– Todas las asociaciones de empresarios se rebelarían -se asustó José Luis Pérez.
– ¿Y por qué no? -dijo Ferrer de repente-. ¿Por qué no dar poder político a Lloris? Como empresario ya no es competencia. ¿Quiere gloria social? Pues démosela. Encima nos deberá un favor.
– ¿Desde cuándo Lloris ha devuelto un favor? ¿Es que ya no te acuerdas de las putadas que os ha gastado? Si pudiera, nos borraría del mapa.
– Lo tendríamos cogido por los huevos.
– Instalado en el poder, Lloris es incontrolable. Definitivamente me niego. No participaré en algo así.
– Pues propón otra alternativa.
– Lo haré, pero no me la pidas ahora -respondió Parma.
Miguel Ferrer se levantó. Llevaba el desencanto en el rostro.
– Muy bien, Julio, confío en ti. Confiemos en que encuentres la solución adecuada. Pero te recuerdo que la gente está muy nerviosa.
– Lo sé, Miguel.
José Luis Pérez también se levantó. Ambos besaron a Júlia y se despidieron de Parma. Habían llegado en un solo coche y debían volver juntos a la ciudad. Cuando el ecuatoriano cerró de nuevo la verja de la entrada, Parma sirvió un poco más de vino en la copa de Júlia.
– Tienes un gran problema -le dijo-. Si fallas se te echarán encima.
– ¿Por qué está tan nervioso Miguel Ferrer?
Parma se tomó algo de tiempo antes de responder, como si dudara. Pero no era exactamente así. Pensaba en ella, en su culo, redondito y provocador, en sus labios carnosos, en cómo se la había follado. Porque de repente le vino a la memoria todo aquello. También en su suficiencia de mujer atractiva, en el desprecio y la soberbia con que a veces trataba a los hombres, aunque a menudo dependiera de ellos. Suspiró y estiró las piernas por debajo de la mesa, se acarició la barbilla y volvió a beber un poco de vino.
– Su situación empresarial es delicada.
– ¿Mucho?
– Bastante. -Se incorporó y recuperó su posición anterior en la silla-. Hace dos años solicitó un crédito de cuatro mil ochocientos millones de pesetas a Bancam, para comprar tres edificios con trescientos domicilios. La idea era alquilar los pisos para oficinas y con el dinero del alquiler pagar el crédito. No contento con eso compró, también con el crédito, dos naves industriales y un solar. Sólo ha alquilado una cuarta parte de los domicilios, las naves aún están vacías y por el solar no le ofrecen, ni por asomo, la plusvalía que tenía previsto obtener.
– La Ruta Azul, su gran esperanza.
– Sería una buena salida para él. Pero no es el único que arrastra problemas. El Grup Borràs tiene un riesgo de mil doscientos millones de euros asumido con Bancam y el Cantabria. La operación del Grup con Bancam no ha pasado por el IVEF, y la inspección del Banco de España les ha hecho una advertencia.
– ¿Sólo una advertencia?
– Alguien muy poderoso de tu partido en Madrid ha frenado al Banco de España. Pero la paciencia tiene un límite. Bancam está en su punto de mira.
– ¿Por qué?
– Entre otras cosas por la operación de compra de Sondobank. Al Banco de España no le gustó nada que la compra se hiciera por trece mil millones de pesetas cuando se podría haber hecho por nueve mil. Bancam está avisada. Otra operación de riesgo innecesario y actuarán. Con lo cual, de momento, el grifo de Bancam está cerrado. ¿Entiendes por qué están tan nerviosos?
– Debería haberme ido a Madrid.
– ¿Por qué no lo hiciste?
– El jefe no quiso. Sabía que reaccionaríais de mala manera ante su marcha. Si además me iba yo…
– Pobre Júlia. Siempre eres la gran sacrificada.
– Julio, tienes que echarme una mano.
– ¿Qué puedo hacer? La cosa está difícil.
– Convencerlos de que ayuden económicamente al Front.
– Ya lo has oído, no se fían.
– ¿Y qué coño quieren, que los del Front les hagan el favor a cambio de nada?
– Tal como está el patio, si no encuentras una solución, Ferrer y unos cuantos más cambiarán de bando. Si el Front se opone al proyecto, la siguiente jugada será entregar el Govern a los socialistas. Para los de la Cámara de Empresarios será más productivo iniciar relaciones con ellos.
