– ¿Cómo se llamaba? -dice de pronto Isidora.
La casa queda en silencio. No se oye ni el roce de las ropas.
– Fulgencio -dice Marcelo.
– ¿Qué más? -dice Isidora.
– Ferreiro -dice el amigo de Marcelo. Creo que es la primera vez que le oigo hablar.
– ¿Estaba casado? -dice Isidora.
– Sí -dice el amigo de Marcelo.
– ¿Tenía hijos? -dice Isidora.
– Sí -dice el amigo de Marcelo.
– ¿Cuántos? -dice Isidora.
– Cinco -dice el amigo de Marcelo.
– Pero aquí estaba solo -dice Marcelo-. Su gente está en Pontevedra. Hacía poco gasto en el almacén para mandarles más dinero.
– Y le aplastó una vagoneta -dice Isidora.
Otro silencio. El viejo se santigua.
– Dios lo ha querido así -dice.
– ¡Lo han querido los patronos! -dice Isidora.
– No se mueve una sola paja en el mundo sin el permiso de Dios -dice el viejo.
El hombre de la maleta acerca una silla a la mesa y se sienta y pone unos papeles encima y dice:
– Pero sucede, abuelo, que Dios está demasiado lejos para cruzar con él las espadas y hemos de hacerlo con los patronos.
– Todos vosotros sois tan soberbios como Satanás, que se rebeló contra el Señor -dice el viejo-. Los buenos siervos deben acatar Su voluntad.
El viejo tiene razón, porque la madre siempre dice lo mismo que él. No sé por qué Isidora está en contra de su padre.
– Fulgencio Ferreiro -dice Isidora-, nunca olvidaré tu nombre, porque necesito cargarme de razón para seguir luchando por nuestra causa común. Las minas son de los patronos, pero nunca mueren en ellas.
– Todo el mundo ha de morir, ¿qué importa dónde se muera? -dice el viejo-. Lo importante es cómo se muere. ¿Murió Fulgencio Ferreiro en gracia de Dios? Esto es lo que os tendría que preocupar, no el llamarles asesinos a los patronos.
El hombre de la maleta baja la cara hacia la mesa y dice muy bajito:
– Tendría gracia que, después de una vida de esclavo, le exigiéramos a Fulgencio Ferreiro una buena muerte para que ahora sea un buen muerto.
– ¿Qué dices? -dice el viejo-. Paso porque celebréis en mi casa vuestras reuniones, y porque, de vez en cuando, soltéis monstruosidades que me obligan a pedir por vuestras almas, pero os cerraré mi puerta si alguien vuelve a atacar a mis visitas.
Se levanta Isidora, va hasta el viejo y se inclina para besarle en la mejilla y decirle:
– Le pedimos perdón, padre. Marcelo le pide perdón, ¿eh, Marcelo? No sé por qué le sigo queriendo tanto, padre. Usted es el culpable de mis desánimos, porque me pregunto: Isidora, ¿cómo vas a convencer a los de fuera si no eres capaz de convencer al único que tienes en casa? Siento envidia del viejo que ha sido besado por Isidora. En Altubena las hijas no besan a sus padres. Andrea nunca besa al padre, ni siquiera a la madre. No puedo apartar los ojos del sitio en la mejilla del viejo que ha besado Isidora. Ahora le abraza y yo sigo envidiando al viejo. Y le dice:
– Mi buen padre, mi buen padre Urbano, ¡qué ciego le tienen a usted esas brujas!
El viejo sonríe, abraza los brazos de Isidora, forma con ella una especie de ovillo. Me gusta verles así. En Altubena nunca hacemos esas cosas.
– Los ciegos sois vosotros -dice el viejo-, que os falta la luz de Dios.
El viejo besa a su hija y se pasa una mano por los ojos.
– ¡Qué día! -dice, metiendo la barbilla en el pecho.
– Está cansado -dice Isidora. Le acaricia el pelo casi blanco y dice también-: Algún día, yo haré que descanse en la verdad de la nueva luz… Si alguien le lleva a la mesa… Voy a sacarle su cena.
Marcelo y yo llegamos a un tiempo a la silla del viejo. Quiere agarrarla él solo y me mira como si me fuera a comer. Yo he agarrado un lado de la silla y ni el tirón furioso de Marcelo hace que la suelte. Nos aguantamos la mirada hasta que Isidora dice:
– A él le gustaría ver ese mismo coraje en alguien que se preste a llevarle a misa.
