Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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La abogada que Liliana le había buscado había acabado con la breve esperanza que ella conservó durante un par de días de que todo se resolviera por vía judicial. Después de que llegara el mensaje de Lia y pudieran poner la denuncia, la policía entró en casa de Bigador y confirmó que se había llevado todas sus cosas. En el piso no había ni una camisa, ni un solo papel olvidado en un rincón. Parecía evidente que el hombre no tenía pensado volver. Pero era un misterio cómo había conseguido sacar al crío del país. Investigaron los aviones que habían salido aquellos días hacia Luanda. En uno de ellos, viajaba en compañía de una mujer un niño de la edad de André, aunque su nombre era distinto. Era probable que se tratase de él, y que hubiera volado con un pasaporte falso. Bigador se había ido precisamente en el vuelo anterior. La policía definió el caso como secuestro de un menor. Por un instante, São creyó que eso significaba que los jueces harían que le devolviesen a su hijo. Pero la abogada la desengañó enseguida: el asunto era muy difícil, le dijo. Para empezar, el niño no tenía la nacionalidad portuguesa. Ni tampoco ellos. Eran extranjeros, y en ese tipo de situaciones, la justicia tendía a lavarse las manos. Habría una sentencia diciendo que Bigador debía entregárselo, pero nadie movería un dedo para que aquello sucediese. Y en cualquier caso, aun suponiendo que la resolución les fuera comunicada, las autoridades de Angola se negarían a cumplirla. En aquel país era habitual que, en los procesos de separación y divorcio, los hijos varones se quedasen con el padre. No merecía la pena ni siquiera que presentase una demanda ante los tribunales de Luanda: jamás le concederían la tutela de su propio hijo. Sí, resumió la abogada, las leyes podían aplastar a una persona con su terrible falta de compasión. Pero eso era lo que había. Y no se podía hacer nada.

Yo estaba allí, junto a ella, pensando en todo su sufrimiento e intentando comprenderla. Y no sabía qué decirle. Sólo se me ocurría abrazarla y arrullarla para que al fin se durmiese, como si se hubiera convertido en una niña pequeña, como si ahora ocupase ella ese espacio de vulnerabilidad que había dejado vacío la desaparición de André. ¿Pero qué se le dice a una mujer a la que le han arrebatado a su único hijo quizá para siempre? Pronuncié frases vulgares, tópicos, las cosas que se suelen afirmar estúpidamente en esas situaciones: tenía que ser fuerte, tenía que mantener la esperanza, era probable que Bigador terminase por cambiar de opinión en cuanto viera lo difícil que era criar a un hijo día a día, seguro que acabaría por devolvérselo en unos meses…

Decía todo eso pero, en el fondo de mí misma, estaba convencida de que nunca más veríamos a André. Bigador se ocuparía de mantenerlo alejado de São. Su forma de relacionarse con los demás era posesiva y cobarde. Establecía un cerco alrededor de aquéllos a los que quería y se colocaba dentro, guardián exclusivo de sus pertenencias. Necesitaba estar seguro de que era el único. Jamás permitiría que ningún otro hombre se acercase al entorno de su hijo, que pudiera quererlo y educarlo y jugar con él. Probablemente, durante mucho tiempo ni siquiera pensó que eso llegara a suceder. São se había ido, pero, incluso desde lejos, él debía de creer que aún era propiedad suya. A través de la inocencia de Lia, había logrado organizar su vida, convencerla para que volviese a Lisboa, buscarle un trabajo y una habitación, convertirse en alguien necesario para el cuidado del niño. La tenía atada con cuerdas suaves, revestidas de seda, pero que él podía manejar a su antojo cuando lo considerase adecuado. Lo que nunca debió de sospechar es que llegaría un día en el que ella, la madre de su hijo, se enamoraría. Que desearía otro cuerpo. Que tendría su propia existencia al margen de él, sus propios sueños y planes. Y que, de esa manera, se abriría una puerta en la fortaleza de la que él debía ser el señor exclusivo, el espacio en el que residían São y André, perteneciéndole.

Estaba segura de que Bigador nunca le devolvería el niño a su madre. Desaparecería con él en los barrios más podridos de Luanda. Lo ocultaría en la selva si era preciso, vigilado por las serpientes y las hienas. Aunque todos los que queríamos a São nos pusiéramos de acuerdo y fuéramos juntos a buscarlo, jamás lograríamos encontrarlo. Durante años, permanecería bajo el dominio paterno, sometido a sus normas y a su irracionalidad, condenado a olvidar a su madre. Puede que incluso a detestarla. Sin embargo, yo hablaba y hablaba, de confianza, de tiempo al tiempo, de jueces y nuevos tratados internacionales, de toda clase de estupideces. Luego me quedé al fin callada, sentada a su lado, hundida yo también en aquel terrible silencio en el que palpitaba un dolor insoportable. Al otro lado de las ventanas se oían los ruidos de la calle, motores de coches, voces de gentes que se saludaban, cantos de niños. Pero todo aquello pertenecía a otro mundo. El mundo de los que tienen una razón, al menos una, para seguir viviendo.

