– No, gracias. ¿Todavía hacen contratos de cooperación?
– Sí, pero supongo que serán correctos.
– Sólo lo supones.
– No me imagino que después de saberlo yo y dimitir sigan haciendo lo mismo.
– Es una buena fuente de ingresos para los conservadores, limpia y fácil.
– Sebastià Jofre me dio su palabra de que sólo había sido algo circunstancial, en un momento en que el partido lo necesitaba con urgencia.
– ¿Callaste porque te lo pidieron los conservadores?
– Me lo pidió mi padre.
– ¿Tu padre llegó a saberlo?
– Yo se lo conté.
– ¿Qué dijo?
– Nada. -Ribas se quedó de pie. Se tomó el café-. Pero lo aproveché para dimitir y para dirigir la empresa según mis criterios. Mi padre no se opuso.
– Estoy pensando en los jóvenes africanos de la residencia. No conozco a ninguno que haya debutado en el primer equipo.
– Son jugadores de un nivel técnico estándar. He leído informes que afirman que no se adaptan a nuestras costumbres. Los traspasan a otros equipos o los mandan de vuelta a su país.
– Quizá aún hagan dobles contratos.
– Hasta ahí no llego.
– Da igual, me has sido de gran ayuda.
– ¿Para qué?
Santiago Guillem se quedó mirando fijamente a Ribas. En efecto, la información no serviría de nada. Y no sólo porque había comprometido su palabra en el off-the-record de la conversación, sino porque si insinuaba tan sólo un indicio de todo aquello de inmediato silenciarían a los equipos africanos con dinero, ya que andaban muy necesitados, y porque, al fin y al cabo, ¿a qué equipo africano de los implicados le interesaría destapar la estafa? Ellos recibían lo que habían firmado y, además, sin ningún esfuerzo. Guillem se levantó para despedirse.
– He pedido la jubilación anticipada.
– Llevas muchos años siendo periodista, ¿no?
– Los suficientes para dimitir.
La soga de la situación política se estrechaba alrededor del cuello de Júlia Aleixandre un poquito más cada día. Había comprobado con qué severidad los empresarios exigían la realización de los proyectos urbanísticos. Desde finales de la década de los ochenta, la patronal valenciana había mostrado una avidez incontenible por el cemento y el hormigón, y había rechazado, en aquella época, el objetivo de proyecto institucional València Parc Tecnològic, una creación del Govern socialista que pretendía incentivar la investigación y la promoción industrial innovadora. València Parc Tecnològic apenas duró un año y medio. La sensación de fracaso que dejó el proyecto fue fruto del ataque sistemático de los poderes empresariales y de la campaña de los medios de comunicación afines, orientada a acabar con todo lo que implicara cualquier indicio de modernidad. Ahora la patronal, siempre coercitiva, reclamaba en la presente legislatura la Ley de Ordenación del Territorio. Había apostado fuerte para que los conservadores mantuvieran su mayoría absoluta, pero la sorprendente y decisiva irrupción del Front en la política parlamentaria había echado a perder todos sus planes.
En el Partido Conservador, a Júlia se la hacía responsable de todo lo relacionado con la estabilidad del Govern. Se le confiaba la actitud negociadora, la capacidad disuasoria. Le habían imputado como fracaso personal el hecho de que el Front alcanzara el siete por ciento en las pasadas elecciones. No le permitirían ninguno más. Así se lo habían insinuado desde las más altas instancias institucionales. En su ámbito político Júlia estaba creando desconfianza, situación que, de ratificarse, la llevaría sin remedio al ostracismo. Por lo tanto debía actuar con rapidez y contundencia. Se encontraba prácticamente sola. Casi podía sentir el vacío a su alrededor. En sus círculos más inmediatos -que, como todos los que se mueven alrededor del éxito, eran intuitivos- se evitaba ser arrastrado por alguien proclive a padecer una caída vertical. La única persona en la que confiaba era su amigo Oriol Martí. Creía en él no sólo por amistad sino por la decisiva ayuda que le había proporcionado en sus inicios como empresario de la construcción.
