Cuando Horaci entró en su apartamento, Madrid ya tenía dos cervezas sobre la mesa a la que se sentaron. Lo había visto aparcar mientras observaba las luces del día corriendo sobre los tejados.
– No tengo mucho tiempo para hablar -dijo Madrid.
– Me has citado tú.
– He recibido una llamada. Me ha surgido un problema y tengo que estar en Benifaió dentro de una hora. Iremos al grano. Por mi parte quiero que sea una conversación seria, sin ambages, directa.
– Eso espero.
– Horaci, es cierto que hemos cometido errores urbanísticos…
– En la comarca de la Marina han sido unos cuantos e imperdonables. En Benicorlí, donde gobernáis desde la transición, tenéis un Plan de Actuación Integral que borrará del mapa trescientos mil metros cuadrados de huerta, los que aún quedan, y duplicará la población.
– Es legal.
– Peor todavía, porque los PAI fueron idea vuestra.
– De acuerdo, no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias, pero no me gustaría recordarte que actualmente, en ciertos municipios gobernados por la facción del Front que tú lideras, corre el rumor de que se están proyectando auténticos despropósitos urbanísticos. Sólo es un rumor, pero… en fin, por encima de eso tú y yo somos de izquierdas. Y también es obvio que no podemos evitar que nuestra gente se nos vaya de las manos. Ya ves lo que ha pasado en Llíria: los nuestros, los tuyos y los de Esquerra Unida han reparcelado una zona boscosa enorme. Al fin y al cabo estas cosas son peccata minuta comparadas con las que perpetra la derecha o está a punto de llevar a cabo.
– Te refieres a la Ley de Ordenación del Territorio.
– Sí, y en concreto a la Ruta Azul. Supongo que serás consciente de que se trata de algo trascendental para nuestro país.
– Por supuesto.
– No podemos permitirlo. Si ese proyecto se lleva a cabo, el caos urbanístico será irreversible. Tú eres la clave para detenerlo.
– ¿Yo? No sé si sabrás que…
– Ya sé que tu facción es aún bastante minoritaria dentro del partido, pero ahora tienes una gran oportunidad de ganarte a los insatisfechos, que según tengo entendido no son pocos. Vuestros militantes ya saben lo que significa gobernar con la derecha. Tendrías que ir pisando fuerte.
– Sólo cuento con los míos. Es insuficiente.
– ¿Y qué dicen los dudosos?
– Petit les ha dado responsabilidades de poder y no creo que se arriesguen a perder su estatus.
– Tienes que explicarles que el Front, electoralmente, acabará deteriorándose y con ello las prebendas también se agotarán. Tienes que hacerles ver que deben considerarlo todo en perspectiva. De seguir respaldando a ciegas la política de la derecha, el Front perderá mucho apoyo popular en las próximas elecciones. No podéis confiar en las encuestas que dicen que una gran mayoría de la opinión pública está a favor del proyecto. Son encuestas manipuladas por la derecha. Vuestra gente es de izquierdas. De acuerdo, se ha hecho más pragmática, pero Petit está forzando demasiado las cosas y acabaréis siendo cuando menos cómplices de las acciones urbanísticas de los conservadores.
Horaci Guardiola se encendió un cigarrillo. Luego bebió un poco de cerveza directamente de la botella. Ambas acciones parecían una falta de respuesta por su parte.
– Déjame hacerte una pregunta más… directa.
– Házmela -accedió Horaci.
– ¿Hay gente tuya implicada en algún asunto urbanístico?
– No estoy seguro, pero tenemos indicios de que así es.
– Cárgatelos. No dejes que las cosas se pudran. Te lo digo por experiencia. Si cuando gobernábamos hubiéramos actuado con contundencia ante los primeros casos de corrupción, quizá no habríamos llegado a una situación descontrolada.
– No puedo hacerlo.
– ¿Por qué?
– En primer lugar porque tengo que demostrarlo, y en segundo porque si es cierto que están sucios, indirectamente me mancharán a mí. ¿Cómo voy a enfrentarme a Petit si tengo casos de corrupción entre los míos?
