– Gran jugador -afirmó el catalán-. Pero debería ponerse un poco al día. Los periodistas le harán un montón de preguntas. Tenemos que proporcionarle un carnet de socio. Pero no se preocupe. Mi ayudante, valenciano como ustedes, ya tiene la fórmula para arreglarlo.
– ¿Cuánto me costará?
– ¿La fórmula?
– El ayudante.
– Nada. Piense que tanto el señor Petit como yo mismo seremos una especie de asesores para usted. Pondremos toda nuestra infraestructura a su servicio.
¿En mi cerebro? ¿Es que no tengo bastante?, pensó Lloris. [3]
– Bueno… -intervino Petit-, yo prefiero permanecer al margen de todo esto. Es lo más aconsejable dada mi situación política.
– Tiene razón. -Quitarse a un político de encima también resultaba de lo más aconsejable, sobre todo para Curull-. ¿No está de acuerdo; señor Lloris?
– Me parece bien.
– Le facilitaremos un carnet de socio con quince o veinte años de antigüedad. Se excusará diciendo que no iba a Mestalla porque estaba insatisfecho con la forma de hacer las cosas de los dirigentes y con el equipo.
– Un momento, no exageremos -interrumpió Petit-. Que yo sepa, en los últimos años el Valencia ha ganado una Copa del Rey, una Liga y dos subcampeonatos de Europa.
– Los subcampeonatos no se ganan, se pierden.
– Ése es el problema -exclamó con autoridad Lloris-, que en Europa fracasan.
– Muy bien, señor Lloris. En casi noventa años de historia el Valencia no ha ganado ni una Copa de Europa.
– El Barça es más antiguo y sólo tiene una -replicó Petit.
– Estamos hablando del Valencia -dijo Curull-. El señor Lloris debe basar su campaña en hacer del Valencia un referente en Europa. Al subcampeón no lo conoce nadie.
– ¿Tengo que hacer campaña?
– Y tanto. Mi ayudante está preparándolo todo. Peña a peña, empezando por la coordinadora. Allí tenemos a un personaje clave, un tal Rafael Puren, que será su hombre de confianza.
(A propósito de Puren, en aquel mismo instante, cuando eran casi las doce de la noche, sentado en su cama -mientras esperaba que su mujer volviera del bingo Jaime Primero, en la Gran Vía Fernando el Católico-, descansaba plácidamente tras haber prendido fuego a cinco contenedores del distrito de Abastos: uno en la calle Calixto III, dos en la de Juan Llorens y dos más en la de San José de la Montaña. En apenas veinte minutos. No resulta nada fácil hacer algo así con tanta rapidez y eficacia. Intentadlo vosotros. Los bomberos tardaron media hora en apagarlos. Al día siguiente, la Delegación del Gobierno no emitiría ningún comunicado de prensa en absoluto. No había que alarmar a los ciudadanos por cinco contenedores.)
– ¿Quién es? -quiso saber Lloris.
– Un aficionado entregado sin horas al Valencia. Ya quedan muy pocos como él.
– ¿Cuánto me costará?
– El tipo es gratis -lo tranquilizó Curull.
– A mí los asesores siempre me han costado un ojo de la cara.
– De éste nos encargamos nosotros. Pero tendrá que llevárselo con usted al consejo de administración. Necesita a un hombre de confianza. Que el club lo libere.
A Lloris, poco acostumbrado a comprar barato, tanta oferta le estaba empezando a mosquear.
– Usted necesita asesores. Rafael Puren es el hombre más importante de la coordinadora de peñas. Por otra parte, mi ayudante Toni Hoyos…
– Un momento -interrumpió Petit.
– ¿Qué pasa?
– Toni Hoyos no puede asesorarlo.
– ¿Por qué?
– Pues… lleva muchos años viviendo en Senegal. Está desconectado de la realidad del Valencia.
– Haremos que lo asesore en otros aspectos.
– En la sombra -dijo Petit-, que se mantenga en la sombra. El señor Lloris debe disponer de asesores que conozcan el club.
– Mirad, cuantos menos asesores mejor. No hacen más que marear la perdiz.
