Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Soy de los primeros en salir de la fábrica. ¡Ahí está la chica! Me paro a mirarla, de lejos, y ella también me mira. Creo que es la primera vez, en estos tres días, que me mira. Pero sigue dando papeles a mis compañeros de turno y diciendo esas cosas que yo nunca había oído. Ahora sube a una pequeña caja de madera y empieza a hablar casi a gritos:

– ¿Hasta cuándo vais a esperar para uniros y exigir vuestros derechos? ¿Nunca habéis sentido curiosidad por saber cómo viven los amos de Altos Hornos? Pues viven en palacios y entre almohadones y comiendo hasta hartarse, sin frío en invierno, acostándose con mujeres no estropeadas por el trabajo, como las vuestras, con hijos que reciben la mejor educación y a quienes atienden los mejores médicos y que no mueren de pequeños, como los vuestros. ¿Y sabéis de dónde sacan el dinero para disfrutar de todo eso? ¡De vuestros propios bolsillos, pues no os pagan lo que vale vuestro duro trabajo! ¡Uníos para defender como hombres lo que es vuestro!

Sus ojos brillan como llamas, sus labios tiemblan, su carita blanca se rompe por todas partes. ¿Cómo se llamará esta pequeña fiera? Sólo calla cuando su pequeño pecho se queda sin aire. Ha reunido a muchos hombres alrededor de su caja. Pero cuando sus dos compañeros se ponen a repartir sus papeles, todo el mundo se va. Y ocurre que, de pronto, la chica y sus dos amigos y yo quedamos solos en el callejón de la fábrica, ellos a un lado y yo al otro. El muchacho fuerte da un paso hacia mí.

– ¿Quieres uno? -dice, con un papel en la mano.

– No, no… -digo.

– Entonces, ¿qué haces ahí parado? -dice.

Siempre que miro a la chica, ella me está mirando. Cuando echan a andar los tres, yo les sigo. Las casuchas de Sestao son como partes de Altos Hornos, sus gentes podrían pasar a la fábrica saltando desde las ventanas. La chica vuelve varias veces la cabeza para mirarme.

– ¡Maldita sea! -oigo decir a su amigo el fuerte-. Lo tenemos tras nuestros pasos.

Es de noche. Me paro cuando se paran las sombras de los tres. La chica se aparta de los suyos y viene hacia mí con algo en una mano.

– ¿Por qué no coges uno y lo lees? -me dice.

No es la misma voz que cuando gritaba como una loca sobre la caja.

– ¿Quieres que te ayude a repartir estas cosas? -digo.

– Es que ya hemos acabado por hoy -dice la chica-. Además, ¿cómo vas a repartir un mensaje que ni siquiera has leído?

– ¿Cómo te llamas? -digo.

La chica deja de mirarme, pero antes de que se dé la vuelta le quito de la mano el papel que traía para mí. Llega junto a los suyos y se vuelve.

– ¿Te importa que te siga un rato? -digo.

La chica se encoge de hombros y echa a andar y dice por señas a sus amigos que hagan lo mismo.

– ¡Maldita sea! -dice el muchacho fuerte.

Les sigo por entre las sombras de las casuchas. Nunca le diré a la madre lo que estoy haciendo, pero es lo que quiero hacer. No estoy muy seguro de si estoy viendo en la oscuridad los brincos del pelo de la chica. Llegan los tres ante un cobertizo apoyado contra el costado de una casa de ladrillos sucios. Se abre una puerta y sale a la noche la luz de un quinqué. La chica y sus dos amigos pasan dentro. Me acerco. La puerta sigue abierta y la luz sale. Me acerco tanto que, de pronto, veo a la chica: tiene una mano sobre el hierro de la puerta abierta y es como si me esperara.

– Hola -digo.

Sólo me mira. Luego deja la puerta y se mete más en la casa. Oigo voces y asomo la cabeza: hay otros cuatro hombres sentados sobre cajas alrededor de una mesa coja con una botella de vino en el centro. Los dos amigos de la chica arrastran con el pie otras cajas para sentarse entre ellos. La chica también coge una. Habla muy bajito. Los siete me miran cuando me dejo ver de cuerpo entero. Los ojos de la chica no me dicen nada, es decir, no me dicen que me vaya. Creo que hago con el brazo algo parecido a un saludo. Me doy cuenta de que aún llevo entre mis dedos el papel.