– Yo le llevaré mañana a misa -digo.
– Te lo agradezco mucho, hijo -dice el viejo-. Desde el primer momento me pareciste una buena persona. Será mejor que te vayas acostumbrando a mi silla.
Con sus manos aparta las manos de Marcelo y así soy yo quien le viaja hasta la mesa, hasta el sitio que Isidora me marca con un gesto de su mano. Es una mesa tan grande como la que tenemos en la cocina de Altubena. Pongo al viejo en una de las cabeceras. Isidora mete papel y leña en la chapa que está al fondo y enciende una cerilla. El pequeño puchero pronto empieza a oler a bacalao.
– Mi primera propuesta para la reunión de hoy es que mañana empecemos una colecta para enviar dinero a la viuda de Fulgencio Ferreiro -dice Isidora, mientras trajina.
– Bien -dice el hombre de la maleta-. Incluiremos la propuesta en el orden del día. De modo que a sentarse todos, a ver si podemos empezar de una vez.
– Adelante, adelante, yo acabo enseguida -dice Isidora.
Todos cogen banquetas, se acercan con ellas a la mesa y se sientan. Yo hago lo mismo.
– ¿Qué pinta este imbécil entre nosotros? -dice Marcelo-. Se me revuelven las tripas viéndole en medio de todo sin enterarse de nada. Mi propuesta es que le echemos de esta casa. No es de la agrupación de La Arboleda ni de ninguna otra agrupación, y no debe enterarse de lo que hablamos.
– ¿Es que andamos tan sobrados de gente como para rechazar a…? -dice Isidora.
– ¡A este imbécil le importan un pito nuestras ideas socialistas! -dice Marcelo-. ¡Lo único que le importa es llevarse de noche a la Isidora a un descampado!
– ¿Qué queréis hacer hoy conmigo? ¿Matarme? -dice el viejo.
El hombre de la maleta da una puñada sobre las tablas.
– ¡Aquí no se permiten duelos personales ni malos juicios sobre las personas! -dice-. Si este muchacho ha de retirarse, será por decisión general.
– Yo sólo pido que le miréis la cara -dice Marcelo-. ¡No sabe ni quiénes somos, ni qué queremos, ni para qué estamos aquí! ¿Es que no veis que esa cara suya de imbécil sólo tiene ojos para Isidora?
Todos los de la mesa me miran, en silencio. La única que no me mira es Isidora. El hombre de la maleta tose y dice:
– Bueno, parece que este muchacho desea ingresar en nuestra agrupación, noticia que nos debe llenar de alegría y nueva moral. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última solicitud? Yo os lo diré: ¡tres meses! ¿Acaso miento, José? Tú fuiste ese último.
El amigo de Marcelo, el que casi no habla, se llama José. Dice que sí con la cabeza.
– Algunos de nosotros llevamos dos años desarrollando una dura labor de captación -dice el hombre de la maleta-. ¿Resultados? Nos avergüenzan los informes que enviamos a Perezagua, a Carretero y a los demás. Ahora, al cabo de tres meses, la agrupación de La Arboleda va a contar con un miembro más. No seré yo quien se oponga a ello.
Marcelo se pone en pie de un salto.
– ¡Precisamente -dice-, protesto en nombre de nuestra causa! Tenemos pruebas de que ese imbécil no es de los nuestros ni nunca lo será. ¿No recordáis cómo se puso de parte de las tres brujas cuando lo de llevar a Urbano a misa? Además, trabaja en Altos Hornos, esa empresa que tiene domesticados a sus obreros con ciertas obras sociales que suenan al no va más social en medio de la explotación sin disimulos que se sufre en otras partes. ¿Podemos hacer un socialista de un aldeano al que sólo le preocupan las vacas y las mujeres y nunca ha oído hablar de la revolución y, lo que es peor, no le interesa saber nada sobre ella?
Isidora se acerca a la mesa con una cuchara, un cacho de pan y un vaso lleno de vino, y apenas tiene tiempo de ponerlo todo delante del viejo. Quiero decir, que empieza a hablar antes de ponerlo, y habla con tanto fuego que sólo de milagro llegan esas cosas a la mesa.
Читать дальше