Ferran Torrent - Especies Protegidas

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Juan Lloris, un constructor que intentó convertirse en personaje social sin conseguirlo, no está dispuesto a rendirse. Para empezar, se va a cobrar los favores que le debe el secretario general de un partido minoritario decisivo para formar gobierno. Y va a contar con ayudas como la de un agente de la FIFA y su colaborador de pasado inconfesable, el crack destinado a salvar al club local, un peculiar responsable político de finanzas, un veterano periodista deportivo, un pirómano presidente de peñas futbolísticas… y una alegre cubana que, al lado de Lloris, presencia su formidable ascenso desde la marginación social hasta la presidencia de un club de primera división… y de ahí a cualquier otro puesto que tenga en su punto de mira.

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– ¿De verdad estaban tan interesados?

– Interesados, interesados… Preguntaron por él. Ya sabes cómo funciona el gremio. Si tienes una estrella africana y no la publicitas…

Tres millones menos que quizá estuvieran en el bolsillo de algún periodista.

El panel anunció la llegada de un vuelo procedente de Madrid. Cèlia y Chilet, siempre alerta, se dieron prisa en acabar los bocadillos.

– Bien -suspiró Curull-, a ver si esta vez tenemos suerte.

– Toquemos madera.

Se bebieron las cervezas. Curull pagó las consumiciones y dio unos golpecillos con dos dedos sobre la barra. Enseguida se situaron junto a la puerta de salida de los viajeros. Cèlia y Chilet tomaron posiciones unos metros por detrás de ellos.

Bouba fue el último en salir. Con un sombrero oscuro de ala ancha, gafas ovoides de un verde apagado y un abrigo de piel a manchas blancas y negras bastante indiscreto. Llevaba pantalones vaqueros y botas blancas acabadas en punta. Con cara de pocos amigos, Curull le preguntó el porqué de su retraso. Había perdido dos enlaces por culpa de la demora del avión de la compañía senegalesa. Le ordenó que se quitara el abrigo. Hoyos cogió sus maletas. Cèlia se acercó decidida con la grabadora.

– Señor Bouba, ¿cuál es su primera impresión?

El jugador se sorprendió. Curull se cabreó. Cèlia insistió en preguntar con tanto afán que casi le introdujo la grabadora en la boca.

– Anunciaremos una rueda de prensa -dijo Curull apartando de un manotazo el aparato.

Chilet empezó a fotografiarle.

– ¡Oiga…!

Entonces Hoyos se fue a toda pastilla.

– ¿Se alegra de haber fichado por el Valencia? -otra vez con el aparato en la boca.

– No digas nada -aconsejó Curull a Bouba. De inmediato dispuso el abrigo de forma que le tapase la cara y, cogiéndole enérgicamente de un brazo, le condujo hacia la puerta de salida mientras Cèlia lo interrogaba y Chilet lo fotografiaba. La gente miraba todo aquello entre curiosa y expectante.

– Señor Bouba, sólo una frase, por favor.

– No hay ninguna frase. No hay declaraciones. Ya le he dicho que convocaremos una rueda de prensa.

– Valencia gana Champions -dijo el jugador quitándose de encima el suntuoso abrigo, sonriendo y con dos dedos formando el signo de la victoria. Lo dijo en el valenciano que Hoyos le había enseñado, un cursillo elemental pero productivo.

Curull se quedó estupefacto y satisfecho por la respuesta. Cèlia no desaprovechó la ocasión. Le preguntó en francés:

– ¿Qué cifra de goles promete?

– En la liga senegalesa marqué cuarenta. En el Valencia marcaré más.

– ¿En qué demarcación le gustaría jugar?

– Señorita, ya está bien. Ya tiene la frase que quería.

– Una más y me voy.

Hoyos se acercó con el coche. Curull metió a Bouba casi con calzador en el asiento de atrás. Chilet se puso delante del coche para seguir haciéndole fotografías. Hoyos se agachó huyendo de la inmortalidad gráfica.

– ¡Arranca! -ordenó Curull, pero el fotógrafo no se movía.

El jugador sonreía y mantenía el signo de la victoria. Cèlia le indicó con un gesto que bajara la ventanilla. Bouba lo hizo, sacó un brazo que llevó hasta la nuca de la periodista y, acercándosela a la cara, la besó en los labios.

– ¡Arranca, coño!

Hoyos dio marcha atrás, desvió el coche hacia la izquierda y esquivó al periodista gráfico.

– ¿Has cogido el beso? -preguntó Cèlia a Chilet.

– Sí. Lo tengo todo.

– Me lo voy a enmarcar -dijo embobada, todavía envuelta en el hálito de Ndiane.

Quizá Bouba fuera inseguro en público, pero por el beso que le había dado no tenía nada de indeciso en privado.

