Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Al principio, sólo fregaban. Cuatro días después, ya servían las mesas. Y, enseguida, Ella atendía al mostrador. Comentaba Zacarías Ermo que no había conocido personas tan listas como las dos forasteras. Comían solas, aparte de la familia, en una mesita en el rincón de la cocina, y dormían en un jergón tendido en el suelo de la abarrotada habitación de los trastos.

No se equivocó don Eulogio: el pueblo acudía a La Venta a saborear la prueba patente del escándalo de los Oiaindia. Nunca se le había ofrecido con tanta prodigalidad un pecado de ninguna de las grandes familias de la región. Ella circulaba por La Venta con una naturalidad que aún no resultaba inquietante, mostrando sin tapujos su tripa creciente, ajena, al parecer, a los comentarios, las miradas y las sonrisas que provocaban sus apariciones en el mostrador, requerida por la llegada del último grupo exigiendo vino. Decía don Manuel que hubo de existir un momento a partir del cual Ella se plantearía la conquista de La Venta, y que ese momento sería -pensaba- cuando alguien, un cliente, le entregara en mano el importe de una consumición. No hay duda de que Ella bien sabría que, en nuestra inhóspita sociedad, lo único que mata el hambre es el dinero, que, cuanto más dinero, a más distancia se está del hambre, que la acumulación de dinero proporciona un poder, digamos, como el de Camilo Baskardo. Quizá, a su llegada a Getxo, aún careciera de un plan concreto, incluso en sus líneas generales, pero lo que de ninguna manera le faltaba era el instinto. En el peor de los casos, recibiría algún dinero de la marquesa: pero no era más que dinero de jornal. Es por ello por lo que decía don Manuel que sólo en el mostrador de La Venta, al cobrar aquella consumición, descubriría las infinitas posibilidades del dinero comerciado. Y, en consecuencia, se propondría la conquista de La Venta.

Pero esto nadie lo supo hasta un mes después, al conocerse el resultado de la subasta. Durante aquellas pocas semanas, Ella no pasó de ser un motivo de curiosidad, muy rentable para Zacarías Ermo. Se veía por las tardes a tanta gente acodada en el mostrador, que incluso la niña había de ponerse a servir: apenas alcanzaba el borde de la gran meseta de roble y los hombres tenían que ayudarla, a veces sacándole las cuentas de lo consumido, y entonces surgían los ojos de Ella para vigilar la operación; los clientes advertían su presencia por encima de sus hombros, aunque un momento antes no la tuvieran a la vista. «Es como si La Venta fuera suya», comentaban entre ellos. Y, un mes después, recordando: «Es como si hubiera conocido por anticipado el resultado de la subasta y ya disfrutara controlando las recaudaciones».

Y, en medio del bullicio de la taberna, don Eulogio ocupando durante aquellas semanas la más apartada de las mesas, siguiendo atentamente el embarazo, comprobando cada mañana si el niño continuaba en su sitio, en aquel vientre. Fue un control inútil, un error: a principios de julio, ya la mujer en posesión de La Venta, se abrió violentamente la puerta y la propia Cristina invadió el establecimiento hasta la cocina, y la arrinconó. «¡Llévate de Getxo el maldito bastardo!», gritó, aulló, lanzando la primera patada al centro del vientre, con gran revuelo de faldas, y continuó atacando, enloquecida, manejando siempre la pierna derecha con fuerza y agilidad -entonces sólo tenía treinta y dos años-, aunque su zapato ni siquiera llegó a rozar su objetivo, y eso que dispuso de un tiempo suficiente, hasta que los hombres reaccionaron y fue el propio Zacarías quien la sujetó. No fue testigo don Eulogio del incidente, y le habría convenido ver cómo Ella defendió a su hijo, cómo esquivó las patadas criminales, cómo protegió su vientre con el escudo de sus manos y brazos cruzados. Sí, quería a este segundo hijo, lo necesitaba. Don Eulogio perdió inútilmente aquellas semanas de su tiempo vigilándola. Comprendo que es difícil resistirse a la tentación de llamar maquinaciones a todo lo de Ella. Por ejemplo, sus guisos. De pronto, se convirtieron en una atracción más. La cosa comenzó a mediados de aquel mes de junio, cuando los cuatro científicos rusos pidieron posada. Habían llegado a Getxo de madrugada y preguntado por Sugarkea, la casa solar de los Baskardo, y habían pasado el día enfrascados en un meticuloso estudio de sus muros y cimientos. El pueblo, que les observaba a distancia, vio que se olvidaban de comer. Fue por la noche cuando se presentaron en La Venta. Zacarías Ermo tardó en hacerles comprender que sólo podía ofrecerles comida, no cama. Ellos insistieron, pues necesitaban quedarse más tiempo. Entonces intervino Ella en el forcejeo: les alquilaba su propio cuarto por tres reales diarios; no se lo alquilaba La Venta -es decir, Zacarías Ermo-, sino ella. Así lo entendieron todos y así lo entendió Zacarías, que abrió una gran boca de pasmo. Ya no volvería a recuperar la iniciativa: Ella y la niña vaciaron el cuarto de los trastos, pidieron prestados cuatro colchones a los vecinos y cuatro mantas al propio Zacarías, y amontonaron a los visitantes en el pequeño recinto, en la alcoba que, en los próximos años, iba a dar tanto que hablar. Parece que hubo una reacción de Zacarías Ermo: le vieron hablar, cuchichear más bien, con Ella, y no hay duda de que le echaría en cara su osadía, e incluso le ordenaría volver los trastos a su sitio, y, ¿por qué no?, quizá en un primer arrebato la despidiera. Más que un brevísimo intercambio de palabras, se trató de una desesperada recapitulación por parte de Zacarías, una justificación ante sí mismo y ante su familia, pues no cabe imaginar que le pasara por la cabeza el perder aquella especie de atracción de feria que multiplicaba sus ingresos. Los que aún le concedían a la mujer algún atisbo de piedad, sostenían que acudió en ayuda de Zacarías a fin de permitirle salir medianamente airoso de la entrevista, esgrimiendo la razón de que, habiendo sido contratada únicamente para fregar, también servía en el mostrador y realizaba otras tareas, como, por ejemplo, cocinar, por lo que se merecía algún privilegio. Y el que mencionara los guisos lo avala el hecho de que la primera comida que tomaron en La Venta los cuatro científicos estuvo condimentada por ella. Fue una cena: gazpacho y un asado de cordero con cierta misteriosa salsa picante, que retrasó la retirada de dos docenas de clientes, sólo por olería. Al día siguiente, los hombres no sólo fueron a La Venta a beber: pidieron comida elaborada por la forastera. Se corrió la voz y hubo que montar mesas en el exterior. El pueblo se puso a esperar el nuevo privilegio que Ella exigiría a Zacarías Ermo.

