La vuelta de mis hermanos y la marcha de los de arriba -que fue a los pocos días- coincidieron casualmente con la ausencia de este profesor. Y poco después me di cuenta de que a mí por dentro me había pasado algo anormal: mi familia dejó de despertarme aquella curiosidad que me traía siempre en vilo, noté que los miraba como desde lejos y hasta que me aburrían un poco. Seguro que era algún proceso de mutación celular que se me vendría iniciando. Pero no lo tomé como enfermedad, simplemente estaba huyendo a respirar otro aire.
Por casa corrían calambres encontrados. Unos de negocio. Otros de pesadumbre y mal agüero.
Los primeros tenían que ver con el piso de arriba y las dudas sobre su destino. Mi madre, tan decidida para hacer lo que le da la gana o para olvidar lo que le aburre, estaba obsesionada por aquel asunto, y empezó a pedirle consejo a papá, que ahora venía más por casa: «Échame una mano, Damián, ¿a ti qué te parece? Algo habrá que hacer. Se lo van a comer los ratones. Yo no soy capaz de meterme con eso, es un martirio, se me aparece por las noches.» «¿Pero se te aparece qué?» «Todo, todo, la geografía y la historia, es que vacío pesa más que lleno, no soy capaz de subir, ya te digo, pero lo tengo encima.» Y papá, con bastante paciencia y un poco desconfiado al principio -que yo eso lo comprendo, por la manera de ser de ella-, aventuraba consejos de cómo convenía pintarlo y alquilarlo para hacer una buena inversión. Hasta que llegó un momento en que era casi imposible pillarlos hablando de otra cosa. Ella, en vez de protestar, como de costumbre, buscaba papeles por los cajones y se los enseñaba, discutían amistosamente, él sacaba una agenda electrónica (que entonces eran novedad), barajaban nombres de arquitectos. Aquello los unía, no cabe duda, y llegó a provocar besos y abrazos. Pero era un tema aburridísimo, salpicado además de alusiones al futuro en Madrid, que unas veces parecía inminente y otras un nubarrón que se aleja. «Para evitarte quebraderos de cabeza», decía papá, «las obras podrían empezarse cuando ya nos traslademos a Madrid.» Y yo me veía incluido en aquel plural del que quería soltarme.
La otra corriente eléctrica la segregaba Lola, que había vuelto de su viaje nerviosa y de humor atravesado. Se mordía las uñas más que nunca y a nadie le quiso contar qué tal les había ido en Italia. A saber si sería porque le dio pena venirse o porque trajera malos recuerdos. Yo me encogía de hombros. Mamá un día le preguntó que cómo era la hija de Gabriel y Lola respondió cortante: «Pues con ojos y boca, como todo el mundo.» Que ahí es cuando noté yo que me había desentendido de los parentescos de puro hartazgo. Porque ni siquiera me pregunté si sería algo mío o no esa niña de la que nunca había oído hablar.
Pero la intranquilidad de Lola y su mal rollo se agarraban como lapas sobre los amores de Fuencisla, que no veía nada claros. Y tenía muchos remordimientos. Le contó a mamá que era ella quien le aconsejó a Fuencis maquillarse, ponerse lentillas y algo de tacón, peinarse y vestirse de otra manera. Y total para qué. Estaba segura de que Ramón, aunque se dejaba querer, andaba por ahí con otra chica más joven. Con ésa «había llegado a todo». Y lo peor era que Fuencisla no quería oír ningún comentario acerca del asunto; estaba ciega. «Pues habrá que abrirle los ojos», dijo mamá. «Pero hacen falta pruebas.» «¿Qué pruebas? Basta con mirar. Ramón es un chulo, con sus camisas mejor planchadas que nunca. Se aprovecha de ella, te lo digo yo. De chacha en dos casas, y en aquélla sin cobrar. A mí me indigna.» Discutían si ponerla sobre aviso o no, y nunca se atrevían a nada. «Se trata de su vida», intervino un día Máximo. «¿Por qué no la dejáis que se desengañe sola o que llegue a vieja viviendo de ilusiones? Todos necesitamos de una ilusión, ¿no?, yo nunca la he visto tan contenta. Se ha teñido el pelo de un color catastrófico, en eso estamos de acuerdo, pero si ella se ve guapa, pues fenomenal.» Y Lola daba detalles, decía que aquella situación la traía sin sueño, que era como una bomba de relojería.
