Raúl Garrido - El Año Del Wolfram

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El wolfram es un elemento básico en tiempo de guerra, el acero de las armas lo necesita. En la primera mitad de los años cuarenta se descubre este mineral en el Bierzo y, si los alemanes lo pagan bien, los aliados mejor, para que no llegue a manos del III Reich; la gente sube a la peña del Seo provista de pico, pala y pistola. En los años del hambre uno podía hacerse rico de golpe con un mínimo de suerte y un máximo de audacia. Ausencio sube a la peña en busca de su fortuna, de su identidad perdida y de su amor imposible. Las leyendas de tesoros ocultos se entremezclan con el recuerdo del oro romano de las Médulas y la misteriosa realidad del Inglés con la clara premonición de la Bruxa. "El año del wolfram" fue un tiempo mágico, un espejismo brutal, una historia cuyo desenlace se resuelve en sucesivos desenlaces insólitos. El elón alado, dulce compañía de Olvido, existe, la verdad no es siempre verosímil.

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– Buenas noches.

– Si pretendes escapar no me queda más remedio que meterte un tiro entre ceja y ceja.

– Digo que hace una noche espléndida.

– ¿Adonde vas?

Jamás miré tan fijamente a nadie.

– Estoy harto de esto, me largo a casa.

– Está bien, pero no tardes.

Me desconcertó su respuesta, o se había despistado o funcionaba mi bien de ojo, en ninguno de los dos casos iba a ser yo quien le aclarara el malentendido, mejor así, sombra asombrada traté de fundirme con la noche, trémula de estrella fugaz y grillo huidizo, me perdí a la carrera por aquel paraje desértico, libre y de por vida, me tendrían que arrancar la piel a tiras para enchiquerarme de nuevo, tiré al aire la ridícula gorra carcelaria con la delatora «T» de trabajos redencionistas y me arranqué del pecho la bandera española, el distintivo que nos diferenciaba a los políticos de los comunes, iba tan de caqui como un soldado cualquiera, cosa que no quería aparentar, en lo que pude me enmascaré con el jersey azul marino de cuello en pico de uno de los aparejadores que dirigían la construcción del puente, se lo mangué del cesto de la ropa sucia, en intendencia, cuando me tocó hacer la colada en el río de donde me alejaba ya a grandes zancadas, solo, tan solo como cuando me abandonaron envuelto en la toquillita azul celeste, cara, con bordados, tú vienes de buenos pañales, chaval, me dijo alguien, la diferencia es que ésa era una historia sucia que no trataría de aclarar jamás, y la de ahora era la del nacimiento del primer hombre sobre la Tierra, me recorría el cuerpo una sensación telúrica de privilegio, supuse sería la sensación de libertad, la noche y el páramo no hacían más que perfilarla con ribetes heroicos, feliz me orienté hacia la línea vieja de ferrocarril Valencia-Zaragoza, hacia mi primer trasbordo en la Pilarica, después el que viniese, lo malo no era el itinerario sino la meta, no saber con exactitud si tenía o no casa en la que refugiarme, se agolpaban las dudas mientras corría sin el menor síntoma de fatiga saltando de traviesa en traviesa, brillaba el filo de los raíles, ¿se acordarían don Ángel y Vitorina de mí?, ¿mi vuelta no significaría un trastorno en sus mermadas economías?, ¿vivían?, saludarles sí, pero no una carga, me independizaría con el wolfram o con lo que fuera, ¿me querían?, me centré en los planes más inmediatos, ¿me quieren?, era lo que no me atrevía a preguntarme. En el caos de la Renfe debería manejarme con dos especiales avisos, uno, cuando bajara al departamento de tercera, a compartir la tortilla con los paisanos que indefectiblemente la repartían a cambio de que no se les delatara su modesto estraperlo de aceite, no coincidir con el revisor, y dos, cuando subiera al techo del vagón, a dormir la siesta, no levantar la cabeza a la entrada de un túnel. ¿Me quieren? o, lo que es más terrible, ¿los quiero yo? Avancé por los raíles hasta dar con el sitio que consideré idóneo, el terraplén de una curva en el que me agazapé esperando que el correo aminorase su velocidad lo suficiente como para no romperme la crisma al tomarlo en marcha, le oí silbar a lo lejos y me estremecí.

