Ferran Torrent - Especies Protegidas

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Juan Lloris, un constructor que intentó convertirse en personaje social sin conseguirlo, no está dispuesto a rendirse. Para empezar, se va a cobrar los favores que le debe el secretario general de un partido minoritario decisivo para formar gobierno. Y va a contar con ayudas como la de un agente de la FIFA y su colaborador de pasado inconfesable, el crack destinado a salvar al club local, un peculiar responsable político de finanzas, un veterano periodista deportivo, un pirómano presidente de peñas futbolísticas… y una alegre cubana que, al lado de Lloris, presencia su formidable ascenso desde la marginación social hasta la presidencia de un club de primera división… y de ahí a cualquier otro puesto que tenga en su punto de mira.

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– Supongo que lo sabías -le dijo.

– Pues claro que lo sabía.

– ¿Y por qué no me lo has dicho?

– ¿Cómo querías que pensara que Guillem no te lo había dicho?

– Todo esto es una falta de respeto que no pienso tolerar. Te presento mi dimisión. Que sea otro el que se haga cargo de la sección. Te pido que me traslades a cultura, a política o a donde quieras. Me da igual, pero no quiero estar ni un minuto más en deportes.

Salió del despacho.

El director soltó un gran suspiro. No podía decirle que se había visto obligado a callar. Llamó a Santiago Guillem.

Camino del despacho, Guillem ya sabía de qué se trataba. Se cruzó con el redactor jefe. Su cara, el hecho de que ni siquiera lo mirara, lo puso en guardia sobre el problema. Un problema que no se iba a quitar de encima fácilmente.

– ¿Ha dimitido? -dijo Guillem al entrar.

– Sí. He tenido que mentirle. Tienes que arreglarlo, Guillem.

– No pienso pedirle disculpas.

– Pues tendrás que hacerlo.

– Tampoco lo sabía el consejo de redacción.

– Puedo explicarlo como medida cautelar, pero que no lo sepa el jefe de sección…

– Siempre lo he hecho así, incluso antes de que él fuera el jefe. Y lo sabes.

– Ahora no es como antes. Tú te vas y él se queda. No me dejes con este marrón. Cuéntale que querías decírselo a última hora. No te lo pido, te lo exijo.

Guillem se quedó pensativo. Luego miró las fotos. Las fue recogiendo con desgana.

– Lo haré por ti.

– Hazlo ya.

El redactor jefe ordenaba su mesa, como si estuviera a punto de marcharse. Hizo caso omiso de la presencia de Guillem.

– Oye -Guillem jamás pronunciaba su nombre-, somos muchos los que estamos aquí trabajando. Teníamos que guardar silencio sobre ello.

– ¿Y qué pinto yo? ¿Una mierda?

Con gusto se lo habría confirmado.

– Pensaba decírtelo a última hora.

– ¿Para que no pudiera decidir nada?

– La exclusiva es mía y quería hacerlo a mi manera. Entiendo que debía decírtelo con algo de antelación, pero para hacerlo prefería esperar a que la redacción se quedara vacía. Hay redactores que participan en tertulias radiofónicas y que, además, están locos por significarse. Puedes imaginarte que ni queriendo hacerlo podía dejarte fuera de esto. Es obvio que no tenemos una buena relación, pero eso está al margen de lo profesional. Mira, el texto ya está terminado. Lo firma Cèlia. Repásalo y elijamos las fotos. Elígelas tú. Pero no hagamos de todo esto un drama y pensemos en la exclusiva que vamos a publicar mañana.

El redactor jefe se calmó un poco. Pensó que la gran exclusiva, de puertas afuera, se le atribuiría en gran medida. Se tomó un poco de tiempo mientras ordenaba con dejadez algunos teletipos de agencia. Luego se sentó y puso en marcha el ordenador.

– Déjame las fotos.

Guillem prácticamente las tiró sobre la mesa.

– Publica las que quieras. Yo ya he hecho mi trabajo.