Fuencis entonaba en la cocina, desafinando un poco, canciones de María Dolores Pradera, sobre todo una que dice: «Amanecí otra vez entre tus brazos», se había vuelto adicta al tabaco rubio y cada vez estaba más en Babia. ¿Cuándo se le habían quemado a Fuencis unas croquetas? A mí ése me parecía el dato más alarmante.
O sea que la casa zurriburri andaba a la deriva y era incómodo pisar las baldosas. Por cualquier juntura podía salir una chispa eléctrica avisando desalojo. Y yo había dicho ¡basta!
No es que hubiera reñido con nadie ni me cayeran gordos de repente. Era algo más simple. Había marcado mi territorio: de lo pintado para acá es lo mío, de lo pintado para allá es lo vuestro. Y todo sin hacer ningún esfuerzo ni poner malas caras, que por eso al principio nadie lo notó, enrollados como estaban cada cual en su desvarío. Fue como borrar de la pizarra un problema de muchas cifras que le toca resolver a otro. Cuenta nueva, qué alivio. No se imagina uno lo que está necesitando algunos cambios hasta que se producen. Pero en la respiración lo noté, en que dormía mejor y en que se me abrió un apetito que no conocía dengues. Por ejemplo, un bocadillo de mortadela, que antes no lo podía soportar, me sabía a gloria entre clase y clase.
Intensifiqué mis estudios sobre las células y a ratos me tentaba la idea de ser médico. Pero el cambio mayor fue que me metí a jugar al fútbol en plan bestia y me convertí en una revelación como portero. Yo mismo estaba pasmado de lo fácil que era. Entretenía mucho, me ayudaba a no estar nervioso, dejé de pasar frío y encima logré ser foco de atención por algo que no tenía nada que ver con mi padre, mi abuela ni mis hermanos. Algo que tanto a don Claudio, el profesor de gramática, como a la señorita Paquita les causó una mezcla de asombro e inquietud, como si yo me hubiera escapado de su mando a distancia. En cambio, entre los chicos de clase mi imagen de niño solitario, inofensivo y un poco repipi se desplazó hacia otros terrenos más prestigiosos. Y yo aproveché para darle un corte a todo el que intentaba meterse conmigo.
Lo raro es que hasta entonces nunca había aguantado un partido de fútbol por la tele, ni coleccionaba cromos ni sabía quién era Zubizarreta. Cuando jugué de portero la primera vez, que tenía gripe el de siempre y me pusieron allí entre los dos montones de abrigos yo creo que para reírse, todos me miraron al final con ojos como platos, pero a mí no se me subió a la cabeza ni nada. No tenía otro mérito que el de ser alto y ágil. Luego he ido viendo muchas veces en la vida que ciertas cosas a las que uno no da importancia y ni siquiera sabe cómo las aprendió son las que más admiración despiertan. Me reía un poco por dentro de mí. Y tardé en darme cuenta de que mi nueva habilidad me estaba volviendo un poco chulo, cosa que antes no lo era ni por el forro.
El primero que me llamó la atención fue Isidoro, mi amigo mayor. Por él me enteré de que mis compañeros de clase habían empezado a tomarme algo de miedo. Yo me quedé callado, haciéndome el inocente. Pero me gustó. Isidoro vestía de luto porque se había muerto su padre. Llevaba bastante tiempo sin venir. Siempre lo explicaba todo mucho.
– Hacerse respetar en un colegio es importante -dijo-, para que no te tomen el pelo. Con tal que no te acampanes, claro.
No decía las cosas para ofender, ni se chivaba. Era muy bueno Isidoro, y luego que de libros había leído la tira, una cosa de pasmar. Yo lo admiraba sin límites. Le pregunté que si acampanarse era presumir y me dijo que más o menos.
– ¿Crees que me acampano yo?
– No estoy seguro, te lo digo por si acaso.
Читать дальше