Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Al día siguiente, una comisión de vecinos acudió al Ayuntamiento. «La playa siempre fue del pueblo», recordaron al alcalde. «No tenemos por qué pagar a unos comediantes que no nos cobran nada y que además usan una arena que es nuestra.» «Pero los ingleses no son nuestros», argumentó el alcalde, «como tampoco lo son los comediantes que llegan a nuestra plaza y al final pasan la boina y nadie protesta.» No era lo mismo; no eran comparables los ingleses y los comediantes con su cabra, pues los ingleses no cobraban por su espectáculo, «la que cobraba era Ella»: así se lo matizaron los vecinos al alcalde. Bueno, y entonces el alcalde hubo de confesar que también cobraba el Ayuntamiento: el cincuenta por ciento de lo recaudado por la mujer. «¿Es que no queréis solucionar lo de las inundaciones del río Gobela? Pues hace falta dinero», explicó. Pero hubo de dar marcha atrás, olvidarse del negocio que Ella le propusiera y que el alcalde sólo aceptó porque sería la forastera quien diera la cara, la que aparecería ante el pueblo como una especie de adelantada de la libre empresa.

Ajenos a lo que habían provocado, los marinos ingleses proseguían con su foot-ball. Se trataba de una competición anfibia en toda regla. El puerto de Bilbao era visitado por tantos cargueros con pabellón británico, que la Ría parecía el Támesis; traían carbón y se llevaban mineral de hierro. Y cada tripulación contaba con un equipo de foot-ball. Los armadores tardaron en empezar a sospechar que los retrasos en las entradas y salidas del puerto, así como los inesperados adelantos, obedecían a una única razón: coincidir con el barco contra cuyo equipo correspondía dirimir el siguiente partido, según un calendario que los telegrafistas transmitían por morse de barco a barco. Llegó un momento en que los cargueros de las diversas compañías inglesas navegaban, no en función de los fletes, sino en función de este calendario. En las arenas de la playa de Arrigúnaga se ventilaban encuentros casi a diario, y las gentes de Getxo cruzaban apuestas tan altas como en las pruebas de bueyes. Hacia junio, se proclamaba campeón el carguero que más partidos hubiese ganado en la temporada, y las sirenas inglesas sonaban a coro, como cantando a otro Nelson.

El pueblo no se asombró cuando Ella volvió a la carga. Empezó por reunir, en La Venta que regentaba, a oficiales ingleses de varios barcos, y les dio a comer de sus guisos. Fue una cena a puerta cerrada. Sólo días después, cuando se conoció su iniciativa de crear en Getxo un equipo de foot-ball, se comprendió que los ingleses ya lo habían admitido en su campeonato, como a cualquiera de los suyos. Las siguientes cenas fueron en honor de un grupo de muchachotes del pueblo, y de ellas salió nada menos que el impulso y la organización del primer club de foot-ball que nació fuera de Inglaterra.

No era aquélla la primera vez que gente de Getxo trataba de imitar el fascinante juego de los extranjeros: cuando éstos dejaban libre la playa, grupos de chiquillos, de adolescentes e incluso de adultos, se ponían a dar patadas a cualquier cosa un poco redonda, y siempre quedaba algún hueso quebrado. Lo hacían tan mal que se aceptaban como justas las sonrisas de mofa de los marinos, y nadie, por miedo al ridículo, se atrevía a competir con ellos. Así que Getxo se preguntó cómo pudo arreglárselas Ella para que las tres docenas de muchachotes aceptaran finalmente la idea de crear un equipo que se enfrentaría a aquellos maestros, y nada menos que en su propio campeonato anfibio. No hay duda de que sus guisos jugaron un papel determinante, así como el alcohol, que circuló copiosamente en las cuatro cenas que Ella necesitó para salirse con la suya. Cuando los muchachotes, al despertar de la última borrachera, supieron que, cinco días después, tendrían la primera cita en la playa con el equipo del carguero Newcastle, no se les advirtió asustados, sino felices, aliviados de no sentirse oficialmente responsables de la prueba de honor que todo Getxo llevaba años esperando en secreto: era demasiada burla sorda la de aquellos forasteros rubios que dejaban la playa toda pisoteada; demasiada ostentación de su inigualable destreza en aquel maldito juego; demasiada pasividad la de un pueblo tradicionalmente orgulloso de sus propios huesos y músculos; demasiada humillación continuada a manos de aquellos arrogantes intrusos venidos a nuestra tierra a restregarnos en los morros su ofensiva superioridad. Había, sí, un afán de desquite, aunque nadie osaba echar sobre sus espaldas la iniciativa de aquella responsabilidad casi histórica. De modo que esta vez Getxo no criticó la nueva maniobra de Ella, que convertía en impune el ansiado desafío con los ingleses; y si no se llegó a compadecerla fue en razón de que, por no pertenecer a la comunidad, no se sentiría luego desgarrada por la vergüenza casi histórica en que, presumiblemente, acabaría el reto. La gente se dijo: «Ella sabrá lo que se hace».

