– ¿Te apetece un café?
– Sí -aceptó Paco.
Pidieron dos. Santiago se encargó de apurar el vino de una botella de tres octavos, ya que el ex jugador no probaba el alcohol desde hacía muchísimo tiempo.
– Te voy a confesar un secreto, Paco.
– ¿Un secreto?
Paco se extrañó ante el hecho de que Santiago, un hombre tan discreto y solitario, quisiera contarle nada más y nada menos que un secreto.
– Nadie lo sabe. Durante muchos años fui seguidor del Levante.
– ¿De verdad?
– Mi padre se llegó a enfadar conmigo. Me llevaba continuamente a Mestalla a ver si me aficionaba. Y lo consiguió. Le costó lo suyo, no creas. Entonces yo pensaba que el Valencia era el equipo de los señoritos de la ciudad.
– Tenía fama de serlo, sí.
La camarera sirvió los dos cafés.
– Los derbis entre el Levante y el Valencia eran muy celebrados en el distrito Marítimo, de donde procedían casi todos los hinchas del Levante.
– Esta ciudad necesita dos equipos en primera, como Sevilla, Madrid, Barcelona…
– Ya lo creo. Volvería la emoción perdida de la rivalidad. -Santiago pidió un poco de whisky con hielo-. Es curioso, Paco, pero hacía muchos años que no nos veíamos fuera de las instalaciones del club.
El periodista había dado pie a sacar el tema que era el motivo de su encuentro. Paco tomó un poco de café.
– Mira, Santiago, me han contado algo en la residencia y he pensado que debía decírtelo.
– Soy todo oídos.
– Ya sabes que allí hay jóvenes de todo el mundo. Pues bien: ayer un chaval senegalés que han traído unos meses en período de prueba, y con el que mantengo una buena amistad, me dijo que es muy probable que Bouba fiche por el Valencia.
– Qué raro, tengo entendido que se lo están rifando los mejores equipos de Europa.
– El chaval le conoce muy bien. Son del mismo barrio de Dakar y hablan por teléfono de vez en cuando. El propio Bouba le ha dicho que se están haciendo gestiones.
– Tengo contactos con gente muy bien situada en el club y no me han dicho nada. Si fuera cierto, lo sabría. Son fuentes que nunca me han fallado.
– Eso es lo que me ha dicho el chaval, Santiago.
– A lo mejor lo están llevando en secreto. Pero me extraña.
– ¿Por qué?
– El club tiene una deuda enorme. Según algunos especialistas casi está en bancarrota. ¿Cómo quieres que fichen a uno de los jugadores más cotizados del momento?
– No lo sé, pero me fío del chaval. Somos buenos amigos. Es solitario, no se relaciona con nadie en la residencia y solemos pasear juntos y conversar. A mí me ha servido para retomar mis conocimientos de francés. Mi ex mujer era de Marsella.
– Sí, me acuerdo. Te agradezco mucho la información, Paco.
– Soy yo quien ha de estarte agradecido. Siempre me dices que no te debo nada, pero gracias a ti, a tu discreción, no soy el hombre más desgraciado del mundo.
– No exageres.
– No lo hago en absoluto. Tenía ganas de decírtelo.
– Tienes ganas de vomitarlo todo. El pasado es el pasado. Tienes que hacer borrón y cuenta nueva.
– No es fácil olvidar para un hombre manchado. Si pudiera volver a aquella época…
Pequeñas chispas brillaron en los ojos del ex jugador. Para disimularlo inclinó un poco la cabeza y aprovechó para beberse el café. La camarera llevó el whisky de Santiago. El periodista agitó un poco el vaso y lo mantuvo entre sus manos. Paco levantó la cabeza. Se miraron.
– Oficialmente llevo treinta y cinco años siendo periodista deportivo. Son muchos años, Paco. Nadie tiene que contarme nada. ¿Te acuerdas del señor Enrique Sospedra?
– Sí, toda una institución periodística.
– Fue mi maestro. Hombre humilde e insobornable.
– Y granota.
