– Ahora tienes la oportunidad de prestar un buen servicio -aprovechó Petit-. Toni nos ha explicado que eres hombre de absoluta confianza.
Lo era. Por poner un ejemplo gráfico, Curull les explicó que incluso había llegado a tratar directamente con Joan Gaspart, presidente del Barcelona. Los del Front se quedaron tranquilos. Para ellos, el Barça era una entidad a la altura de los grandes proyectos nacionales.
– La operación que estamos a punto de poner en marcha exige discreción -dijo Marimon-. No sólo intervienen factores deportivos, sino también políticos.
Curull estaba en disposición de atender sus ruegos.
– Mira -continuó Petit-, nosotros queremos hacer presidente del Valencia a uno de nuestros simpatizantes. Un empresario muy conocido, Juan Lloris.
– No sé quién es.
Petit y Marimon suspiraron aliviados.
– Juan Lloris -le explicó Petit- no tiene ninguna acción del Valencia, pero encontraremos la forma de que el máximo accionista del club le venda unas cuantas. Nosotros habíamos desarrollado una estrategia para conseguirlo, pero aquí el amigo Hoyos ya sabe cómo hacerlo.
– Curull ya está al corriente de esas cosas -aclaró Hoyos.
– Perfecto -aprobó Petit-. Debe ser una operación entre Lloris y tú.
– ¿Qué tengo que hacer con el señor Lloris? -preguntó Curull.
– Lloris debe ser el responsable del fichaje de Bouba por el Valencia. Nosotros permaneceremos en la sombra.
– Si el tal Lloris no pertenece al consejo de administración del club, ¿cómo queréis que lo fiche?
– Cuando Lloris asuma la presidencia, la Generalitat le facilitará, a través de una entidad financiera que controla, un crédito blando.
– Muchachos, esto es muy complicado. Os he de confesar que nunca he llevado a cabo una operación de estas características. Si la oposición pide cuentas acabará sabiéndose todo.
– El crédito se concederá al Valencia por ser una entidad de gran relevancia social.
– Veamos, tengo entendido que el Valencia debe ciento cincuenta millones de euros. Si le conceden un crédito y se los gasta en un jugador… ¿Cómo lo justificará la Generalitat? Vosotros formáis parte del Govern. ¿Qué diríais?
– Cómo se lo gaste el Valencia es problema del club.
– ¿Y estáis seguros de que le concederán un crédito al club?
– Aún tenemos que hablarlo -admitió Petit-. Pero forzaremos un acuerdo con los conservadores.
– ¿Os firmarán un documento y se comprometerán a hacerlo?
No, no les firmarían ningún documento, porque Petit tampoco firmaría ninguno que le obligara a devolver el favor. Del silencio obtuvo su respuesta Celdoni Curull.
– Si anuncio que Bouba ficha por el Valencia y por los motivos que sean no lo hace se acabará cuestionando mi rigor profesional, por no mencionar que habrá muchas menos expectativas de que lo fiche cualquier otro club. No lo tengo muy claro.
– ¿Bouba es buen negocio? -preguntó Marimon.
– Tiene diecinueve años y la máxima proyección mundial.
– De modo que el Valencia, pasados unos años, ganaría dinero si quisiera venderle.
– Lo más lógico es que la cotización de Bouba, a no ser que sufra una lesión importante que lo obligue a abandonar la práctica del fútbol, suba como la espuma.
– Y si sufriera una lesión importante el seguro cubriría los gastos -añadió Hoyos.
– Exacto.
– Lo pregunto porque tengo una idea mejor.
Las miradas convergieron en Marimon.
– Que lo compre Lloris. Es posible, ¿no? Aunque no se trate de un club…
– Claro que puede ser, ya me encargaría yo de arreglarlo -afirmó Curull-. Pero ¿el señor Lloris conoce el precio de Bouba?
– Lloris no sabe nada.
– ¿Qué queréis decir?
– Pues que Lloris aún no sabe que será presidente del Valencia.
– Un momento, muchachos, se supone que somos gente seria. Aquí o hablamos claro o cojo la maleta y me largo. ¿Qué coño significa que no sabe nada?