– ¿Qué crees que deberías hacer?
– ¿Qué harías tú? Tenéis más experiencia.
– Si pudiera volver atrás negociaría en silencio la impunidad de los corruptos a cambio de que abandonaran el partido. Pero, claro, tienes que estar seguro de que lo sean.
– Sabes que es difícil demostrarlo. Algunos tienen la convicción, compartida por la derecha, de que las medidas de liberalización del suelo reducen el precio de la vivienda. Además, esta gente es la que domina el partido donde gobierna.
– Tendrías que investigarlo.
– Ya lo estamos haciendo.
– Seguro que Petit también. Y si es cierto tendrá una buena carta para jugarla en tu contra. Pero, mientras tanto, tú y yo tenemos que llegar a un acuerdo que estoy dispuesto a firmar.
– ¿A firmar? ¿Qué acuerdo?
– Si eres capaz de conseguir la mayoría en la ejecutiva aprovechando el desgaste político que está sufriendo Petit, si nosotros posteriormente accedemos al Govern con vuestros votos, os daremos mucho más de lo que los conservadores dieron al Front. E incluso estamos dispuestos a gobernar con vosotros.
– ¿Cambiaríais de cabo a rabo toda la Ley de Ordenación del Territorio?
– Cuando lleven la Ley al Parlament intentaremos bloquearla presentando un gran número de enmiendas. Pero no puedo garantizarte nada que dependa del partido y no de mí. En todo caso, te aseguro que sería muy distinta.
– ¿Estaríais dispuestos a darnos la Conselleria d'Obres Públiques?
Josep Maria Madrid no respondió. Tomó un buen trago de cerveza. ¿Cómo iba a decirle que las distintas patronales, un poder fáctico, se opondrían firmemente, con todos los medios a su alcance -y eran muchos-, a la posibilidad de que el Front se encargara de gestionar el meollo de los grandes negocios?
– ¿Por qué no me contestas?
– Porque es obvio que, por muy generosos que queramos ser con vosotros, no puedo decidir lo que debe ser un acuerdo del partido.
– Me has dicho que mantendríamos una conversación franca.
– Y la estamos manteniendo. No quiero engañarte.
– Pues dime que no nos podéis ofrecer la Conselleria d'Obres Públiques porque la financiación de los partidos depende en gran medida del agradecimiento de ciertos empresarios. Vamos, Josep Maria, dímelo.
– Si me estás pidiendo que os consiga dinero, podemos llegar a un acuerdo.
– ¿Con qué porcentajes?
– Mejores que los que ahora tenéis.
– Pero la Conselleria d'Obres Públiques denegada.
– Hablaríamos de ello.
– Ya… sólo hablaríamos.
– Los conservadores negaron a Petit hasta la posibilidad de discutirlo. Yo te garantizo que hablaremos, pero nada más.
– No te preocupes, Josep Maria, os la regalaríamos. Incluso es muy probable que os diéramos el Govern completo.
– Nos gustaría gobernar conjuntamente. Compartiríamos los éxitos, seguro que serían muchos.
– Tal como está el patio, con una Ley del Territorio difícil de dejar a un lado, es preferible quedarse en la oposición.
– Te equivocas. Si tienes corruptos en algún municipio, desde el Govern los encubrirás mejor. Los conservadores lo saben muy bien. Pero, bueno, no cantemos victoria antes del partido. Vayamos poco a poco. Primero, gánate a la ejecutiva…
– Ayudadme.
– De acuerdo, presionaremos haciendo a Petit responsable de todo por ser demasiado blando con los conservadores. Si tú presionas desde dentro, si te encargas de movilizar a la gente que puede manifestar su opinión en la prensa, a lo mejor lograrás crear hostilidades entre los dudosos y algunos de los partidarios de Petit.
– ¿Y luego?
– Luego te ayudaremos a salir beneficiado de la crisis. Pero insisto en que deseamos gobernar con vosotros.
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