– Estoy de acuerdo -aprobó Petit-. Además, el tal Puren, por el cargo que ocupa, será una auténtica enciclopedia. Ya no le hacen falta más.
– Hoy ya no me hace falta nada más -dijo Lloris levantándose, mirando su reloj con cara de sueño-. Mañana seguiremos hablando.
– Señor Lloris, aún falta lo de Bouba.
– Necesito estar despierto para ese negocio. He tenido un día muy duro. Lo aplazamos para mañana por la mañana. Por cierto, ¿ha venido en taxi?
– Sí.
– Me gustaría mucho llevarle al hotel. ¿Dónde está?
– En la plaza del Ayuntamiento.
– Me viene bien.
Lloris se despidió de un estupefacto Petit, que no pudo ni reaccionar ante la terminante decisión del empresario de marcharse, y se dirigió a la puerta. Antes de que Curull fuera tras él, el secretario general le dedicó unos gestos visibles con dos dedos: recordó la comisión. Curull asintió en silencio. En el rellano del apartamento, Lloris se dirigió a Petit.
– Para esta operación necesitaré un crédito de Bancam. O mejor dos: uno para mí, para comprar el paquete de acciones, y otro para el club. -Miró a Curull-. El fichaje de Bouba tendrá que hacerse ya, ¿no?
– Por supuesto, ya tenemos la asamblea encima. Bouba será su golpe de efecto.
– No puedo conseguir un crédito hasta que no seas presidente -le advirtió Petit.
– Yo pagaré el jugador, pero luego tendrá que quedárselo el club.
– Son dos créditos considerables.
– Tú sabrás cómo hacerlo.
Lloris abrió la puerta del ascensor. Curull también entró. Ambos bajaron. Con ellos, pensó Petit, quizá también se iba la futura sede.
Sentado cómodamente en el Jaguar de Lloris, Curull se dio cuenta de repente de que al empresario se le había pasado el sueño. Lloris lo llevó al pub Boss. En la barra y en animada conversación (el catalán le contó su estancia en Guinea), se bebieron dos cubalibres de ron. Lloris le escuchaba encantado: me identifico con los hombres que, al igual que yo, han tenido una vida muy dura. Entonces Curull siguió explicándosela con entusiasmo. Como la música del pub estaba un poco alta y la gente, bailando, los empujaba, decidieron marcharse a Ánimas, donde sólo consumieron un gin-tonic, ya que la clientela también empezaba a fastidiarlos y el humo espeso del local molestaba a Curull. De allí, a propuesta de Lloris (Curull, tambaleándose, prefería irse al hotel, pero Lloris le confesó que se encontraba muy a gusto con él), se fueron hacia la discoteca Indiana, a aquellas horas todavía con una afluencia aceptable. En la barra de la sala de salsa se tomaron un par de whiskies, al lado de dos rusas de sugerente mirada.
– Putas -le aclaró Lloris-. ¿Te gustan?
– No, no… oiga… yo es que no uso.
– Bien hecho.
– Suelen traer problemas.
– Todas suelen traer problemas. Pero si te apetece te envío una al hotel. Discreción absoluta.
– No, no. Muy agradecido. Déjelo estar.
– ¿Otro whiskyto? -Antes de que Curull respondiera arrastrando las palabras, ya lo tenía delante.
– Amigo… voy un poco ciego.
– De modo que Bouba será mi golpe de efecto.
– Un crack, señor Lloris. ¿Se acuerda de Cruyff?
– De vista.
– Pues, en el terreno de juego, el holandés iría a traerle los carajillos.
– Pero será muy caro.
– Hombre… caro, caro… depende. Tiene diecinueve años, es el máximo goleador de la selección senegalesa. Una estrella. Si usted se presenta a la asamblea con un contrato firmado por Bouba, tenga por seguro que ganará.
El codo de Curull resbaló barra abajo. Lloris le ayudó a incorporarse.
– Sí que debe de ser caro, Bouba.
– ¿Qué considera usted caro?
– Aún no me lo has dicho.
– Mire, vayamos al grano. -Curull apuró el whisky. Lloris le volvió a pedir otro-. En pesetas, ocho mil millones.
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