Capítulo 3

La familia Pousada, más conocida por los Perrachica, no se sabe por qué, por falta de dinero todo Cadafresnas se llamaría así y algunos ni siquiera llegarían a los cinco céntimos, cenaba como de costumbre alrededor del fuego de la chimenea, caldo gallego, una mínima ceremonia, la abuela, Oda, presidiendo en el escaño de alto respaldo y los demás a su vera en bancos corridos. Eloy, con el sueldo, subió el menú extra de unas sardinas frescas, por una vez no tuvieron que desescamar las viejas cubriéndolas con papel de estraza y aplastándolas con el gozne de la puerta. Una cena un tanto melancólica, pues había contado su aventura sin aportar los detalles concretos que tanto gustaban a las mujeres. El postre sí era abundante, cerezas, demasiadas, reprendió a su hija pequeña:

– Te va a dar un cólico.

Prisca, su mujer, escupió con delicadeza un hueso en la mano.

– ¿Y cuál es la sorpresa que nos ibas a dar cuando acabáramos?

Eloy suspiró, su mujer era una buena persona, una trabajadora formidable, no tendría queja de ella si pusiera un poco más de entusiasmo en la cama, le había dado tres hijas y por último, por fin, un hijo, pero ni un solo orgasmo, nosotros no hacemos el amor, solía pensar, hacemos gimnasia sueca, con Prisca jamás sentía lo que con las mozas que de vez en cuando retozaba en el bosque, no había entrado en detalles para no nombrar a Celia, la veía más que favorable y cachonda como ninguna, no quería perdérsela por culpa de un fallo táctico.

– Ésta es la sorpresa.

– Qué tontería.

– ¿Quién sabe lo que es?

Puso la esquirla que le había cedido el teniente Chaves sobre el mantel de hule.

– Un caloyo negro, padre.

– Una piedra negra muy especial.

– No le veo yo nada de particular.

Lo dijo Odita, su hermana soltera, mucho mayor que él, amargada por el virgo parecía un funcionario del Ayuntamiento, siempre tenía una pega lista para anular cualquier proposición suya. Tenía demasiadas mujeres en la casa.

– Cógela, ¿a que pesa un rato largo?

– Normal.

– ¿Normal? Trae acá, ignorante. Es wolfram, el mineral de moda, vale su peso en oro.

– Es oro -dijo doña Oda.

– Como si lo fuera, y lo mejor del chiste es que procede de la peña del Seo, está aquí arriba a disposición de quien lo encuentre. ¿Os dais cuenta de lo que significa?

– Es oro.

Lo peor de todas las mujeres que tenía en casa era la chochera de Oda, su madre, la cabeza no le rulaba, pero no había perdido la costumbre de mandar, tenía setenta u ochenta años, nadie lo sabía exactamente, pero aparentaba el doble, los atosigaba con su presencia y consejo, nos va a oír, le dijo Prisca más de una vez en la cama, y quizá de ahí viniera la extraña frigidez de tan buena hembra para el resto de los menesteres conyugales.

– ¿Es oro, padre?

El benjamín, otro Eloy, había venido a reforzar los pantalones de la casa, pero era demasiado pequeño, recién comulgadito, aunque sin uniforme de almirante, claro, lástima no tuviera diez años más para ayudarle en lo que se avecinaba.

– Es wolfram, hijo, wolfram, apréndetelo de memoria.

– Es oro.

– Wolfram, no me ponga nervioso, madre.

– Los jóvenes sabéis tan poco, tan poco, oro es lo que hay en la peña del Seo. Me lo dijo mi madre, oro, que a ella se lo había dicho la abuela, que a la abuela se lo había dicho la bisabuela, y a la bisabuela su madre, que todas las madres se lo contamos a nuestras hijas, pero como ésta nunca escucha…

La interrumpió Odita, irónica.

– Lo de los tres cofres, ¿a que sí, madre?

– Exacto, hay tres cofres enterrados en la peña.

Eloy se temía la repetición de la historia.

– Que no es eso, madre, que el wolfram es otro mineral.

Inevitable.

– Coña, que todos los minerales son el mismo cuando se tiene fe, oro, y no me interrumpas que se me va el santo al cielo, hay tres cofres enterrados en la peña, uno lleno de oro, otro lleno de azufre y otro lleno de nada, vacío. El que encuentre el del oro se hará rico para siempre, pero si encuentra el de azufre se pierde, irá al infierno para siempre, pero peor si encuentra el vacío, vagará para siempre no sé si por aquí o por el purgatorio, y un purgatorio sin esperanza es peor que el infierno, y que Dios me perdone por decir barbaridades. Yo sé dónde está el cofre de oro…

– ¿Y por qué no lo desenterró, madre?

– Porque me pierdo, coña, si me interrumpes pierdo el hilo, no puedo subir yo sola, las piernas no me responden y el cofre impone sus condiciones, la fe, lo primero de todo la fe, creer en lo que no se ve, creer en el cofre y la Santísima Trinidad, uno en esencia y trino en personas, por eso no puede subir una sola, muchas, una familia entera en procesión, eso es, hay que ir rezando y en procesión.

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