– ¡ Cagondena, se pegan como una lapa! ¿Cómo se habrán enterado?

– A saber, están por todas partes -dijo Hoyos.

– Y tú, Ndiane, nada de prometer goles. A ver si de una puta vez nos olvidamos de los tópicos. Cuarenta goles no los ha marcado aquí ni Romario. ¿Y por qué coño has besado a la chica? ¡Una excelente imagen, nada más llegar! Compórtate como un profesional. Has costado muchos millones.

– ¿Cuánto cobraré?

– Aún no has hecho nada y ya estás pensando en cobrar.

– Quiero cobrar lo mismo que Ronaldo. Yo soy el Ronaldo del Valencia.

– Ronaldo cojea. Y tú, de momento, eres una incógnita.

– Quiero un buen contrato. Aimar y Kily González cobran mucho. Quiero cobrar más.

– Ya empezamos con los agravios comparativos.

– Quiero chalet, coche de lujo y billetes de avión para visitar a la familia.

– Deberías traer a tu familia aquí -le aconsejó Hoyos.

– De eso nada, que son un batallón. Ndiane, tú tranquilo. Yo te arreglo un buen contrato de por vida.

– Quiero comisión por el traspaso.

Hoyos, en valenciano:

– Pregúntale si quiere que se la chupemos todos los días.

Cagondena, estos africanos sólo piensan en el dinero. -Volvió a pasarse al francés-: Oye, Ndiane, tienes que centrarte en tu trabajo, entrenarte a tope, dar la imagen de que eres un chaval serio. ¿Entendido? Aprovecha que aquí tienes un sueldo para toda la vida. Ahora vamos a ver al señor que te ha traído. Un señor muy simpático. Se llama Juan Lloris. Tienes que ser amable con él. Ha pagado mucho dinero por ti.

– Si el contrato es bueno, yo marco cuarenta goles.

– No prometas nada, coño, que luego te lo reprocharán. Tienes que dar una imagen rigurosa y profesional. La imagen de un chaval loco por el fútbol y al que le da igual el contrato. Aquí la gente es muy exigente. Ficharás por uno de los mejores clubes de Europa.

– El club es rico y quiero cobrar como una estrella.

– ¡Dios mío, no hay manera! A ver, ¿cuánto quieres cobrar?

– Más que Kily y Aimar.

– ¡De acuerdo, muy bien, estoy hasta los huevos! Cobrarás más que ellos.

– Una parte en negro.

Otro que pensaba en la «punta».

– En negro, en blanco, en rojo… como quieras. Pero ten en cuenta una cosa: el fichaje aún no se ha llevado a cabo.

– Si no me pagan la mitad en negro ficharé por el Milán, el Inter o el Bayern.

– Ya es hora de que sepas que jamás ha habido ningún interés serio por parte de esos clubes. Sólo preguntaron por ti. Sólo con el Valencia tenemos la posibilidad del traspaso. Hay crisis económica en el fútbol. Traspasarte por el precio al que lo haremos es un milagro. Métete en la cabeza que si no te quedas aquí lo tenemos muy mal. Tendríamos que rebajar muchísimo la cantidad.

– Si no rebajaré los goles, ¿por qué tengo que rebajar el contrato? Marcaré cuarenta.

– Pero en el campo, no con la lengua. Cobrarás veinte veces más que en Senegal.

– Una barbaridad -añadió Hoyos.

Pero a Bouba no le salían las cuentas.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Hoyos.

– Al coto del señor Lloris.

– No sé cómo ir hasta allí.

– Nos espera en la entrada de un pueblo llamado Sueca.

* * *

La idea de Santiago Guillem de mantener oculta la exclusiva de la llegada de Bouba, por lo menos hasta última hora de la tarde, no fue posible. Exceptuando al director, a Cèlia, a Chilet y a él mismo, no había nadie que lo supiera. Quería llevarlo con la máxima discreción para evitar filtraciones que, intencionadas o no, pudieran ser aprovechadas por alguna emisora de radio que, si daba de inmediato la noticia, echaría a perder cualquier esfuerzo. Pero también hubo un motivo profesional interno: no quería que el redactor jefe de deportes se llevara un mérito que, desde el punto de vista de Guillem, no merecía por inepto. Lo llevó todo con tanto sigilo que hasta el director, haciéndole caso, ocultó la exclusiva al consejo de redacción pese a que la noticia, al día siguiente, ocuparía gran parte de la portada. Pero un descuido de Chilet permitió que el redactor jefe se enterara, de modo que, buscando a otro colaborador gráfico, entró en el laboratorio. Molesto, muy enfadado, fue al despacho del director y esparció las fotos por encima de su mesa.

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