Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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Siguieron llegando las noticias lentamente, desgranándose como los eslabones de una cadena que parecía ir cerrándose con suavidad: el trabajo, la ayuda que Bigador y Lia le prestaban con el niño, su apoyo económico, la buena relación entre los cuatro, la alegría de comprobar que no se había equivocado al tomar la decisión de volver y que, por el contrario, las cosas eran mucho mejores de lo que había supuesto. Y también apareció el nuevo amor, Luis, un portugués al que conoció sirviéndole tés en la cafetería en la que trabajaba, profesor de matemáticas en un instituto, amable y tan apocado que tuvo que ser ella, después de fijarse durante mucho tiempo en cómo la miraba disimuladamente desde lejos, después de darse cuenta de que le gustaba su cara pálida y la manera que tenía de sonreír, frunciendo a la vez la nariz, y de que lo echaba de menos cuando no aparecía a la hora habitual, quien le preguntara una mañana en voz baja, mientras limpiaba la mesa, si era posible que se vieran alguna vez fuera de allí.

Al principio yo la llamaba todas las semanas. Luego, como suele ocurrir, fui distanciando las llamadas. Hasta que llegó el mes de noviembre de 2006, casi un año y medio después de que São y André se hubieran ido. Una noche sonó tarde el teléfono en mi casa. Me levanté de la cama deprisa, angustiada, pensando que tal vez le había ocurrido algo a mi abuela o a mi madre. Era Zenaida. Acababa de colgarle a São y me llamaba para contármelo todo. La furia y el fuego habían estallado.

La luna

Sí, todo sucedió en noviembre. Un mes triste y cruel como una hiena. El mes de los muertos y de los crepúsculos desconsolados, el mes en que la mitad de la tierra se dirige vencida hacia su ocaso, abrumada por el temblor y la incertidumbre. Lia se había ido a Angola. Hacía cinco años que no volvía a su país, así que decidió tomarse dos meses de vacaciones y esperar allí a Bigador, que iría a pasar las Navidades. Y entonces, en cuanto ella cogió el avión y desapareció en el horizonte, fue como si hubieran soltado una jauría de perros.

Ya el primer fin de semana, a pesar de que le tocaba pasarlo con el niño, Bigador llamó a São para decirle que no podía ir a buscarlo. Y se lo dijo de malos modos, como solía hacerlo en la época en que se creía su dueño, pronunciando las frases igual que si estuviera disparando balas, sin permitirle discutir o preguntar cuando menos por qué. Ni siquiera se molestó en dar excusas. No alegó que tenía que hacer horas extraordinarias, o que era el cumpleaños de un amigo e iban a celebrar una fiesta, o que se sentía griposo. Simplemente, dio por sentado que las cosas eran así y que ella tenía que aceptarlas. Y cuando São intentó abrir la boca para explicarle que podía llevárselo el fin de semana siguiente si quería, él colgó el teléfono. Sin más.

El domingo se presentó inesperadamente en casa de São a las diez de la noche. Cuando lo saludó, le pareció que olía a alcohol y que tenía los ojos enrojecidos. Pasaron a la habitación. André dormía ya, pero él ni siquiera lo miró. Se sentó al borde de la cama y empezó a hablar con la voz destemplada de los viejos tiempos:

– ¿Quién es Luis?

São le pidió con un gesto que suavizara el tono para no despertar al niño. Él sin embargo insistió:

– ¿Quién es?

– Un amigo.

– ¿Un amigo? ¿Y por qué André me dice que te da besos como yo a Lia y que te coge de la mano? ¿Eso es para ti un amigo?

Ella notó cómo la sangre le empezaba a arder. Le dieron ganas de ponerse a gritar y echarlo de allí, de abofetearle y darle patadas y pisotearle la cara. No sentía miedo. Sólo una cólera inmensa, una oleada de ira como nunca había sentido en su vida. Pero tuvo que dominarse por el crío. Se clavó con fuerza las uñas en las palmas de las manos y consiguió ponerse en pie pausadamente:

– No creo que éste sea el mejor momento para hablar de eso. Si quieres, me llamas mañana. Ahora vete.

