Raúl Garrido - El Año Del Wolfram

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El wolfram es un elemento básico en tiempo de guerra, el acero de las armas lo necesita. En la primera mitad de los años cuarenta se descubre este mineral en el Bierzo y, si los alemanes lo pagan bien, los aliados mejor, para que no llegue a manos del III Reich; la gente sube a la peña del Seo provista de pico, pala y pistola. En los años del hambre uno podía hacerse rico de golpe con un mínimo de suerte y un máximo de audacia. Ausencio sube a la peña en busca de su fortuna, de su identidad perdida y de su amor imposible. Las leyendas de tesoros ocultos se entremezclan con el recuerdo del oro romano de las Médulas y la misteriosa realidad del Inglés con la clara premonición de la Bruxa. "El año del wolfram" fue un tiempo mágico, un espejismo brutal, una historia cuyo desenlace se resuelve en sucesivos desenlaces insólitos. El elón alado, dulce compañía de Olvido, existe, la verdad no es siempre verosímil.

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– Ya sé que lo necesitáis, corren malos tiempos, pero nosotros más, tenemos una familia que mantener, nos queda otra semana de recogida y después, ¿qué?, no vemos otro sueldo hasta la vendimia. Vosotros os arregláis más al salto, si os arreglaseis con un poco…

– ¡Todo!

– Nos pagan una miseria…

Diez pesetas diarias de sol a sol desramando todos los cerezos del valle para Ledo, la fábrica de conservas, frutas en almíbar, las cerezas son el lujo del Bierzo y como mejor están es en aguardiente, te emborrachas con media taza de ellas, el trabajo de recogerlas es duro, pero además de duro es un privilegio. Contestó Genaro, la mano hundida en el bolsillo de la chaqueta, seguro que empuñaba una pistola, un Colt de seis tiros según decían, también de película.

– Os dejáis robar, estúpidos, exigid un salario justo.

No estaban los tiempos para exigir sino para agradecer, los llamaba siempre Hermelando, el capataz de la fábrica, el único vecino de Cadafresnas con empleo fijo, y no le iban a hacer un feo que pusiera en peligro su momio, un desplante que de nada serviría, todas las mañanas se formaba cola de reservistas a la espera de una improbable baja, muy al borde de la muerte tenía que estar el enfermo para quedarse en cama y no acudir al tajo.

– Dejadnos algo…

– Se acabó la charla, venga, tú, afloja la mosca.

El de la gabardina empezó a recolectar, se guardaba en la faltriquera el segundo puñado de mínimos, sucios y arrugados billetes, cuando sonó el autoritario grito.

– ¡Alto en nombre de la ley!

– ¡La madre que parió a Dios! ¡Largo!

Estalló una tormenta en la que se impuso el trueno de los disparos, los gritos sustituyeron al piar de los gorriones y el olor de la pólvora al de la hierba recién segada. El tiroteo imprimió tal velocidad al acontecimiento que después fue imposible su reconstrucción con un mínimo de coherencia suponiendo que alguien hubiera tenido interés en reconstruirlo. Uno de los huidos se desplomó, el de la lupara respondió al fuego y la señora María cayó como muerta, corrieron como corzos, una vez más escapaban de la justicia. Tibur desfogó su rabia arrojándoles una piedra, todos apedrearon a los asaltantes que huían del cabo de la guardia civil y los tres números que surgieron de entre la fraga del monte, corrían cuesta abajo, a trompicones, resbalando por la hierba húmeda del prado, y así doblaron sin verle por la curva en donde Eloy todavía seguía convertido en estatua de sal, la estampida la aprovechó Celia para desaparecer por el atajo de Veariz, a Eloy la ira de los cobardes le explotó en la mano que ya empuñaba una piedra vengadora, también él tendría que conformarse con decir la tuve a punto de caramelo, arrojó el proyectil con la precisión de treinta años de prácticas, entre la nube de tiros y piedras fue un muy preciso canto poco rodado el que chocó contra el cráneo de aquel hombre, cayó de bruces al suelo, dos vueltas de campana e inmóvil con el rostro hundido en la presa de riego como si una sed incontenible le hubiera obligado a arrojarse allí de cabeza, un tenue tinte rojizo aureoló las aguas, Eloy sabía a ciencia cierta que había sido la suya, a esa distancia no fallaba jamás, pero dejó que los comentarios sobre la puntería se difuminasen en conjeturas, ¿quién habrá sido?, el de arriba muerto, un tiro limpio y casual le atravesó el corazón, las mujeres se arremolinaron junto a la señora María con una perdigonada en los muslos, chorreando sangre.

– Vive, está viva, ¿cómo se encuentra?