– Y para ti.
– Probablemente. El futuro de algunas empresas está en juego. Me presionarán. -Parma tomó un sorbo de vino-. Lo siento, Júlia. No querría hacerlo, pero las circunstancias…
– Con los socialistas tampoco tendréis el proyecto.
– Será distinto. Con vosotros, el Front y sus ecologistas cargan con la culpa. Con los socialistas no. Incluso les interesará que sean los responsables directos. Les dejarán gobernar pero se quedarán al margen. Sería estúpido por parte del Front compartir gobierno con alguien que pretende liquidarlos políticamente. Gobiernan con vosotros para adquirir normalidad ante la gran masa de electores y erosionar a los socialistas, pero la Ruta Azul les impide alcanzar su objetivo.
– Tienes que ayudarme, Julio.
– ¿Por los viejos tiempos?
– Yo te quise muchísimo.
Julio Parma sonrió. Se levantó y se acercó hasta una cómoda, de la que abrió un cajón para sacar un pequeño bote de crema.
– ¿Qué serías capaz de hacer con tal de que te ayude?
Júlia no respondió. Probablemente estaba dispuesta a todo, pero no se atrevió a decírselo. Creyó que él sabría hasta dónde podía llegar.
– ¿Sabes? -dijo justo al llegar detrás de ella-. Hace tiempo que tengo ganas de follarte. Ha pasado mucho. Demasiado para mi deseo incontenible. ¿Cuántos años hace que no lo hacemos…? Ya ni me acuerdo. Me has querido tanto que ni siquiera has pensado en mí en todo ese tiempo.
– Eres un hombre casado.
– Para una puta mentirosa como tú no es un hándicap insuperable.
Julio dejó el bote sobre la mesa. Júlia lo leyó: «Brum. Vaselina pura. Uso tópico.» Entonces el empresario la besó en la nuca, le acarició el pelo, sedoso, le lamió el lóbulo de la oreja. Júlia le cogió una mano y la llevó a uno de sus pechos. Julio lo palpó con ansiedad. Luego le cogió el otro pecho con su mano libre. La levantó de la silla a peso y la obligó a ponerse frente a él; movió las manos hasta su culo y la estrujó con fuerza contra su cuerpo. Ambos se palparon desesperadamente. La forzó a darse la vuelta bruscamente y, adherido a su espalda, la llevó hasta el sofá sin soltarla. Hizo que se inclinara y la obligó a poner las manos sobre el respaldo del sofá. Entonces le ordenó que no se moviera. Permaneció quieta, sumisa a una jerarquía sexual y de todo tipo, pero de reojo observó cómo volvía a la mesa y cogía la crema. Acto seguido le levantó la falda y le bajó las bragas hasta quitárselas lentamente, primero un pie y luego el otro. Le separó las piernas y le esparció la vaselina por donde ella temía. Dijo no, Julio, no; él le dijo que se callara, pero fue sólo un gesto autoritario, la actitud del que quiere dejar claro quién manda, porque a continuación le preguntó si aún le deseaba. No sabes cuánto, le mintió Júlia. El dolor hizo que se le cayeran las lágrimas.
* * *
Antes de reunirse con Francesc Petit, Josep Maria Madrid, secretario de finanzas de los socialistas y hombre fuerte en la sombra, se citó con Horaci Guardiola. Lo hizo en el lugar más discreto posible, su apartamento de Port Saplaya, lugar que, además, Horaci ya conocía. El apartamento de Madrid, a nombre de su mujer, no solía acoger a casi nadie, ni siquiera a su familia, que prefería la tranquilidad del pueblo. De hecho, allí es donde se consumaban las citas políticas más clandestinas.
Horaci llegó quince minutos tarde, circunstancia que inquietó a Madrid porque una hora después tenía cita con Francesc Petit. Ninguno de los dos sabía que el otro se iba a reunir con Madrid. De hecho, el secretario de finanzas era un hombre bastante autónomo incluso para su propio partido. Lo suyo era manejar los hilos de la política lejos de cualquier mirada y a salvo de responsabilidades directas. En aquello basaba su poder, intentando controlarlo todo sin que nadie le fiscalizara.
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