– Te dije que yo no tengo novia -digo.
– ¿Le ha gustado tu regalo? -dice, sin parar de reír.
– ¿Regalo? -dice Marcelo.
– ¡Mira que regalarle uno de nuestros panfletos! -dice el hombre de la maleta-. ¡A ella, que fue quien los hizo! ¡Ja, ja, ja!
Todos ríen, incluso Marcelo y el viejo de la silla de ruedas. El viejo no me quita ojo desde que entré.
– Ven, acércate -me dice-. Quiero verte la cara.
Voy hasta la silla de ruedas.
– Más -me dice.
– No tengas miedo -dice el hombre de la maleta-, es que ve poco.
El viejo coge mi cara entre sus manos y la recorre con sus ojos como si me la estuviera barriendo con ellos.
– Eres de la costa, de las playas -dice-. Todavía eres joven, pero ya te apuntan en las esquinas de los ojos las arruguillas de los que al levantar la cabeza del trabajo pueden ver el sol. ¿Cómo te llamas?
– Roque Altube, del caserío Altubena de Getxo.
– De Getxo, del campo -dice el viejo-. Serás un hombre cumplidor con la Iglesia, Roque. A ver si me ayudas a convertir a esta cuadrilla.
– ¿Cómo puede saber usted que este muchacho va a misa los domingos con sólo verle la cara? -dice el hombre que está sentado junto al hombre de la maleta.
Ahora sale Isidora del cuartucho con una silla en las manos y lágrimas en los ojos.
– Siéntate -me dice.
– No sé por qué ha de quedarse aquí un tipo al que no conocemos -dice Marcelo.
– Me alegra que entre en mi casa alguien que va a misa los domingos -dice el viejo.
Isidora deja la silla a mi lado y yo me siento.
– ¿Cómo se llamaba? -dice Isidora.
No me habla a mí, no mira a nadie, y las lágrimas caen por sus mejillas. Estoy tan cerca de Isidora que me llega el olor de su cuerpo de ternera lechal. Y en esto que se oye el ruido de un carruaje parándose ante la casa. Abre Isidora la puerta y mira. Yo también me acerco y miro. Es un carruaje negro, muy brillante, tirado por un caballo bien comido y lustroso. En el carruaje van tres mujeres, tres señoras, pues visten como la marquesa Cristina Oiaindia de Getxo. Las tres llevan sombreros y esperan a que el cochero ponga sobre el barro unas tablas. El cochero ha cogido las tablas del pescante. Bajan las señoras y el cochero les ayuda a pasar sobre las tablas hasta la puerta de la casa.
– Buenas tardes, hija mía -dice una de las mujeres, flaca y larga-. Desearíamos ver a tu padre. Traemos algo para él y también para ti.
– Adelante, adelante -dice el viejo, moviendo su cuerpo a derecha e izquierda como si la silla le pinchara.
Entran las tres mujeres mirándolo todo de arriba abajo y mirándonos a todos.
– No sé cómo agradecerles, señoras -dice el viejo.
El hombre de la maleta y el otro hombre se ponen en pie, pero Marcelo y su amigo no se mueven.
– Isidora, acerca a las señoras estas tres sillas libres -dice el viejo, señalando la del hombre de la maleta, la del otro hombre y la mía.
– Muchísimas gracias, Urbano, pero tenemos la impresión de haber interrumpido algo, nos sentimos como intrusas y nos vamos enseguida -dice la más joven de las tres mujeres, que lleva cerezas en su sombrero-. ¿Cómo se encuentra usted?
– Bien, gracias a Dios -dice el viejo.
– Tiene usted muy buen aspecto, Urbano -dice la otra, una mujer con pendientes tan grandes que seguramente su peso le ha puesto esas orejotas. Las tres llevan pendientes, pero sólo los de ésta parecen cencerros de vaca.
Entra el cochero con unos paquetes. Coge uno la mujer flaca y larga, lo desenvuelven entre las tres, y la flaca y larga saca un jersey gordo y grande y se lo prueba al viejo por encima.
– Pues le queda bien, pero que muy bien -dice la mujer flaca y larga-. ¿No es verdad, queridas? Yo misma lo he hecho, Urbano, con mis propias manos.
– No sé cómo agradecérselo, señora -dice el viejo.
– Qué menos, para un antiguo trabajador de nuestra mina -dice la mujer flaca y larga-. Mi marido le envía saludos y sus mejores deseos.