Volví a Madrid angustiada por el futuro de São. Liliana, Zenaida y yo nos telefoneábamos a menudo para hablar sobre ella, repitiéndonos una y otra vez las mismas cosas, nuestra preocupación, nuestra comprensión de su dolor, aunque también tratábamos de animarnos insistiendo en la falsa idea de que tal vez Bigador se decidiría a devolver al niño. Con lo que no contábamos era con la inaudita fuerza de nuestra amiga, con aquella asombrosa manera suya de estar en la tierra, enraizada hasta lo más hondo, aprovechando la gota de agua más escondida, la más remota de las esperanzas.

Apenas tres semanas después de mi visita a Lisboa, el día de Navidad, São recibió en su teléfono móvil una llamada desde un número desconocido. Lo cogió precipitadamente, pensando en décimas de segundo en infinidad de posibilidades diferentes. Al otro lado del aparato sonó la vocecilla dulce y añorada de André. Habló con él durante unos instantes, nerviosa, exultante, feliz, desesperada. El niño sólo lloraba, le pedía que fuese a buscarlo, le decía que quería estar con ella. Luego se puso Lia. Le contó que todo estaba bien, que no tenía que preocuparse por nada. Había aprovechado que Bigador había salido un rato para llamarla. Volvería a hacerlo en cuanto pudiese. Ahora tenía que colgar. Adiós, adiós. Por detrás de su voz, André seguía sollozando.

Esa llamada transformó por completo el estado de ánimo de São. Fue como si la hubiera hecho resucitar, como si hubiera encendido dentro de ella un fuego que desde ese instante ardería infatigable, sin un momento de desmayo. Un fuego que ella misma alimentó con su valentía, con su esplendor de mujer poderosa.

Al día siguiente, dejó de tomar los tranquilizantes y volvió a trabajar. Y a principios de enero se fue a vivir a casa de Luis. Él llevaba proponiéndoselo desde el mismo momento de la desaparición del niño. Pero ella no había querido hacerle cargar con su angustia. Ahora, en cambio, se sentía capaz de devolverle al menos una parte de sus cuidados y su cariño. Luis hablaba muy poco. Era un hombre taciturno y serio, alguien sin brillo, que no solía provocar demasiadas simpatías por su tosca manera de relacionarse. Pero era también profundamente bondadoso. Sin duda alguna, eso era lo que São, con su sabiduría, había descubierto debajo de su aspecto aburrido. Ya ella la quería muchísimo. Cada día, cuando terminaba sus clases, iba a verla al piso de Liliana. Como sabía que apenas comía nada, le llevaba cosas que pensaba que le podían apetecer, pasteles, bombones, frutas tropicales. Se sentaba junto a ella en el sofá, y se quedaba allí en silencio hasta la noche, corrigiendo ejercicios o leyendo un libro. De vez en cuando, le cogía la mano y se la apretaba fuerte, sin decir nada, tan sólo para que ella recordase que estaba a su lado y que nunca iba a dejarla sola. Todos nos alegramos muchísimo de aquel cambio repentino en São. Pensamos que se debía simplemente al hecho de haber podido hablar con André, de confirmar que seguía vivo, que se acordaba de ella. A la esperanza de la próxima llamada que Lia le había prometido. La voz del niño había roto su pesadumbre, había agujereado la esfera de aislamiento y tristeza en la que vivía desde su secuestro. Como suelen hacer las personas cercanas cuando alguien atraviesa una mala época, Liliana, Zenaida y yo comenzamos a diseñar planes para ella a sus espaldas. Estábamos tan contentas de su relación con Luis, que nos atrevimos a decirnos las unas a las otras que tal vez se animara a tener un hijo con él. No es que eso fuera a hacerla olvidarse de André, por supuesto. Lo llevaría siempre presente en su memoria, recordaría inevitablemente cada día de su vida aquel cuerpo tan pequeño que iba a desarrollarse lejos de ella, que iría adquiriendo músculos y vello hasta convertirse en un joven lleno de energía, y que luego llegaría a ser un hombre adulto, marcado por la edad, sin que su madre dejase de imaginarlo como el montoncillo de piel suave y blanda carne del que un día la habían separado trágicamente. Pero nos parecía que sería bueno para São volver a ser madre, aprovecharse de la feroz alegría que los niños contagian sin proponérselo.

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