– Del Levante, en efecto. Mi admiración por él hizo que yo también me hiciera granota. Leía todas sus crónicas, un modelo de rigor literario de la época. Las conservo casi todas. A veces aún las repaso. Tuve la suerte de trabajar durante unos años a su lado. Y sobre todo tuve la inmensa suerte de ser, con el tiempo, su persona de confianza. Me contó muchas cosas de las que no se publican.
– ¿Y piensas contármelas para que me sirvan de consuelo?
– No sé si será por eso, pero quiero contártelas.
Lo hacía por eso, para consolarlo. Sentía cierta lástima por un hombre que llevaba tantos años ofuscado por un error. Santiago bebió un poco de whisky. Habitualmente no bebía, exceptuando el vino para las comidas y alguna que otra cerveza. Dejó el vaso en la mesa.
– En 1967 el Levante estaba en posiciones de ascenso a primera división. Jugaba en Inca, contra el Constancia. Perdió el Levante uno a cero. Después del partido, el señor Sospedra entra en el lavabo del restaurante donde estaba cenando con el equipo y sorprende a dos jugadores hablando de la cantidad que había pagado el Constancia por su victoria. Hablaban de cómo iban a repartírsela. Obviaremos el nombre de los dos jugadores. Un año después un ex jugador del Levante que entonces estaba en el Mallorca come con el señor Sospedra. Eran muy amigos. Estaba de paso camino de Badalona, donde al día siguiente tenía un partido. El ex jugador del Levante le confiesa que lleva doscientas cincuenta mil pesetas para comprar el partido. En 1976, el Levante se juega el ascenso a segunda división contra el Olímpic de Xátiva. Un directivo del Olímpic me llama para que hable con el presidente del Levante: querían dinero para dejarse ganar. Lo mandé a la mierda. Ignoro si pactaron o no, pero el Levante ganó por uno a cero. Un año antes, estando de vacaciones, coincidí en un balneario con un ex portero del Villarrobledo que trabajaba allí como conserje. Al enterarse de que era periodista, me enseñó la fotocopia de un cheque por valor de cien mil pesetas. Había «cantado» en un gol del equipo contrario. ¿Quieres más?
– No.
Podría haberle contado unas cuantas más, y del Valencia. Podría haberle explicado la recalificación urbanística de las ciento veinte hectáreas de la ciudad deportiva del Real Madrid, con la aquiescencia del Estado, de modo que trescientos mil metros cuadrados, antes zonas deportivas privadas, pasaron a ser calificados genéricamente como terciarios, o sea, oficinas, establecimientos comerciales, hoteles… Operación que no sólo le posibilitó pagar una deuda que a ningún otro equipo se le habría permitido, sino que además lo situó económicamente por delante de todos sus competidores. Podría haberle explicado lo inexplicable: la relación no proporcional entre la masa social del Deportivo de La Coruña y su capacidad financiera. Podría haberle explicado la vergonzosa historia de los «morenos» del Barça, un club que presumía de funcionamiento democrático; el fichaje de Di Stefano por el Madrid, por orden del Ministerio de Asuntos Exteriores franquista, en perjuicio del Barça… Podría haberle explicado muchas cosas, demasiadas, pero prefirió no seguir a pesar de que le hubiera gustado tranquilizar la conciencia de Paco. Al fin y al cabo sólo representaba una aguja en aquel pajar de mierda, en aquel circo que ilusionaba a millones de personas. Como periodista, él también contribuía a todo ello con su silencio, con su asco. El espectáculo, intocable, debía continuar.
* * *
La segunda cita de Francesc Petit y Oriol Martí no tuvo lugar en la sede del Front ni, como la anterior, en el despacho del incipiente y ya exitoso empresario de la construcción. Oriol exigió absoluta discreción como requisito irrenunciable. Así pues, se vieron en el apartamento de Petit. El lugar elegido aleccionó a Oriol en el mal gusto del secretario general del Front. Las numerosas litografías que colgaban de las paredes parecían hechas por estudiantes de Bellas Artes, y los muebles, estrictamente funcionales, cargaban el ambiente y no mantenían ninguna armonía entre ellos a juicio de Oriol, que vivía en un loft a imagen de los neoyorquinos en el que el propio espacio delimitaba los elementos decorativos.
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