– Mirad, primero hablamos con el señor Lloris y luego ya veremos qué podemos hacer por la nueva sede. ¿Os parece bien?
– Como quieras, Curull.
Se urdió una estrategia que constaba de los siguientes pasos: Petit hablaría con Juan Lloris; después Hoyos lo haría con Rafael Puren. El tercer paso reuniría a Celdoni Curull con Lloris. Si el empresario aceptaba comprar personalmente a Bouba (recuerda, Curull, el reparto de comisiones), entonces pondrían en marcha la operación política: que los conservadores convencieran al principal accionista del club, Lluís Sintes, para que vendiera todo el paquete a Juan Lloris. Se insistió en que de la coordinadora de peñas y de la agrupación de pequeños accionistas se encargaría el amigo de Hoyos, Puren (por cierto, advirtió Hoyos, con alguna bagatela tendremos que agradecérselo: lo dejamos en tus manos). Curull selló el pacto y el inicio de una provechosa amistad dando un leal apretón de manos a Petit y Marimon, pero ni Petit ni Marimon se lo dieron a Hoyos recordando a Josep Valles.
En la barra de la cafetería del hotel, el secretario general y el de finanzas se tomaron un chupito de ron antes de acudir, en representación de la Generalitat, a una exposición de abanicos valencianos del siglo XVIII.
– Vicent, tengo que confesarte que cuando has pedido la comisión me he quedado de piedra. Yo no me hubiera atrevido a hacerlo.
– Donde esté mi cuñado por fuerza tiene que haber comisiones.
– ¿A cuánto crees que ascenderá la nuestra?
– He calculado mil quinientos millones de pesetas.
El vasito de ron de Petit se quedó entre su boca y la barra. Lo volvió a dejar en el pequeño plato sin probarlo.
– De modo que mil quinientos millones de pesetas -repitió incrédulo o más bien idiotizado.
– Algo así. Y es lógico. Escúchame: en vez de vendérselo por diez u once mil millones, que lo haga por trece o catorce. Los tres mil que Lloris pague de más serán los que nos repartamos. Vaya, como si fuera una comisión de obra pública corriente y moliente.
– Lloris no se chupa el dedo.
– Lloris sabe tanto de fútbol como tú y yo. Además, está loco por presidir lo que sea, hasta una asociación de vecinos. Ya verás como le encantará ser presidente del Valencia, con miles de personas ovacionándolo.
– Ahora lo difícil será convencerlo.
– Eso es asunto tuyo. El mío será ocultar mil quinientos millones.
– ¿Es dinero negro?
– Como Bouba.
– Será un problema.
– Mientras los problemas sean como ése, dame todos los que quieras.
– ¿Sí? -Por segunda vez el vasito se quedó a medio camino-. A ver, dime qué harás con toda esa pasta. Yo no quiero saber nada.
– Pues no preguntes.
– Digo que no quiero saberlo oficialmente.
Marimon bebió. Petit apuró el ron de un trago y esperó su respuesta. Después de un sorbito, el secretario de finanzas hizo chasquear la lengua contra el paladar.
– Sinceramente, Francesc, no sabría dónde meterla.
– ¡Coño! ¿Y por qué la has pedido?
– A nadie le amarga un dulce.
– Pues con tantos nos podemos quedar diabéticos perdidos.
– En el mundo del fútbol todo el mundo saca provecho y no he podido evitar caer en la tentación de pedir una pequeña ayuda.
– ¿«Una pequeña ayuda»?
– Hombre, puestos a pedir entre cantidades tan astronómicas…
– ¡ Caguendéu, Vicent, piensa bien las cosas antes de hacerlas!
– ¡Aún no tenemos el dinero!
– Y aún tenemos que maquillar parte de los seiscientos millones de las elecciones. A ver cómo cojones disimulamos mil quinientos.
– Vale, vale… Tienes razón: pediré menos.
– ¡¿Qué coño vas a pedir menos?! ¿No decías que querías problemas así?
– Estaba eufórico.
– Un momento, estamos alterados. Tranquilicémonos.
