Silencio. No me quitan ojo los siete.
– Acerca tu cajón a la mesa y bebe con nosotros, Roque -dice el hombrecillo de gafas-. Hay que brindar para darte la bienvenida.
Pero no me muevo.
– Ya os lo dije, sólo nos siguió. Está mal de la chimenea -dice Marcelo.
Ahora la chica se pone en pie y enseguida la tengo cerca, mirándome con sus grandes ojos. No sé decir si su carita es redonda o afilada, porque es las dos cosas. Su piel es blanca y suave, estoy seguro. A su espalda está la pared negra del cobertizo.
– ¿Lo has leído? -dice. Me había olvidado del papel. Lo levanto-. ¿Lo has leído? -dice otra vez la chica.
Ahora cojo el papel con las dos manos y me lo acerco a la cara.
– ¡Lo que nos faltaba! ¡Lo tiene al revés! -dice Marcelo.
Las manos de la chica rozan la carne de las mías cuando me obliga a dar la vuelta al papel.
– Primero habrá que preguntarle si sabe leer -dice Marcelo.
– ¿Qué importa si sabe o no leer? -dice la chica-. Me arrancó el papel de la mano…, ¿no visteis cómo me lo arrancó? ¡Quiere acercarse a nosotros!
– Sé leer un poco -digo.
– ¿Qué pone en el papel? -dice Marcelo.
Silencio. Esperan mis palabras. Siento sus miradas sobre mí.
– Sé leer -digo-. Soy del campo, pero sé leer.
– Es orgulloso el borono -dice Marcelo-. Sabe leer, pero no lee nuestro papel. Lo que busca entre nosotros es otra cosa y lo mejor será echarle…
– ¡No, esperad! -dice la chica-. Dadle tiempo…
– Le hemos dado un asiento -dice Marcelo-, pero él no lo ha usado para leer, porque necesitaba todo el tiempo para mirarte.
– Sí, sólo te miraba -dice el muchacho que casi no habla-, y con la hoja vuelta del revés en su mano.
– Nos escuchaba, quería saber más de nosotros -dice la chica.
– No le defiendas -dice Marcelo.
– ¡No le defiendo a él! ¡Estoy defendiendo nuestro esfuerzo de hoy! -dice la chica. Siempre está bonita, sobre todo ahora, con sus ojos llenos de furia, sus labios temblorosos. Me mira-. ¡Por favor, dime que vendrás con nosotros, que hoy has empezado a saber que los explotados debemos unirnos para luchar! ¡Dime que no hemos perdido el día, que al menos tú…!
No viven en este barrio la chica ni sus dos amigos. Al salir todos del cobertizo, se despiden de los cuatro hombres, y éstos también se despiden de mí, el hombrecito de gafas me abraza y me dice: «Roque, bienvenido a la familia. Yo me llamo Proto», y se van. El hombre delgado y con bigote echa el candado a la puerta. La chica se me acerca.
– Mañana también puedes verles -me dice-. Se reúnen en este mismo sitio, al anochecer. ¿Vendrás? -y sus ojos esperan con miedo mi respuesta.
– ¿Vendrás tú? -digo.
– No -dice el muchacho fuerte.
– Mañana nosotros nos reunimos en mi casa -dice la chica-. Adiós.
Echan a andar los tres, ella en medio.
– ¿Puedo acompañarte? -digo.
La chica se para y se vuelve. La oscuridad apenas me deja ver su cara y un frío me baja por dentro del cuerpo al pensar que puedo no verla más. Empieza a llover.
– Es tarde y debes volver a tu casa -dice la chica.
– Es igual -digo-. El padre hará solo el trabajo de la cuadra.
– Vives lejos -dice la chica-. Tienes que cruzar la ría… Bueno, si quieres, ven, pero no sé para qué vas a venir. Nosotros no vamos a otra reunión, sino a nuestras casas.
Me acerco hasta poder ver la cara de la chica. Nunca he visto unos ojos tan grandes en una cara tan bonita. ¡Dios mío!, ¿cómo he podido vivir hasta ahora sin ella?
Echan a andar los tres y les sigo, llevando en una mano el papel y en la otra el cestillo. Marcelo vuelve la cabeza una y otra vez, lanzándome unas miradas de perro rabioso. Pero la chica ha dicho que la puedo seguir. Ahora es el otro muchacho el que se vuelve y me dice:
– Vamos hasta La Arboleda y cae muy lejos.