– Curull, como eres de confianza, y como para exigirte claridad y discreción nosotros debemos jugar limpio, te lo explicaré todo ahora mismo.
Petit se lo explicó. Entonces Celdoni Curull se levantó y se fue a contemplar la plaza del Ayuntamiento por la ventana. Se pasó la yema del pulgar por la nariz, por el contorno del labio inferior. Recordó la opinión que a su padre le merecían los valencianos. Dudó sin dejar de mirar por la ventana bajo la atenta mirada y la expectación de los demás. Tuvo en cuenta, por otra parte, que no tenía ninguna queja de Toni Hoyos, también valenciano. Además, los muchachos habían sido sinceros contándoselo todo; además, tenía que vender a Bouba. Porque era el único crack que tenía y cuando tienes uno y es africano hay que venderlo, porque con los jugadores africanos nunca se sabe; porque el interés del Bayern, el Inter y el Milán era más bien exagerado (los tres habían hecho muchos fichajes y sus arcas se resentían por ello); además, quería irse de Senegal, demasiados años lejos de su hogar. Era el mejor momento para venderlo. ¿Qué importancia tenía si lo compraba un club o un particular? Lopera, Gil y Gil, Florentino Pérez… habían financiado a jugadores personalmente. Ellos o una sociedad que les pertenecía.
– ¿Ese individuo… quiero decir, el señor Lloris… es un empresario serio?
– Con nosotros cumplió -respondió Marimon-. Además, ha vendido todas sus sociedades.
– O sea que tiene dinero fresco.
– Muchísimo -afirmó Petit. Y, por curiosidad, añadió-: ¿Cuánto vale Bouba?
– Setenta millones de euros. Algo más de once mil millones de pesetas, para entendernos. Por menos no voy a venderlo. -Curull observó la escasa reacción de los representantes políticos. Probablemente se habían quedado clavados en sus sillas-. A Zidane lo traspasaron al Madrid por trece mil millones de pesetas y rondaba los treinta años.
– ¿Y por qué vendes al tuyo más barato?
– La crisis, muchachos. Los clubes están sin blanca.
Los clubes sí, pero a Lloris le salía el dinero por las orejas. De repente (o quizá no tan de repente, a fin de cuentas era el secretario de finanzas) Marimon tuvo una idea orgánicamente política. ¿Y si Bouba, sin que Lloris lo supiera, patrocinara al Front? Marimon no sabía mucho de fútbol, pero si Zidane había sido comprado por aquella barbaridad con treinta años, Bouba, por mucha crisis que sufriera el fútbol, valía por lo menos lo mismo, lo que significaba mil quinientos más para Curull y otros tantos para el Front. Con aquellos millones podrían adquirir una sede comparable a las de socialistas y conservadores. El problema era cómo sugerírselo a Curull.
– ¿Cómo se reparten las comisiones en el mundo del fútbol? -preguntó el secretario de finanzas-. Por pura curiosidad, vaya.
A Curull le resultaba demasiado familiar ese tipo de curiosidades.
– Hombre, en el caso de Bouba, como es propiedad mía, no hay comisiones. Lo compré por un precio, lo vendo por otro… Y punto.
– Punto y aparte, Curull -intervino Hoyos-. Yo he cumplido con mi trabajo.
– Ya contaba con ello, Toni. Tendrás tu comisión.
– Pero… nosotros también ayudaremos a venderlo -dijo tímidamente Marimon ante la atenta mirada de Petit.
– Muy bien, vamos allá: ¿cuánto queréis cobrar?
– Lo que sea legal, Curull. Y ten en cuenta que no es para nosotros, es para el partido. Ya que eres nacionalista…
– Escuchadme bien, nada de mezclar las causas ideológicas con el dinero. Vosotros me decís cuánto queréis y yo pago.
– Hay que comprar una nueva sede -se atrevió Petit.
– Mientras no esté en el paseo de Gracia…
– Dejémoslo en una comisión razonable.
A Curull, las comisiones razonables en el mundo del fútbol le parecían auténticos atracos, pero ya estaba más que acostumbrado.
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