Júlia le pidió reunirse y Oriol la citó en su loft de la avenida del Puerto. Le pareció excitada, dispuesta a cualquier cosa; a amenazar al Front en vez de negociar. Oriol la escuchó; en realidad dejó que aliviara tensiones. Entonces le dijo que en su estado era difícil reflexionar, que la presión que estaba sufriendo la imposibilitaba para negociar, ya que era evidente que necesitaba resultados inmediatos. Oriol dejó que su desesperación acabara madurando hasta obtener la pregunta que esperaba: ¿qué puedo hacer? No se lo pidió directamente, pero era obvio que le estaba rogando que intercediera si veía algún modo de hacerlo.
Oriol se ofreció, si ella estaba de acuerdo, a hablar personalmente con Francesc Petit. Casualmente, añadió, el Front se había dirigido a él para que le buscara una nueva sede. De modo que, con aquel pretexto, convocaría hoy mismo una reunión con el secretario general y por la noche se volverían a ver en su casa.
Por la noche, después de cenar, Júlia volvió a casa de Oriol. Oriol no había hablado con Petit. Conocía a la perfección todos los pasos que estaba dando el secretario general y no le hacía falta entrevistarse con él. Ya lo había hecho.
– Tengo buenas noticias que darte.
Con aquellas palabras la recibió Oriol de nuevo en su casa. Ella le dio un fuerte abrazo. Era de esa clase de personas que pueden ser muy agradecidas mientras todo funcione a su gusto, pero de muy mal trato si la realidad se muestra contraria a sus intereses.
– Como mínimo -añadió Oriol- tienes una puerta abierta para intentar resolverlo.
Pasaron a una especie de salón muy amplio. Júlia no quiso tomar nada. Se sentó en el sofá. Oriol se sirvió un poco de whisky.
– ¿Has tenido que ceder personalmente en algo?
Oriol recibió aquella pregunta, pese a esperarla al final de su diálogo, con satisfacción disimulada pero humildad manifiesta.
– No te preocupes. También yo te debo mucho. -Se sentó. Bebió algo de whisky-. La clave está en Lloris. -Antes de que Júlia respondiera, ya que el empresario siempre había sido una figura de mal agüero para ella, Oriol se lo impidió con un gesto-. Ya te he dicho que tienes una puerta abierta. No es más que eso, pero es una salida. Pero antes de decir nada necesito que me garantices que Petit nunca sabrá que te lo he contado.
– Tienes mi palabra.
No era mucho, pero tampoco esperaba más.
– Cualquier indiscreción lo estropearía todo. En el fondo, la perjudicada serías tú. -Quizá se acababa de asegurar la discreción que necesitaba-. También Petit sufre mucha presión.
– Lo sé, por la contestación interna.
– Tiene otra contestación peor: Lloris quiere que le devuelva el favor de los cuatrocientos millones de pesetas.
– ¿Lo ves? Te lo dije. Sabía que más tarde o más temprano Lloris les reclamaría el favor.
– El problema es que no quiere cualquier cosa. Pretende que lo conviertan en alcalde de Valencia.
– Eso es imposible.
– Más que imposible, pero él está decidido. Cree que si el Front ha sido indispensable para formar el Govern de la Generalitat también lo será en el Ayuntamiento.
– Las bases del Front jamás tolerarían a un candidato como Lloris.
– Ése es el gran problema de Petit. Y ahí es donde puedes ayudarle.
– No veo cómo.
– Petit quiere convencerlo para que sea candidato a presidente del Valencia. -De nuevo Júlia intentó interrumpirle-. Espera un momento. Ya sé que, al igual que a Petit, te asusta que Lloris ocupe cualquier cargo de prestigio, pero de entrada es un mal menor tanto para ti como para él. Para él, porque se evita un grave problema en el partido; para ti porque puedes forzarlo a un acuerdo.
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