– Es igual -digo.
De pronto, la chica se para, y esta vez no sólo vuelve la cabeza: se vuelve entera.
– ¿Por qué? -dice.
– ¿Eh? -digo.
Yo también me he parado, y los otros dos. Los ojos de la chica no se apartan de los míos.
– No comprendo por qué nos sigues -dice.
– No sólo es imbécil, sino que está loco -dice Marcelo-. Mira qué cara de tonto pone.
Desanda unos pasos y llega hasta mí y agarra mi blusa por la pechera.
– ¡Largo de aquí! -dice.
Le cojo con una mano por la muñeca y le obligo a soltar mi ropa y nuestros brazos echan un pulso en el aire.
– Te gana, Marce, te gana -dice el otro muchacho.
Y entonces ella viene y se pone a separarnos y su mano roza la mía, su carne roza la mía.
– ¡Quietos, quietos! -dice.
Nos separa y se queda en medio.
– ¿No te da vergüenza, Marce? ¡Asustando así a uno que empieza con nosotros! -dice la chica.
– ¡Sólo viene por ti y le voy a quitar esas ganas! -dice el muchacho fuerte.
– ¡Basta! -dice la chica con genio, y él la obedece. Cuesta creer que una fierecilla así viva en un cuerpo tan menudo. Lo empuja y se lo lleva. Los tres siguen su camino, ella otra vez en medio. Es mejor que no me pregunte a mí mismo por qué la sigo, pues la respuesta quedaría marcada en mi cara y al volver a Altubena la madre me miraría y lo sabría.
No sé cuánto tiempo llevamos de camino, ni por qué lugares pasamos. Sólo la miro a ella, su pelo atado y saltarín, su espalda silenciosa, esa falda recibiendo los latigazos interiores de sus piernas al andar, sus tobillos vistos y no vistos. Ahora, sí, avanzamos por un camino de monte.
Se paran los tres, yo también, y hay un barrio de pequeñas casuchas de piedras y tablas. Los dos muchachos se despiden de ella y se van. La chica no tiene más que extender el brazo para coger el hierro de una puerta vieja. Vuelve la cara y me mira.
– ¿Cómo te llamas? -digo.
Me sigue mirando.
– ¿Recuerdas cómo me llamo yo? -digo.
– Sí, Roque -dice ella-. Vuelve a casa.
– ¿Cómo te llamas? -digo.
La chica sonríe sin separar los labios.
– Isidora.
La saludo con la mano y doy la vuelta, justo cuando ella se mete en su casucha. Isidora. Ahora ya no me importaría contarle al mundo por qué la he seguido hasta aquí. Marcelo me vigila a distancia, entre las sombras. No le hago caso. Él y yo nos vamos por distintos caminos. Isidora. Ahora ya no me importaría contarle al mundo por qué he seguido a la chica hasta su casa.
La madre está en la cocina, esperándome junto al fuego. Cojo un plato y el cazo y destapo el puchero.
– Yo te sacaré -dice la madre, levantándose-. Tú quítate la ropa empapada. Creía que ya no venías.
– ¿Eh? ¿Que no venía? -digo-. Bueno, bueno. ¡Que no venía! Usted tenía que estar en la cama y no despierta.
– Ya creí que te había pasado algo -dice la madre.
– ¿Pasado algo? ¡Buh! ¿Qué me va a pasar? -digo-. ¿Por qué no deja de decir tonterías y se acuesta?
– El padre ha tenido que hacer solo todos los trabajos -dice la madre.
Me coge el plato de mi mano y con el cazo lo llena de purrusalda humeante. ¡Dios mío, Isidora, Isidora!
– Te abrasas la boca -dice la madre-. ¿Se puede saber dónde tienes la cabeza? ¿No tocas el talo?
De pronto me doy cuenta de que la boca me abrasa desde hace rato. ¡Si me atreviera a decirle a la madre que he conocido a la mujer con la que me voy a casar!
– ¿Qué miras? ¿En qué piensas? No sabes ni lo que te estás metiendo en la boca -dice la madre.
¡Isidora! ¡Isidora!
– Nunca habías vuelto a casa tan tarde por la noche. Ya te habrá visto algún vecino desde la ventana y luego hablará a nuestras espaldas. La persona que anda fuera de casa por las noches no acaba bien. ¿Qué estás aprendiendo en la fábrica? ¡A ver si va a tener razón la marquesa! -dice la madre.
Читать дальше