– Puedes sentarte ahí para leerlo -dice un hombre delgado y con bigote, y me señala una caja en un rincón-. Cierra la puerta.

La cierro y me siento en la caja y dejo en el suelo el cestillo donde la madre me pone la comida. Busco la cara de la chica.

– Os agradecemos vuestra ayuda de estos tres días -dice el hombre delgado-. Bebed, tendréis sed.

Pasa la botella a los dos amigos de la chica y ellos beben a morro.

– ¿Ayuda? -dice la chica-. ¡Hemos vuelto con casi todas las hojas!

– Habéis hecho lo que estaba en vuestra mano -dice un hombre gordo y pequeño-. A nosotros no nos ha ido mejor. ¡Mirad qué montón de octavillas nos ha sobrado!

– ¡Es injusto, es injusto! -dice la chica, y creo ver lágrimas en sus ojos-. ¿Por qué nos rechazan si lo que les llevamos es su salvación?

– Me gustaría creer en Dios para maldecirle -dice el muchacho fuerte.

Se oye una tos, una sola tos, interminable, como el largo mugido de una vaca en la lejanía. Es de un hombrecillo con gafas, que se pasa un pañuelo por la boca cuando acaba de toser, y luego tiene que esperar un rato antes de hablar, y nadie habla hasta que él habla.

– Se suele decir algo muy cómodo: que el mundo está mal hecho, que el hombre está mal hecho -dice, arrugando su cara pequeña y oscura, como si el sacar sus palabras se le rompiera algo por dentro, y eso que suenan como si hablara desde un pozo-, pero yo os aseguro que con este mismo mundo, con este mismo hombre, algún día podrá hacerse el milagro que no ha podido o no ha querido hacer Dios. Ni el mundo ni el hombre están mal hechos: las que están mal hechas son las leyes, siempre dictadas por los de arriba. Nunca ha habido leyes buenas que impidan elaborar leyes malas. ¡Leyes, leyes, todo arranca de las leyes! ¡La carne de los hombres nunca peca, el pecado no existe, sólo existe la injusticia!… ¿Cómo está tu padre, hija mía? -Esto lo dice volviéndose a la chica.

– Siempre tiembla cuando salgo -dice la chica-. Ahora nos permite reunirnos en casa, sólo por no verme salir.

– Nunca ha sido un hombre -dice el muchacho fuerte.

– No hables así, Marce… Te llamas Marcelo, ¿verdad? -dice el hombrecillo con gafas.

– Ella sabe que nunca ha sido un hombre -dice Marcelo. Ahora los ojos de la chica sí que están con lágrimas. Nunca he visto una carita tan preciosa como la suya-. El mundo está lleno de hombres que no son hombres. ¡Les pisan los cojones y callan!

Marcelo coge la botella por el cuello y la levanta, pero luego no bebe sino que la deja otra vez sobre la mesa.

– La maldición histórica -dice el hombrecillo de gafas-, la maldición histórica de los pobres. Pero cada día que pasa nos acerca a nuestra resurrección.

Habla ahora el muchacho que todavía no ha abierto la boca. Coge del suelo su mochila de lona y la deja caer de golpe sobre la mesa y los papeles se desparraman.

– ¡Éste es nuestro avance de hoy! -dice.

Los ojos del hombrecillo de gafas se vuelven hacia mí.

– ¿Y ése? -dice.

– ¿Ése? -dice Marcelo.

Todos los ojos están sobre mí, incluso los de la chica.

– Es nuevo, ¿no? -dice el hombre delgado y con bigote-. Nunca se había acercado a nosotros.

– No es ni nuevo ni nada -dice el muchacho fuerte. Se lleva el dedo a la frente-. No le funciona la chimenea. Nos ha seguido como un imbécil.

– Pero está aquí, ¿no? -dice el hombrecillo de gafas-. Yo he visto cómo entró sin que nadie le obligara. Pienso, compañeros, que hoy no habéis perdido el día. -Todos se miran y yo no sé adónde mirar.

– ¿Cómo te llamas? -dice el hombre de barba.

– Roque Altube, del caserío Altubena -digo.

– ¿Dónde está eso? -dice el hombrecillo de gafas.

– En Getxo -digo.

– Es un borono -dice Marcelo.

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