– Cuéntame.
– Es que…
– Prometido.
Puren se relajó. Estaba ansioso por contárselo todo, por conquistar, si no su amistad, al menos su condescendencia.
– El intermediario vino a buscarme al trabajo. Me dijo que le había gustado mucho mi intervención en la coordinadora durante la cena de homenaje a Albelda que organizamos. Nos tomamos un café. Me aseguró que una de las claves para que Bouba fichara por el Valencia era que las peñas reclamáramos presionando a la directiva.
– ¿Cuándo lo haréis?
– Estoy esperando a que me lo diga.
– ¿Qué te ha prometido a cambio?
Puren parecía sumido en las dudas. Ignoraba dónde encontrar el límite de la moderación.
– ¿Te ha ofrecido una comisión?
– No, nada de dinero. No lo aceptaría. Por Dios, señor Guillem, ¿con quién cree que está usted hablando?
Sin comentarios por parte del señor Guillem.
– Para mí, el que Bouba fichara por nuestro club ya sería un pago más que suficiente.
– Seguro que para Hoyos también. ¿Cómo organizarás la presión?
– En la asamblea.
– Con vuestras acciones no basta.
– No con las de las peñas y la agrupación de pequeños accionistas. Pero si la directiva no ficha a Bouba, además del escándalo mediático y de la presión popular, su intermediario se pondrá en contacto con el mayor accionista, Lluís Sintes, para ofrecerle al jugador.
– O sea que los pequeños accionistas y vosotros apoyaríais a Sintes.
– Sí, y muy probablemente todos los accionistas que carecen de acciones sindicadas y a lo mejor otros que, sin ser fuertes, por el fichaje de Bouba se las cederían al candidato.
– Claro, con Bouba el valor de las acciones sería mayor. Buena estrategia.
– Haremos lo que sea para que venga Bouba.
– Y tú harás cualquier cosa para que yo esté al corriente de todo lo que ocurra antes que nadie. Es el precio de mi silencio.
– Como usted es un hombre de palabra, acepto.
– Aceptas porque no tienes más remedio. Coge un taxi.
* * *
Antes de que Francesc Petit se reuniera con Júlia Aleixandre -entre otras cosas para pedirle que intercediera ante Lluís Sintes, principal accionista del Valencia, a fin de que éste vendiera su paquete de acciones-, Lloris y Sintes se vieron a propuesta del futuro candidato a la presidencia del club. Fue una primera y última cita, un primero y último encuentro entre dos personas, dos empresarios, que sólo se conocían por referencias. Pese a todo, Lloris prefirió negociar personalmente (cuantos menos favores se deban a los políticos, mejor). Entre los dos empresarios de la construcción existía una diferencia fundamental. Sintes pertenecía a la Cámara de Promotores, la asociación de la patronal que más favores recibía de la administración, y Lloris estaba en contra de ella, porque jamás le habían hecho ningún favor. Pero ambos querían presidir el Valencia. De modo que Lloris, con la resolución y la contundencia que singularizaban su trayectoria en los negocios, fue al grano: ahora no serás presidente, porque para serlo necesitarías la ayuda de la coordinadora de peñas, la de la agrupación de pequeños accionistas y un fichaje estrella, que a lo mejor podrías pagar, pero sólo con un crédito que te sería muy difícil obtener. Elevarías tu riesgo crediticio a niveles difíciles de tolerar. Entonces, y para evitar que el orgullo de Sintes le hiciera encerrarse en su tozudez, Lloris le hizo una propuesta: tú me vendes el paquete de acciones y yo, a cambio, te venderé unos terrenos de los que sacarás una buena plusvalía, tanto por venderlos como si pretendes edificar en ellos. Es más: en documento firmado me comprometo, cuando deje la presidencia, a revenderte las acciones al mismo precio al que te las compre. Pero, claro, añadió Lloris con seguridad insultante, con ese gesto que disipa cualquier vacilación, eso debería tener una contrapartida. Tendrías que devolverme el solar al mismo precio al que te lo vendí. ¿Y si he edificado en él? Entonces su valor en pisos y plantas bajas.
En cualquier caso, Sintes hacía un gran negocio. Las acciones le habían costado nueve mil pesetas cada una y se las vendería a Lloris a un precio entre las veinticinco y las treinta mil. Además tendría la oportunidad de recuperarlas al mismo precio si, pasado el tiempo, aún aspirara a la presidencia del club. Lloris tenía razón en que lo de fichar a una estrella le supondría un auténtico riesgo empresarial dado el volumen de construcción que promovía. Un riesgo al que cabía añadir una pequeña crisis de demanda en el gremio. Sintes pidió tiempo; Lloris no se lo concedió. Una oferta tan clara y beneficiosa no requería ni cinco minutos de reflexión. La operación debía hacerse ya, porque si alguien la necesitaba con urgencia era Lloris, con el objeto de prepararse para afrontar la asamblea con garantías.
