Eran las cinco y diez de la tarde. Petit ofreció a Oriol una copa de coñac. La rechazó. También rechazó un Cohibas, pero educadamente le indicó que no le molestaba el humo. En un piso así tenía la impresión de que el Cohibas era el toque de elegancia. Petit abrió la puerta acristalada del balcón.
– De modo que estás dispuesto a asesorarme en el tema Lloris.
– Puedo hacerlo.
– Creo que me podrás ser de inestimable ayuda. Pero permíteme que insista en algo que sin duda te parecerá muy lógico. ¿Cuánto me costará?
– Nada, si estás hablando de dinero. No quiero que me tengas en nómina.
– Eso significa que tendremos que intercambiar favores.
– Digámoslo así.
– ¿En qué zonas construyes?
– En las que tengan posibilidades.
– ¿También en pueblos?
– Si las perspectivas son rentables…
– Entendido.
Hasta en eso Oriol podría hacerle un favor. Pensó en los pueblos con proyectos conflictivos controlados por la gente de Horaci.
– Bien -dijo el secretario general-, ya tenemos ese punto claro. ¿Has pensado en el tema de Lloris?
– Tengo una alternativa que a lo mejor es de tu gusto: convencerlo para que acepte ser presidente del Valencia C. F. Es una idea que me propuso y que le quité de la cabeza cuando era su asesor.
Petit no dijo que él también lo había pensado. Pero no sabía cómo llevarlo a cabo.
– Le veo ciertas dificultades. ¿Cómo hacer presidente a un hombre que no tiene ni una sola acción del club?
– Forzando al mayor accionista a vendérselas.
– Si no me equivoco es Lluís Sintes. ¿Y si no quiere?
– Querrá.
– Aspira a la presidencia.
– La Generalitat puede convencerlo. Pero previamente tú deberías convencer a Júlia Aleixandre.
– Ella me exigiría contrapartidas en el proyecto de la Ruta Azul.
– Mira, tú tienes dos problemas: el de Lloris, que tienes que resolver de inmediato, y el de la Ley de Ordenación del Territorio, que es a medio plazo. Primero resuelve el prioritario y luego ya veremos qué pasa con el otro. Es cuestión de tiempo. En el intervalo de un problema a otro pueden pasar muchas cosas.
– Tendría que comprometer mi palabra.
– Pues hazlo, pero sin firmar nada. En política tu palabra no depende de ti. No eres dueño de ninguna empresa, diriges un partido con una ejecutiva que es capaz de cargarse el proyecto.
– Es decir, que si llegado el momento no me conviene puedo forzar una derrota en la ejecutiva.
– Exacto, salvarías tu compromiso.
– Pero no mi dimisión.
– ¿Porque la ejecutiva se carga una de tus propuestas?
– No es una propuesta cualquiera.
– Puedes arreglarlo para que se produzca una derrota por los pelos. Además, aunque algunos de tus partidarios estuvieran en contra del proyecto, todos seguirían oponiéndose a que dimitieras.
– Bueno, todo eso está muy bien. Pero volviendo a Lloris y a la presidencia del Valencia, aún tenemos más de un problema. Con las acciones de Lluís Sintes, Lloris no sería lo bastante fuerte para convertirse en presidente en una asamblea. Necesita más.
– Sí, tienes razón. Pero debemos conseguir que sea presidente sin llegar a las elecciones. La coordinadora de peñas y la agrupación de pequeños accionistas tienen que ayudarle. Eso también pueden arreglártelo desde la Generalitat.
– ¿Cómo?
– El Valencia tiene un crédito pendiente de cincuenta millones de euros. El club necesita ese crédito. Si no se lo conceden, el consejo de administración tendrá las manos atadas. Se vería obligado a dimitir.
– Tendría que negociarle el crédito a Lloris.
– Pues claro, pero es algo factible a cambio de la Ruta. Los conservadores necesitan el proyecto. Es una exigencia de la patronal.
– No estoy seguro de que quiera ser presidente del Valencia.