* * *

Horas antes, en la entrada de Sueca, Juan Lloris había conocido personalmente al hombre que con un mínimo esfuerzo le proporcionaría dos mil quinientos millones de pesetas de beneficios para la caja B. Sus planes económicos eran mucho más ambiciosos. Quizá por eso, al verlo en persona, se quedó un poco decepcionado, sobre todo por su calzado y por la vestimenta en general. Le parecía curioso, y extraño a la vez, que un negro con aquella pinta fuera el elemento primordial de un gran negocio. Así pues, le abrazó efusivamente y, mirándolo a la cara, con rostro serio de cita ineludible con la gloria, le dijo: Yo seré para ti como un padre. Hoyos tradujo a Bouba la ferviente declaración de intenciones. El francés de vendimia de Lloris llevaba mucho tiempo oxidado. Del coche del ex constructor, también para abrazar al crack -aunque con calidez tropical-, bajó Claudia, que la noche anterior y no sin discusiones había exigido a Lloris estar presente en tan histórico acontecimiento. Se presentó como su compañera y con respeto fue saludada por Curull -«A sus pies, señora»-, siempre tan amable y educado, por Hoyos y por Bouba, que vio en ella no sólo a una madre sino a una mulata que pensaba tirarse al primer descuido del padre putativo.

En la casa del coto, Maria preparó las habitaciones de los invitados y una gran mesa bajo un sauce. Los entrantes y la paella entusiasmaron a Bouba. Después de tomar café, Juan Lloris, junto al excepcional guía que era el tío Granero, les dio un paseo en barca. Lloris había dejado a Claudia con Maria en la cocina, recordándole que sus obligaciones no se limitaban a lo que podríamos llamar aspectos lúdicos.

Aunque no era temporada de caza, Lloris cogió su escopeta Scott de cuatro millones de pesetas, comprada en la casa Pourcey de Londres, que causó gran sensación entre sus invitados. El tío Granero, traducido simultáneamente por Hoyos con las matizaciones pertinentes de Curull, explicaba, siempre mirando a Bouba, las características de la fauna y flora del lago de la Albufera -el Ayuntamiento había pedido doce hectómetros cúbicos de agua a los regantes del Turia, pero éstos no se los darían hasta que no lloviera y tuvieran de sobra-, la producción del arroz y las aves que poblaban el coto, ahora tranquilas hasta que se levantara la veda en octubre.

Bouba admiraba maravillado un espacio natural que le recordaba lugares de su país. Toni Hoyos era el que más se aburría; Celdoni Curull, el que más inquieto se mostraba. Tres veces comentó a Lloris el asunto pendiente del contrato -por lo menos un borrador-, y tres veces obtuvo la misma respuesta: «Ahora no.»

Aquél era un día de los que hacían feliz a Lloris: cuando enseñaba sus posesiones. Estaba tan orgulloso del coto que nadie se libraba de visitarlo, quisiera o no. Granero, sabedor del deseo del señorito, iba señalando aquí y allá y explicando con afán didáctico qué eran los collverds, las garzas reales, las coes de jun ç , los bragats, los morells, los boixos, las tencas, las llises, los ullals repletos de agua -gracias a las frecuentes lluvias del año pasado-, la plant à y la recogida del arroz… Todo un documental completísimo de uno de los pocos espacios naturales que quedaban en el país. Como colofón, poco antes de llegar a la casa del coto y a petición del señorito, Granero intentó improvisar un par de versos en honor al crack senegalés. Detuvo la barca junto a un margen del canal. Entonces dibujó un gesto que evocaba un pulcro y riguroso esfuerzo de creación. Permaneció así durante más de un minuto. Cuando alcanzó el clímax anhelado se dirigió a Bouba y recitó declamando:

Negre com un furó,

e strella que ens illuminar à s,

s igues un home i porta'ns,

l a gl ò ria del campió. [4]

Ni Curull ni Hoyos consiguieron una traducción al francés que le hiciera justicia. No obstante, todo el mundo aplaudió la intervención.

– Qué bueno es el tío -dijo Lloris satisfecho.

– Muy bueno, muy bueno -corroboró Curull.

– Granero, recítanos aquella de la cabra…

– Oiga, señor Lloris, dejémonos de versos y vayamos al grano. Hay que convocar una rueda de prensa. Tenga en cuenta que mañana la noticia saldrá en los periódicos y algo tendremos que decir.

– Si llego a saber que había prensa hubiera ido al aeropuerto.

– Antes de salir en los papeles tenemos que preparar un principio de acuerdo.

– Ya lo firmamos.

– Hombre…, aquello era un papelito.

– Aquí los papelitos son legales.

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