Carmen Gaite - Los parentescos
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– Lo haces muy bien -le dije-. Nadie sabe hacer
eso.
Creo que le halagó, pero le quitó importancia.
– Bueno, en cuanto practicas un poco de bricolaje es fácil -dijo-. Cuestión de paciencia. Máximo, si se
pone, también sabe hacerlo. Pero tiene que ser cuando a él le da la gana.
– ¿Tú me estás ayudando sin que te dé la gana?
Se quedó dudando.
– Bueno, muchas ganas no tenía -reconoció-. Pero me han entrado al ponerme. Las ganas vienen de ponerse. ¿Lo entiendes?
– Un poquito sí, y un poquito no.
– Da igual. No te preocupes.
Me di cuenta de que a los martillazos no acudía nadie. O sea, que estábamos solos en casa. Y me imaginé tumbado en aquel trozo de playa desierta de la pared, porque me estaba entrando sueño. La arena estaba caliente de sol. Y las olas sonaban suavecito.
Cuando acabamos eran las once. La cama turca la habíamos dejado estirada con su colcha en una esquina junto a la ventana. El cuarto parecía más grande.
– Pero faltan cosas -dijo Pedro-. En ese velador pequeño no vas a poder estudiar.
– Ya lo iré arreglando. Le pediré a mamá algo.
– Una mesa. Que te compre una mesa.
– Bueno, a ver si quiere.
Me dio un beso, me dijo que se alegraba de haberme podido ayudar y se fue a su cuarto.
Yo me quedé colocando libros y cuadernos en la estantería, pero enseguida me cansé. Como había dormido mal, me tumbé en la cama, se me cerraron los párpados y al abrirlos miré alrededor. No reconocía nada. Acababa de saltar de un tren en marcha. Iba cantando a voz en cuello «Ciao, amore, ciao», con Lola y Máximo sentados en el asiento de enfrente. Bebíamos vino. Y yo de pronto me esfumé. No me despedí de ellos, no les dije «Me vuelvo a Segovia» ni nada. Un viaje centella. Fue lo primero que entendí, lo corto que había sido, ni una hora. La luz que entraba en casa era de mediodía, con ruidos de domingo. Mi cama había cambiado de sitio, sí. A eso también se le podía llamar viaje. Pero Lola y Máximo seguían juntos en aquel tren. Y seguro que no me echaban de menos. Dirían: «¡Uf, Segovia, qué rollo!»
Se me saltaron las lágrimas de envidia, y las dejé correr. Entornando las pestañas, al póster de la fonética, allí enfrente, se le cambiaban de sitio los letreros. La laringe, la lengua y la tráquea se desteñían, goteaban churretes rojos sobre la playa desierta de la pared. La habían asaltado piratas malos.
Me sequé las lágrimas y me largué a la plaza.
Llevaba en el bolsillo mi peonza, que se me daba fenomenal bailarla. Me puse a soltarla sobre las baldosas de los soportales y se desmarcaba dando saltos de riesgo. Había unos extranjeros sentados en el Café Principal. Un hombre, una mujer y una niña rubita más alta que yo comiendo patatas fritas que iban sacando de un paquete. Estaba tan aburrida la pobre, que se puso de rodillas en el asiento y no tenía ojos más que para seguir los giros de la peonza. Hasta que empezó a mirarme a mí y se reía mucho, como si estuviera en una función. Luego dejé la peonza y me puse a dar volteretas sobre las manos. También en el colegio lo hacía para llamar la atención. Cuando acabé, la niña se bajó de la silla y se vino a hablar conmigo, aunque no nos entendíamos.
Le conté que acababa de llegar de Italia, que había estado allí con mis hermanos a ver al padre de ellos que era guapísimo y escribía unas historias preciosas para los títeres. El tren donde fuimos era verde, el campo morado y las vacas tenían tres cuernos. Lo habíamos pasado estupendamente. El padre de mis hermanos se llamaba Gabriel, no era nada mío, o lo que era no tenía nombre. Vino a buscarnos a la estación en una furgoneta, y sin pasar por su casa ni nada nos llevó al circo. Le iba a contar la historia de la libélula, porque me parecía que pegaba muy bien en ese momento. Pero antes hice una pausa y la miré para ver si se estaba aburriendo. Tenía los ojos brillantes.
– Wonderful -dijo-, come on.