Él se levantó furioso, descompuesto, la agarró por los hombros y comenzó a sacudirla:

– ¡Eres una puta! ¡Siempre supe que eras una puta!

André se despertó y empezó a llorar. Bigador lo miró y salió a toda prisa de la habitación. Se oyó el golpe de la puerta de la calle mientras ella abrazaba al niño y trataba de convencerle de que todo era una pesadilla.

Al día siguiente, el hombre apareció poco antes de la hora de descanso de São en la cafetería y la invitó a tomar algo. Ella le vio llegar tranquila, liberada de la cólera del día anterior, pero dispuesta a defenderse con todas sus fuerzas si hacía falta. Él parecía sin embargo algo avergonzado. Caminaron en silencio y, en cuanto se sentaron en una cervecería cercana, le pidió disculpas por lo sucedido:

– Había bebido y me pasé de la raya. Lo siento.

– De acuerdo, pero te pido por favor que no vuelvas a armar un escándalo delante del niño. Si tienes que hablar conmigo, me llamas y quedamos.

– Pues tengo que hablar contigo de dos cosas importantes.

– Dime.

– ¿Estás saliendo con ese tal Luis?

– Sí.

Bigador pareció encogerse, como si se preparase para saltar:

– ¿Y qué planes tienes?

– ¿Planes…?

– ¿Piensas casarte? ¿Irte a vivir con él?

– No hemos hecho planes. Simplemente, estamos saliendo. Por el momento, eso es todo.

– Ya. Por el momento.

– Sí. No sé qué pasará en el futuro. Pero, de cualquier manera, no creo que eso sea asunto tuyo.

Se le torció la boca hacia un lado y comenzó a alzar la voz:

– ¿Ah, no? ¿No es asunto mío que mi hijo se vaya a vivir con otro hombre? ¿Eso crees?

– No tengo ni idea de lo que va a ocurrir, Bigador. Pero te aseguro que si un día me voy a vivir con alguien, será porque estoy muy segura de él y de su relación con André. No pienso volver a meterme en el infierno. Y te recuerdo que tú también vives con Lia. Y a mí nunca me ha parecido mal.

– ¡No es lo mismo una mujer que un hombre! Y entérate: si se te ocurre instalarte en casa de ese tipo con André, nos veremos en el juzgado. Te lo quitaré. ¡Puedes estar segura de que voy a quitártelo!

Se puso en pie para irse. Pero dio dos pasos y regresó.

– Se me olvidaba. La otra cosa que iba a decirte es que me lo voy a llevar a pasar las Navidades en Angola.

São se estremeció. Pensó en la malaria y la disentería, en el dengue y la tuberculosis, en todos los peligros que el niño correría en aquel país lejano y desprotegido. Su voz sonó por un momento suplicante:

– Todavía es muy pequeño… No tiene ni cuatro años. Espera hasta que tenga seis o siete…

– No. Quiero llevármelo ahora.

Ella volvió a encontrar la fuerza dentro de sí. Se levantó y se alzó sobre las puntas de los pies, para que sus ojos quedasen a la misma altura que los del hombre. Le habló con fiereza:

– No te lo permitiré. No voy a darte el pasaporte.

– Ya lo veremos.

Fueron las últimas palabras suyas que oyó en muchos días. No supo nada de él hasta que un par de semanas después, un jueves a la hora de cenar, se presentó de nuevo en su casa. Dijo que quería llevarse al niño a dormir con él. Hacía tiempo que no lo veía y lo echaba de menos. São intentó resistirse. No estaba del todo segura de que no hubiera un plan oscuro detrás. Pero el crío se había abalanzado a los brazos de su padre y gritaba sí, sí, con todas sus fuerzas. Se lo llevó a la habitación para vestirlo y abrió el cajón donde guardaba sus papeles. El pasaporte de André estaba allí, escondido debajo de su ropa interior. Por un momento, había pensado que tal vez Bigador hubiese podido entrar de alguna manera en la casa y robárselo. Pero todo parecía normal. Antes de despedirse, le recordó que debía llevarlo al día siguiente a la guardería.

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