Aquellos cuatro profesores rusos dejaron a la mujer una ganancia de 90 reales, pues alargaron su estancia a un mes, fascinados por el antiquísimo mensaje que les transmitieron las piedras de Sugarkea que vinieron a estudiar. Luego desaparecieron tan silenciosamente como llegaron, y el pueblo los habría olvidado si un año después don Manuel no hubiera mostrado un libro, recién publicado, que demostraba que Sugarkea era la vivienda humana más antigua de que se tenía noticia, más antigua que el más antiguo de los restos arqueológicos descubiertos; tan antigua, decía el libro, que la ciencia se veía incapaz de aplicarle sus medidas corrientes, y que el problema pertenecía, más bien, «al reino de los delirios». Cuando don Manuel explicó lo que todo esto significaba, el pueblo se esponjó de orgullo, como si la antigüedad muerta fuera un mérito personal de los vivos.

Desaparecieron, pues, dejando atrás aquella alcoba y aquellos guisos, que ellos, en cierto modo, habían hecho nacer, y de los que luego se llegaría a decir que parecieron creados expresamente por Ella para Santiago Altube. Porque mi tío abuelo fue uno de los que empezaron a acudir a La Venta a probarlos, aunque no sus primeras muestras, pues la capacidad de desplazamiento de mi pariente, ya por entonces, era muy limitada, con sus 190 kilos de peso y el estancamiento de su cuerpo en una mecedora especialmente reforzada desde sus dieciséis años. Era un organismo nacido para comer. Ya en sus primeros meses hubieron de arrancarle de su madre, Idurre, para que no la secara. Pronto, la familia se rindió a la evidencia de que, de un solo parto, le habían caído no menos de cuatro bocas más. Mi tío abuelo no comía en plato sino en cazuela. Y, aunque en el campo no desarrollaba el trabajo de cuatro hombres, saltaba a la vista que sufría por ello, que se avergonzaba de mirar a los suyos a la cara, de modo que la familia no tardó en compartir con él su fatalidad, perdonándole incluso las penosas escapadas que realizaba a los más apartados rincones del país (esto ocurría antes de sus dieciséis años, antes de su definitiva postración en la mecedora), allá donde se celebrara una txarriboda o cualquier otro acontecimiento gastronómico, y era frecuente que empalmara una fiesta con otra y no se le viera por Altubena en días o semanas. «Gracias a Dios, no es el primogénito, no tendrá que manejar alguna vez el caserío», comentaba Satordi Altube, mi bisabuelo. El primogénito era Saturnino, un muchacho inquieto, de gran vitalidad, todo lo contrario que Santiago, pues comía por uno y trabajaba por cuatro. Pero tuvo engañada a la familia hasta sus veinte años: a primeros de mayo de 1870, en plena comida, mi bisabuelo buscó los ojos de Saturnino y le dijo: «Desde esta tarde, Altubena es tuyo». Saturnino no interrumpió su comida para decir, sin mirar a mi bisabuelo: «Me marcho a navegar». Se hizo en la cocina un silencio tan profundo que Saturnino, según él mismo contaría después, estuvo a punto de jurarles que no había hablado. Pero eran demasiado fuertes sus ansias de ver más mundo del que se veía desde el tejado del caserío, y sostuvo heroicamente su frase. Mi bisabuelo se puso en pie para decir: «Te recuerdo que quien te sigue es Santiago». Era como cantar el fin de Altubena. Mi bisabuela se hundió en el rincón de la cocina a llorar en silencio. Zenón, mi abuelo, el más joven de los tres hermanos, salió a sentarse bajo la parra, por no estorbar con su presencia un debate en el que a él no le correspondía intervenir. Sin embargo, llegaría a ser el elemento clave de la crisis.

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