«Come on», quiere decir «sigue». Lola y Mati lo empleaban mucho. Y por eso supe que aquella niña estaba harta de ver catedrales. Porque, si no, ¿quién le pide a un chico desconocido «come on», y encima sin saber lo que le está contando? Mucha necesidad hay que tener.
En Segovia turistas con niño se veían cantidad. Eran niños tristes, que seguían a sus padres como robots por castillos, iglesias y hoteles reservados por agencia. Bendije a mi familia, en la que nadie obligaba a viajes programados de antemano. El calor que yo estaba poniendo en describir uno imaginario ante aquella niña rubia que no me entendía era como una música compartida de milagro. Y puede que todavía ella, donde esté, se acuerde, como me acuerdo yo, de ese rato que nos unió fugazmente.
Porque enseguida los padres, que ya me habían mirado varias veces con desconfianza, se levantaron, pagaron al camarero y llamaron a la niña dos veces por el nombre de Susan. Como ella no atendía, la madre vino a buscarla y se la llevó de la mano, casi a rastras. Posiblemente a algún museo o a comer cordero.
– Good bye -me dijo ella.
Y se alejó, volviendo la cabeza de vez en cuando.
Con ella se esfumó mi viaje a Italia.
XII. EL LEGADO DE BRUNO
No había vuelto a ver a los vecinos de arriba, aunque me acordaba mucho de Bruno. Algunas veces, al pasar por delante del Teatro Principal, veía tan lejos aquella fachada como si hubieran pasado cien años desde que Máximo y Mati me esperaron una tarde allí a la puerta, pero al mismo tiempo muy cerca. El lejos y el cerca daban mareo de lo juntos que podían estar, de lo deprisa que se prestaban el disfraz uno a otro. Los adverbios de lugar -que nunca paran quietos en el mismo lugar- a mí siempre se me confunden con los de tiempo. Por ejemplo, «lejos» era hermano de «antes» y «cerca» de «ahora», pero había también otras combinaciones y yo tenía algunas escritas en un cuaderno cuadriculado donde apuntaba secretos y preguntas, con claves que no entendía nadie más que yo. Y en cuanto pasaban unas semanas, tampoco yo.
Pues bueno, la tarde que digo acaba estando más cerca que lejos, y sigue siendo el ecuador de mi mundo, igual ahora que entonces. Una bola del mundo por la que Bruno me invita a pasear, mientras él la hace girar en la punta de un dedo. Lo que pasa es que, según crecía y me iba enterando de otras cosas relacionadas con que mis hermanos lo eran sólo a medias, la tentación de meterme por el tapiz y subir de sorpresa a casa de los titiriteros perdía brillo y le salían manchas raras. Hasta que se encogió como las uvas pasas.
En mi amor por Bruno no quería hurgar, era una herida que podía infectarse. «Al fin y al cabo, no es nada mío», pensaba con rencor. Y le cerraba una puerta que de noche empujaba, casi siempre cuando estaba a punto de dormirme. Las puertas prohibidas dan a jardines en sombra de donde sube la nostalgia de lo incomprensible. Era la puerta a un pasado ajeno, la entreabría y mi madre se partía en dos. La que yo conozco se quedaba en casa con papá, alegre o enfadada, pero localizable. La otra no: era su sombra. Se le despegaba despacito por detrás, se inflaba blanca y azul y desaparecía por el pasillo a modo de nube subiendo. A la que había quedado abajo había que controlarla, no se fuera a esfumar también.
– ¿Por qué me miras así? -me preguntaba algunas veces cuando me pillaba espiándola.
Se sobresaltaba y levantaba los ojos de la novela que fingía leer con entusiasmo.
– ¿Cómo sabes que te miro, si estás leyendo?
– Porque miras como un moscardón. Te siento zumbar. ¿Qué quieres?
– Nada. Que me cuentes lo que pasa en la novela.
– Déjame. Ahora no. No me distraigas, hijo.
Cuando leía novelas es cuando estaba más lejos y olvidaba por completo las promesas que me pudiera haber hecho. Noté que la novela era un parapeto para defenderse de los demás. Quería estar sola. Tal vez para acordarse de la otra que vivía de chuparle el jugo a ella. Para meterse en aquel «antes» que yo buscaba a tientas. Una tarde la había visto con mis propios ojos cosiéndole alas a la libélula que luego se coló en una historia escrita por Gabriel. ¿Cómo habían sido las cosas antes, cuando ella formaba un bloque total con los titiriteros? ¿Visitaba ahora a Bruno y Elsa? ¿Subía alguna vez por el tapiz, o no se atrevía?
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