En el despacho de Lluís Sintes, en Cronista Carreres, calle tradicionalmente dedicada a los negocios empresariales, el mayor accionista del Valencia se tomó un tiempo in situ. Para distender la reunión, Lloris le ofreció un puro H. Upmann de tamaño Churchill. Entendió que debía concederle un receso teniendo en cuenta la suma -tres o cuatro mil millones de pesetas, no lo había calculado aún- y las renuncias que había en juego. Entonces Sintes se ausentó durante unos minutos. Quería llamar por teléfono y prefirió hacerlo en otro despacho. Lloris esperó fumando, plácido, observando el hormigueo de coches y de gente que pululaba por la plaza de la Puerta del Mar. El candidato socialista al Ayuntamiento de Valencia había prometido acabar con el colapso de tráfico si llegaba a la alcaldía. El alcalde actual, con más de una década en el cargo, también lo había prometido. Lloris se preguntó cómo se las arreglaría él para solucionar el problema si fuera responsabilidad suya. En el otro despacho, Sintes consideraba la oferta. El dinero de la venta de sus acciones le vendría bien para liberar una parte de los créditos que, con el pequeño revés que sufría el gremio, estaban resultando perjudiciales para sus sociedades. La posibilidad de un buen solar y el hecho de que, pasados unos años, pudiera aspirar de nuevo a la presidencia del club acabaron decantando la balanza. Lloris le ayudaría a ser el mejor situado cuando dejara el club. Al día siguiente firmaron el acuerdo.
El mismo día, Toni Hoyos presentó a Rafael Puren ante Celdoni Curull. El hecho de que éste fuera catalán, y presumiblemente del Barça, pero que con entusiasmo propiciara el fichaje de Bouba por el Valencia, pese al interés -Curull y Hoyos se encargaron de insistir en ello- de clubes tan importantes y emblemáticos como el Bayern, el Inter y el Milan -también el Madrid, aunque en los camerinos de su estadio no cupiese ni una estrella más-, fue algo muy del agrado de Puren. Con gran pompa Curull anunció al influyente tesorero de la coordinadora de peñas que el fichaje de la perla senegalesa ya era una realidad. Puren sintió una enorme emoción, como si fuera testigo excepcional de un momento que iba a cambiar el curso de la historia. Hoyos abrió una botella de Juvé i Camps. Brindaron. Pero Curull tenía algo que decir.
Falta lo más importante, señor Puren. Tenga en cuenta que todo se puede ir al traste si nuestro hombre, el que ha traído a Bouba, no resulta elegido el día de la asamblea. ¿Quién es ese hombre?, preguntó Puren. Supongo que puedo confiar en usted. Por supuesto, Curull, casi se indignó Hoyos: doy la cara por él. Puren se sentía conmovido; Curull no tanto: el tercer valenciano que había conocido, el tercer hombre, lo había metido primero en un fraude de dos mil quinientos millones de pesetas y luego en una cama de hotel con dos putas que, por dormir con él, le habían cobrado ciento cincuenta mil. No llegó a decirlo, pero no pudo evitar pensarlo aunque era consciente de que no se podía generalizar ninguna conducta, cosa que demostraba Toni Hoyos, también valenciano, como ejemplo de rectitud. Nuestro hombre es un gran valencianista en todos los aspectos -social, político y deportivo-, un gran empresario llamado Joan Lloris. Juan, rectificó Hoyos. Mejor «Juan», ratificó Puren en previsión de que la candidatura se politizara por una cuestión de nombres. Pues Juan, admitió el catalanismo pragmático de Curull. Puren, le estamos pidiendo una labor de responsabilidad considerable y primordial para que todo funcione. Le escucho, señor Curull. Hace unos años -ahora no recuerdo exactamente cuántos-, Juan Lloris, frustrado por la mala administración del club y la falta de planificación deportiva, hizo trizas su carnet de socio. Oiga, tengo que confesarle que a mí me pasó lo mismo con el Barça. Es algo muy humano. ¿Entonces el señor Lloris no es socio?, preguntó Puren con extrañeza. De corazón sí, pero digamos que le falta el trámite burocrático, del que se ocupará usted. ¿Cómo? Muy sencillo: ¿cuántos peñistas han muerto en los últimos años? Una burrada, casi todos por infarto. Pues bien, usted cogerá uno de esos carnets -que sea de un socio de tribuna y con antigüedad- y lo pondrá a nombre del señor Lloris. Puren, intervino Hoyos, si en este país nuestro ha votado más de un muerto, que un muerto no sea obstáculo para cumplir nuestro sueño de valencianistas. Un muerto nunca ha sido un problema. Me alegra que se muestre tan decidido, señor Puren. Usted será un hombre importante en esta operación, le soltó Curull apelando a su dependencia patológica del Valencia (todo en él era casi patológico).
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