El acontecimiento ocurrió un sábado plácido de septiembre, a las seis de la tarde. Una cerrada muchedumbre enmarcaba la playa de Arrigúnaga, cubriendo arenas, peñas y acantilados; incluso embarcaciones pequeñas, salidas del puertecillo de Algorta, salpicaban de tribunas acuáticas la mar frente a la playa. Momentos antes del choque, y en un gesto de fraternidad, los ingleses habían invitado al equipo del Getxo a visitar el Newcastle, fondeado detrás de la gran peña de Abasota, y allá se llevaron a los diecinueve jugadores en un lanchón de salvamento. Se hallaba el Newcastle tan repleto de carbón, y los del Getxo lo recorrieron con tanto entusiasmo, que regresaron tiznados. Días antes, en una liquidación, en Bilbao, Ella había adquirido para su equipo un lote casi regalado de camisas y pantalones; al ser abierto el bulto, se vio que las camisas eran amarillas y blanco de albañil los pantalones, y nadie tuvo nada que objetar a estos colores, pues nadie tenía preferencia por ninguno para el equipo. De regreso del barco inglés, los uniformes de los diecinueve jugadores ya eran otros: el polvo de carbón había embetunado una mitad de cada camisa amarilla y la totalidad de los pantalones blancos. No quedando tiempo para lavarlas, así ventilaron el partido.

En lo alto del acantilado de La Galea, todos pudieron ver la anacrónica figura del Baskardo de Sugarkea, cubierta de pieles, y, a medida que su pueblo iba perdiendo estrepitosamente, se le oía pronunciar, moviendo amargamente la cabezota:

¡Berrogeita zortzi! ¡ Berrogeita zortzi! ¡ Madarikatuok! ¡ Berrogeita zortzi! [¡Cuarenta y ocho! ¡Cuarenta y ocho! ¡Malditos! ¡Cuarenta y ocho!] La muchedumbre apenas le prestó atención: bastante tenía con preocuparse de respirar ante la lluvia de goles que caía sobre su equipo; y con ver a Ella, de nuevo, pasando la bolsa para el cobro del real. Exhibía, también, un nuevo documento firmado por el alcalde y, a su lado, el mismo agente municipal desbarataba las últimas resistencias de los remisos. Al término del penoso choque, aflojada ya la dura tensión, el pueblo pudo mirarse, pudo pensar y comprendió.

– Ahora Ella y el Ayuntamiento ya tienen una buena razón para cobrarnos el real -se dijo.

Así, pues, a cambio de tener no sólo un equipo de foot-ball, sino un mito (una anécdota destinada a ser algo más que simple historia deportiva: auténtica y real Historia, con mayúscula; y no Historia general, sino referida a un pueblo, el nuestro que llegaría a depositar en ese foot-ball, fútbol o balompié todas sus esperanzas tribales ante tanto despojo histórico, sus sueños, sus mitificaciones y delirios, sus pinturas rupestres, su hacha de sílex, su lengua y su Árbol -mitos para la continuidad de los mitos-, en una colectiva locura visceral por rescatar, a fuerza de goles, una identidad de pueblo mil veces ahogada), Getxo le abonó a Ella el cincuenta por ciento de aquellos reales que irían a engrosar la base económica que necesitaba para medrar ante nuestras propias narices.

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