– Lo que no puedes garantizarle es que sea alcalde de Valencia, pero sí la presidencia del club. Lloris no es alguien excesivamente cultivado, pero desde luego no es tonto. La presidencia es una plataforma inmejorable. Si el equipo funciona se convertirá en dueño y señor de la ciudad. Socialmente el fútbol tiene mucha más fuerza que la política. Sus audiencias son del sesenta por ciento. En cambio los debates parlamentarios apenas alcanzan el dos.
– ¿Qué tipo de relación tienes ahora con Lloris?
– Mala.
– Había pensado que negociaras con él.
– Imposible. Además, exijo absoluta discreción. Si mi nombre aparece por cualquier parte negaré estar implicado. Ni Júlia ni Lloris me lo perdonarían. Que te quede muy claro.
– Discreción absoluta.
– Llama hoy a Lloris y negociadlo.
– Espero que acepte la propuesta.
– Si eres hábil, no tendrás problemas.
– ¿Alguna idea?
– Sí, pero es preferible escuchar antes lo que tenga que decirte. Quiero saberlo. Si no acepta, buscaremos una fórmula para convencerle.
O sea, que si Petit era incapaz de resolverlo, Oriol le ayudaría a hacerlo, y entonces el precio subiría. El secretario general captó que tenía que espabilarse.
– Tendré que espabilarme. Ni loco pondría a Lloris en la candidatura del Front en la ciudad. ¡Ni por todo el oro del mundo!
– Por mucho menos tienes ahora un problema. Si no lo resuelves con inteligencia lo estarás arrastrando durante mucho tiempo.
Y a él, a Oriol, también lo arrastraría.
– Pensaba que tu ayuda, aunque éstas sean sólo las primeras ideas que me das, sería más importante.
– Convenceré a Júlia.
– Entonces sabrá que estás en el ajo.
– No. Ella me lo consultará a mí. Suele consultarme todos los problemas que escapan a su control. Confía en mí.
– ¿Hace mucho que os conocéis?
– Desde nuestra época universitaria.
– ¿Cómo es exactamente?
– Decidida, temeraria… sin escrúpulos.
– Coincidimos en lo tercero.
– En el fondo Lloris y ella se parecen mucho, pero usan formas distintas. Se caracterizan por el egoísmo, acentuado en el caso de Lloris por una especie de megalomanía que puede resultar peligrosa. Es muy tozudo. La verdad es que vas a vértelas con un buen embolado.
Petit intuía que cada vez el precio era más alto. Oriol Martí se levantó del sofá y salió al balcón. Estuvo contemplando el mar durante unos segundos. Luego volvió hasta el sofá, pero se quedó allí delante de pie.
– El apartamento tiene buenas vistas -comentó.
– Excelentes, sí.
Al parecer el ex asesor quería algo más que elogiar la situación del piso. Petit le dio rienda suelta, pero no añadió nada más. Fumaba mientras observaba el fingido interés de Oriol por sus muebles.
– Si alguna vez piensas cambiar de piso…
– Supongo que tienes a muy buen precio.
– Lo arreglaríamos.
– ¿No tendrás por casualidad una planta baja céntrica?
– No.
– Pues me quitas un peso de encima. Me habría sentido tentado a comprártela. Necesitamos una nueva sede y nos urge.
– Seguro que hubiéramos llegado a un buen acuerdo.
– No tengo ni la más mínima duda. -Petit bebió un poco de coñac. Dejó la copa en el centro de la mesa y dio dos caladas profundas. Entonces miró fijamente a Oriol-. ¿Quieres decirme algo? Tengo la sensación de que quieres hacerme una pregunta.
– Te la formulo como ciudadano.
– Hazla, me debo al pueblo.
– Si no aprobáis el proyecto, ¿os cargaréis a los conservadores?
– No puedo responder a eso. Eres un ciudadano especial. Pero no te preocupes: si llega el momento te avisaré con la suficiente antelación para que puedas tomar posiciones.
– Francamente, te lo agradecería.
– La información no será gratuita. En dos años he tenido que negociar tanto que me he convertido en un especialista.
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