, su gran sable de cartón dorado, el campanario de la iglesia, los rectángulos de tiza en los troncos de los castaños, la carta de amor que Alexis guardaba en su cartera, el sabor del Port Ellen, los chillidos de uno de los bellezones cuando Leo había querido mojarla con su espray «Señuelo de jabalí, aroma a jabalina en celo», el olor de las gominolas de fresa fundiéndose a la brasa, el chapoteo del agua en la noche, la noche bajo las estrellas, las estrellas que ese hombre del que Kate había querido un hijo pretendía conocer, los burros del Jardín de Luxemburgo, el Quick al que tantas veces había llevado a Mathilde, la juguetería de la calle Cassette ante cuyo escaparate se habían quedado extasiados ellos también y que se llamaba Erase una vez…, las moscas muertas en las habitaciones de los mozos de cuadra, el tonto del haba de Mathew que no había sabido aislar el ADN de la felicidad, la curva de la rodilla de Kate cuando había ido a sentarse a su lado, el abordaje que había seguido, la perplejidad de Alexis, esa funda que ya nunca abría, la sonrisa triste del Gran Perro, el ojo torvo de la llama, el ronroneo de ese gato que había acudido a sacarlo de su tristeza inconsolable, la vista que se extendía ante sus cuencos de café esa mañana, la muralla de seguridad en la que Corinne había circunscrito a su fragilísimo marido, la risa de su Marión que bien pronto la derrumbaría, la manera que tenía de soplarse sobre el mechón de pelo aunque lo llevara bien recogido, el griterío de los niños y el estruendo de las latas de conserva en el patio, el rosal Wedding Day que se caía a pedazos bajo la pérgola, los vestigios de Pompeya, la danza de las golondrinas y las quejas de la lechuza cuando habían evocado a Nino Rota, la voz de Nounou mandándolos a la cama por última vez, la vejiga del camionero, el viejo profesor que había dejado en la mejilla de su hija pequeña la impronta de un hermoso efebo, el sabor de la fruta tibia que nunca había probado, ese polo que ya no se pondría más, el pronóstico de Rene, el jaleo que montaron todos sobre la báscula de la estación, el ratón en la alfombra del salón, los diez niños con los que habían cenado la víspera, los deberes bajo la lámpara de la cocina y el visto bueno que no le habían dado, ese puente que se vendría abajo algún día y los aislaría definitivamente del mundo, la belleza de las armaduras, las manchas de liquen gris verdoso sobre las piedras de la escalera, su tobillo al lado, la forma de las cerraduras, la delicadeza del perfil de las molduras, el siniestro total del coche, sus dos noches en un hotel cerca del velatorio, el taller de Alice, el olor de las zapatillas de deporte chamuscadas, el lunar que tenía en la nuca que lo había obsesionado mientras habían durado sus confidencias, como si Anouk le guiñara un ojo cada vez que reía o lloraba, la resistencia al impacto de Yacine y la de todos ellos, el aroma de la madreselva y las claraboyas «a la capuchina», el pasillo del primer piso, en cuya pared todos habían escrito sus sueños, el sueño de Kate, el pésame del policía, las urnas en el silo, los preservativos entre los terrones de azúcar, el rostro de su hermana, esa vida que había abandonado, esas camas que había acercado unas a otras, ese pasaporte que debía de haberle caducado ya, sus sueños de abundancia que la habían dejado estéril, el grosor de las paredes, el olor de la almohada de Samuel, la muerte de Esquilo, los faros en la noche, sus sombras, la ventana que Kate había abierto, el…
Durante el último kilómetro, en un París donde el aire era «bastante bueno» según el pronóstico del día, se dio cuenta de que había hecho todo el trayecto de ida obsesionado por la muerte, y el de vuelta, estupefacto ante la vida.
Un rostro se había superpuesto a otro, y esa misma letra que unía ambos nombres terminó de sacudirlo de arriba abajo.
Los manuales de instrucciones no servían de nada, el destino, relatado al oído al menos, era un caso único.
Se fue directamente al estudio. Estuvo a punto de ponerse como una fiera porque no habían apagado todas las luces, pero decidió que no, que mejor otro día. Puso a cargar el móvil, buscó su bolsón de viaje y se cambió por fin. Mientras se peleaba con una de las perneras del pantalón, vio el montón de correo que lo esperaba sobre su mesa.
Se abrochó el cinturón y encendió el ordenador sin pestañear. Las malas noticias estaban detrás, lo demás no serían más que contrariedades, y las contrariedades ya no lo afectarían. Las nuevas normas, el plan Grenelle sobre el medio ambiente, las leyes, los decretos hipócritas para salvar un planeta ya exangüe, los presupuestos, las tasas, los intereses, las conclusiones, las llamadas, los recordatorios y las reclamaciones… Espuma, espuma, no era más que espuma todo. Junto a nosotros vivían los miembros de otra casta que se reconocían entre sí cuando se cruzaban y que le habían confiado sus secretos.
Pero él no pertenecía a ese grupo. No era en absoluto valiente y se había cuidado muy mucho de no soportar ni el más mínimo dolor. Pero ya no podía hacer caso omiso de ellos. Anouk le había dado un pajarito muerto, y él se había aventurado dentro de un gallinero…
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