– Me baja la regla -tuvo ánimos para bromear-, a la vejez viruelas.

– ¿Y éste, quién es? -preguntó el cabo tirando de los pelos, sacando del pilón la cabeza del herido.

– La Virgen, pero si es el Evaristo.

– ¿El de la fonda?

– Pero qué dices. Varis, el de la fonda, está en la fonda tan tranquilo. Es el sacristán de Dragonte.

– Sí, hombre, el que le puso los cuernos a don Recesvinto, el cura, y se tuvo que pirar al maquis.

– No sería por eso.

– Si usted lo dice, no sería por eso, cabo.

Apareció el teniente con otros tres números, todos sin tricornio, con un gorro cuartelero y sin más correaje que el de las cartucheras, el encuentro no había sido obra del azar. Todos reconocieron al teniente Chaves, tenía fama de duro y la mandíbula típica del cazador de fugitivos, cuadrada y con un hoyito, furioso increpó al del galón rojo:

– Tienes menos vista que un topo, desgracias, si hubieras atacado cuando te dije nos habríamos cargado al cabronazo del Charlot, no nos ha dado tiempo a rodearle, ¿qué pretendías, ascender por méritos de guerra?

– No ha estado tan mal, mi teniente, ha caído uno y tenemos al Evaristo.

– Si le hubieras dejado con la cabeza en la piscina nos habríamos ahorrado el papeleo del juez, imbécil. Regístrale. A ver, ustedes, vengan conmigo.

Separó al personal civil de los dos caídos y empezó a tomarles nota de los nombres, tendrían que declarar, «me han robado el sueldo de toda la semana». Ni caso, las reclamaciones que las hicieran los interesados y por escrito. Lo que sí aclaró fue lo de la recompensa.

– Según la ley de Fugas todo aquel que colabora eficazmente en la captura de una de estas alimañas tiene premio, una Sarasqueta especial, ¿quién de ustedes le sacudió al interfecto?

Eloy sintió la mirada de Chaves como una afirmación, has sido tú, le apetecía el arma de dos cañones, llaves ocultas y culata labrada, un auténtico lujo, pero le iba a marcar más que al buey el hierro al rojo y en todo lo concerniente a los huidos lo más sensato era el no participar, la ley de bronce que ejercían a rajatabla era la de no perdonar ni una, así se garantizaban una fidelidad temerosa pero infalible, huyó del posible protagonismo rechazando la oferta, la amenaza, otros lo considerarían un premio y muchos otros le apedrearon también, «cualquiera puede haber sido», argumentó brindando la recompensa a los demás, el lapidar a quien se tercie viene de antiguo, pensaba mientras trataba de camuflarse en el anonimato, a sus espaldas, a pocos kilómetros, en la casa parroquial de Comilón, un bajorrelieve mostraba a san Esteban apedreado, lo de lapidar al prójimo es un hábito consuetudinario, al farmacéutico de Cacabelos le gustaba dar este tipo de explicaciones que nadie entendía, la historia se repite, todo lo que ocurre es posible porque ya ocurrió y por lo tanto volverá a ocurrir, el eterno retorno es algo más que un mito, al fin suspiró satisfecho, la Sarasqueta se la adjudicaron al joven Tibur por haberse quedado sin blanca, el carácter compensatorio justificaba cualquier torcida interpretación de la recompensa.

– Lo que llevaba encima, mi teniente.

El cabo le ofreció su gorro con las pertenencias de Evaristo, el sacristán, a no confundir con Varis, el de la fonda, un paquete de picadura, un librillo de papel Bambú, un mechero de yesca, el cargador vacío de una pistola que no apareció por ninguna parte y lo más insólito, una piedra negra.

– ¿La documentación?

– Ni rastro de cédulas ni papeles.

– ¿Ha dicho algo?

– Ni palabra, no puede hablar, está medio muerto.

– Muy curioso, sí, señor.

El teniente tomó en su mano izquierda la piedra negra, era ambidextro, otra característica del cazador de fugitivos, y la balanceó con ademán cavilante, como quien calcula algo más que la densidad del objeto, una piedra negra, de brillo metálico, con ligeras incrustaciones de cuarzo y muy pesada.

– Pesa la leche -dijo el cabo.

A Chaves la piedra le explicaba el porqué Charlot, tan seguro en su territorio de origen, la cuenca minera, había sido picador en Antracitas, merodeaba por la peña del Seo, la cima más alta de sierra Bimbreira por donde no se arriesgaba ningún huido, había descubierto algo, un negocio que en su delicada situación jurídica, por definirla así, mal podía explotar, una vez desvelado el secreto de ninguna manera.

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