Marimon apuró el vasito de ron. Petit pidió un par más. Cuando la camarera los sirvió, se los bebieron de un trago.
– Pongamos que la sede cueste cuatrocientos millones -estimó Petit.
– Nos quedan mil cien.
– Mobiliario, ordenadores, cortinas y tres empleados, cuarenta o cincuenta más.
– Mil cincuenta.
– Y…
– Y… ¿qué?
– Me sobran más de mil.
– Sobran muchos más -dijo Marimon de repente algo afligido-. Ahora que me acuerdo, no hemos pactado el dinero con Curull. Le hemos dicho que queríamos una comisión cuando en realidad pensaba en una venta hinchada artificialmente.
– O sea, que ya no tenemos el problema.
– Pero a lo mejor tendremos la sede.
– Sospecho que no será ni demasiado grande ni muy céntrica.
* * *
La Gaseosa Júcar era la más veterana que se hacía en Valencia. De hecho, la Júcar pertenecía al imaginario colectivo de los valencianos. Salvador Ribas había heredado tan tradicional y entrañable empresa de su padre; también su fervorosísima afición por el Valencia C. F. Su padre había sido directivo del club en la época de Julio de Miguel. Por su padre, que había sido uno de los socios más antiguos, había aceptado formar parte del consejo de administración. Ribas permaneció dos años como miembro de éste. Oficialmente dimitió por motivos personales. De modo escueto adujo que la empresa familiar necesitaba de toda su dedicación.
La versión oficial fue aceptada por los medios de comunicación, en aquel entonces eufóricos ante los éxitos del equipo. Lo cierto es que algún periodista insistió en que Ribas hiciera más declaraciones, pero él lo declinó por completo. A lo largo de dos años, el ex directivo Ribas siguió asistiendo al fútbol, pero en vez de hacerlo en el palco de invitados, donde amablemente el club le tenía reservado un asiento, utilizaba el carnet de socio en su lugar de tribuna.
Santiago Guillem apenas tenía contactos con directivos, una norma que cumplía a rajatabla. Por experiencia propia en sus inicios como periodista y también por lo que sabía de otros colegas, proclives con excesiva facilidad a recibir las lisonjas de los directivos, se mantenía al margen de todos ellos. Para obtener informaciones interesantes o simplemente necesarias prefería a los empleados más discretos y con mayor antigüedad del club. Una estrategia que siempre le había dado buenos resultados. Pero repasando los archivos del periódico en busca de los principales conflictos del club de los últimos años tropezó, sin buscarlo especialmente, con el de la silenciosa dimisión del directivo Salvador Ribas.
Recordó que era una persona que se encontraba a gusto en un segundo plano, lejos del protagonismo, como si, muy adrede, quisiera evitar ser noticia. Ribas había sido tan discreto que incluso a Santiago Guillem, que estaba enterado hasta del más ínfimo detalle, aquello le había pasado desapercibido. Pensó Guillem que un hombre así debía de ser alguien muy serio. Pidió al servicio de información de Telefónica el número de su empresa y se puso en contacto con él. Le sorprendió que accediera a hablar de buen grado pese a advertirle que pretendía saber cuáles habían sido los auténticos motivos de su dimisión, aunque garantizándole el off-the-record de la conversación.
Salvador Ribas recibió a Santiago Guillem al día siguiente, a las diez de la mañana, en su empresa, una fábrica de aspecto familiar y de pocos operarios -casi todos mujeres- a causa de la automatización que había sufrido el proceso de fabricación del producto. De una minúscula cafetera Ribas sirvió dos cafés que tomaron en su despacho particular, un habitáculo acristalado que permitía ver todas las partes que conformaban la cadena de producción, que ocupaban la nave industrial por completo. Ribas explicó a Guillem los detalles de la elaboración, el proceso de modernización que había tenido que imponer en contra de la opinión de su padre, empresario de la vieja escuela que temía cualquier tipo de cambio. Ribas era relativamente joven, y Guillem veía en él a un hombre sensato. A lo mejor ya tenía una imagen preconcebida. En todo caso -una novedad agradable- le transmitía confianza.
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