– ¿El señor Sagarduy? -dice el viejo-. ¿Se lo ha dicho el mismo señor Sagarduy, señora?
– Yo misma se lo oí -dice la mujer de los pendientes grandes.
– ¿Qué dices a esto, Isidora? ¡Todavía se acuerda de mí el señor Sagarduy! -dice el viejo-. ¡Dejé su mina hace diez años y aún se acuerda de mí!
– Nosotros nunca olvidamos a las personas buenas -dice la mujer flaca y larga-. ¿Qué le parece mi jersey, Urbano? Póngaselo. Yo misma le ayudaré… ¡Perfecto! ¡Como un guante! Y, hablando de guantes…
– ¿Le gusta mi humilde obsequio, Urbano? -dice la mujer con cerezas en el sombrero. El viejo no quiere, pero ella le calza los dos guantes de lana-. Puede creerme usted que he sudado para hacerlos. ¡Uff! Más complicados que un jersey… ¡con tantos deditos!
Ríen las tres mujeres. La de los pendientes grandes coge de manos del cochero un paquete mayor y se lo da al viejo.
– Yo, como soy una inútil -dice-, he ido a la tienda a comprarle una manta.
El viejo abre el paquete y aparece una manta azul.
– ¿Te gusta, Isidora? -dice el viejo-. ¡La que necesitábamos! ¿Qué tienes que decir de tanta generosidad, Isidora?
– La mina se lo debía -dice Marcelo, mirando a las tres mujeres-. Le debe eso y mucho más. ¿O creían que con cuarenta duros le habían pagado las dos piernas?
– ¡Aquí no! -dice Isidora.
– Si ustedes buscan ir al cielo, Urbano es su hombre -dice Marcelo-. ¡Está dispuesto a recibir todas las limosnas que quieran traerle!
– ¡Aquí no! -dice Isidora.
– Él piensa que las necesita a ustedes -dice Marcelo-, ¡pero son ustedes las que le necesitan a él!
– ¡Te he dicho que aquí no! -dice Isidora.
Cruzo el cuarto hasta pararme ante Marcelo y le pongo la mano sobre la boca cuando va a hablar.
– ¡Aquí no! -le digo.
Marcelo me aparta la mano con las dos suyas.
– ¡Maldito seas! -dice, levantándose-. ¡Tenía ganas de agarrarte, imbécil!
Pero le sujetan entre el hombre de la maleta y el otro hombre. Marcelo lucha. Vuelcan la mesa y dos banquetas. Sólo lo deja cuando su amigo también le agarra.
– ¡Os digo que es imbécil! -dice Marcelo-. ¡Hace cosas sin saber por qué las hace! ¡Mirad qué cara de imbécil pone!
– ¡Jesús, Jesús! -dice la mujer con cerezas en el sombrero, santiguándose.
– Perdón, perdón… -dice Urbano.
– ¿Tan poco te importa la salud de tu padre, Isidora, que abres tu puerta a este tipo de gente? -dice la mujer flaca y larga.
– Sabíamos que te relacionabas con personas perversas -dice la mujer con cerezas en el sombrero-, ¡pero de ahí a meterlas en la casa de tu padre!
Isidora levanta la mesa caída y yo le ayudo. Mi mano roza sin querer la carne de su mano.
– ¡Cómo has cambiado, Isidora! -dice la mujer flaca y larga-. Ya no se te ve en misa los domingos, ni vas a dar el catecismo a los niños de la parroquia. ¿Con qué engaños te han apartado del camino de Dios, hija mía?
– Yo no lo he podido evitar, señora -dice el viejo-. ¡Créame, por mi salvación, que no han valido de nada ni mis consejos ni mis órdenes de padre!
– La recuerdo muy bien -dice la mujer de los pendientes grandes-: era una niña amorosa, un ejemplo para las de su edad. Las monjitas y el párroco estaban encantados con ella. ¡Y cómo sonreía al abrirnos esta misma puerta! ¿Qué palabras venenosas han vertido en tus oídos?
– ¿Por qué no se callan? -dice Marcelo. Le han sentado de nuevo en la silla.
– ¿Vas a consentir que se nos trate así en tu propia casa, Isidora? -dice la mujer flaca y alta-. ¿Llegarás a tanto?
– Mi padre y yo les agradecemos mucho lo que nos han traído -dice Isidora.
– ¿Nos estás echando? -dice la mujer de los pendientes grandes.
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