Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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La familia vivió un mes tenso, salpicado de húmedos ruegos de mi abuela, quien acosaba a Saturnino con una verdad prehistórica: «Altubena jamás ha sido repudiado por ningún Altube». Pero, en junio, Saturnino anunció su partida de un día para otro. A mi abuela se le escapó un «¡Dios mío!» patético y mi abuelo dijo al desertor: «Así que nos dejas con ese hermano tuyo que…». Y Saturnino, apacible, ya seguro de sí, sonriente, como si no estuviera provocando ningún cataclismo: «Sí, os quedáis con el gordo». Parece que lo pronunció en un tono triunfante de liberación: fue como si acabara de salvarse no sólo de la pesadilla de aquel hermano que, dos años antes, ya se había hecho construir una mecedora especial para su tamaño y peso, que sólo abandonaba a las horas de comer, y ello ayudado por varios brazos, sino que también hubiera presentido la calamidad que tiempo después se precipitaría sobre los Altube a través de aquel hermano-rémora utilizado despiadadamente por Ella. Aunque el tono triunfal de su frase quizá no fue más que puro gozo por huir hacia horizontes nuevos y lejanos.

Seis meses después, llegó a Altubena un marino con un mensaje del ausente: se había establecido en las Américas. Permaneció fuera casi treinta años y regresaría convertido en un indiano.

Fue el propio Santiago el Gordo quien recompondría Altubena, le daría una solución: ofreció el caserío a Zenón a cambio de que le alimentara gratis hasta el fin de sus días. El pueblo entendió que no sólo era el mejor arreglo, acaso el único, sino incluso un arreglo brillante. Al menos, funcionó a la perfección durante casi veinte años, hasta que aparecieron en el horizonte de Santiago los guisos de Ella.

En 1889 Santiago Altube tenía treinta y siete años y llevaba veinte engordando en la mecedora. Su cesión de la primogenitura a su hermano Zenón le eximía de tener mala conciencia por no trabajar y ser una carga para la familia. Él y la primogenitura eran la misma cosa, así como eran la misma cosa las tres vacas y la primogenitura, o la huerta del maíz y la primogenitura. Tal era el razonamiento que se hacía mi tío abuelo mientras veía discurrir la vida desde su mecedora reforzada. Sólo la abandonaba cuando era trasladado al lecho, por las noches, o a la mesa de la cocina, siempre en brazos de la familia; o para acudir a algún banquete de taberna, en cuyo caso del transporte se encargaban sus amigos, que le iban a buscar y le sacaban en andas al camino y le cargaban en el carro. Aunque estas salidas se hicieron cada vez más espaciadas, por la gran molestia que representaba para todos y la decreciente ilusión por realizarlas del propio Santiago, cada año más encamado en su mecedora, más formando con ella un solo cuerpo. Es así como su aparición en La Venta, en aquel mes de junio, causó sensación. Llegó a decirse que él mismo había pedido que le trasladaran, al percibir su sensible olfato, desde Altubena, el aroma de los guisos perturbadores. Más bien ocurriría que alguien le ensalzara las maravillas que Ella realizaba en la cocina de La Venta, e incluso cabe que ese alguien le llevara una muestra humeante, una cazuelita de gazpacho o cordero o almejas o jibiones pasados simplemente por la sartén y rociados con una mareante salsita verdosa de fórmula secreta. El caso es que mi tío abuelo ocupó en un banco de La Venta el sitio de tres y comió de cuanto le sirvió Ella, devoró una ración tras otra, en medio de un corro de curiosos que pronto empezaron a hacer apuestas, mientras caía la noche y los amigos le pedían que les dejara devolverle a Altubena porque al día siguiente habían de madrugar para el trabajo. Pero mi tío abuelo ni les oía, relamiéndose y chupándose los dedos ante una pila de cazuelas ya vacías y atento a los continuos viajes de Ella cargada desde la cocina. Muy rebasada la medianoche, el único ajeno a La Venta que allí quedaba era mi pariente: sus amigos se habían retirado después de encargar a Zacarías Ermo que se ocupara de restituirlo en el carro.

Pero al día siguiente, a media mañana, quienes entraron a tomar el amarretako pudieron oír los tremendos ronquidos de mi tío abuelo, que dormía en el cuartucho donde Ella amontonara a los cuatro científicos rusos. Para entonces, ya se había presentado Zenón, mi abuelo, preocupado por la suerte de su hermano. Ella se lo explicó: «Le dio pereza regresar a casa y preguntó si teníamos un agujero para pasar la noche». Aseguran muchos que fue la frase más larga que se le había oído hasta entonces, lo que demostraría hasta qué grado se hallaba ya interesada en mi pariente.

Parece que la cosa no ocurrió tal como lo dijo: el propio Zacarías Ermo revelaría que fue Ella la que se adelantó a ofrecerle el cuarto y mi tío abuelo no sólo lo aceptó para una noche sino que durmió en La Venta durante todo aquel mes. No entonces, sino mucho más tarde (dos o cuatro años, cuando Ella ya se había ganado la animadversión general y no había peligro de que un solo pecado dejara de atribuírsele), Zacarías Ermo confesaría que aquella mujer durmió con mi tío abuelo. «Yo no intervine en aquello», se apresuró a añadir Zacarías. «Para cuando me enteré, ya llevaban no sé cuántas noches…» «¿Noches?», exclamó el pueblo. «¿Noches?» Zacarías Ermo aseguró que se acostaron todo el mes. Y el pueblo: «¡Imposible! Como mucho, una sola noche, la primera, hasta que ambos comprendieran… ¡Pero es que ni siquiera una mora como ella resistiría…! ¡Es como si emparejáramos a un elefante con…!». De manera que el pueblo descubrió que para mi tío abuelo también contaba el sexo. Hasta sus treinta y siete años, el estómago no le había permitido ocuparse de otra cosa. Pasó limpiamente de la adolescencia a la mecedora, donde las escandalosas digestiones siguieron ahogando cualquier otro desahogo vital. Sin embargo, aun aplastado bajo kilos de grasa, el sexo continuaba vivo, o al menos estuvo muerto y Ella acertó a resucitarlo; o al menos nunca existió y Ella lo creó, se lo puso en su sitio insuflando sangre y misión a los arreos de mi tío abuelo.

Pero, en aquel mes de junio, esto sólo se sospechaba o se temía, apenas se tocaba el tema: el pueblo estaba tan seguro de mi tío abuelo que le consideraba invulnerable a las malas artes de aquella mujer, no se lo imaginaba dejando de ser lo que había sido hasta entonces: un bulto grande e inofensivo que cumplía a la perfección su papel de curiosidad singular y de ejemplar humano desorbitado en una comunidad que siempre demostró su primitivismo dando culto a la fuerza bruta y al volumen. Y ello, cuando lo necesitaba más que nunca, cuando mi pariente se estaba convirtiendo en tradición.

Sin embargo, incluso los más alarmados por su suerte se olvidaron de las inquietudes que les habían traído aquellas semanas al conocerse el resultado de la subasta, celebrada el último domingo de aquel mes. Fue cuando los más perspicaces, superado el primer asombro, comenzaron a alarmarse. Porque fue Ella la que se alzó con La Venta, por un real, por un miserable real de diferencia sobre la segunda oferta, es decir, sobre Zacarías Ermo. El pueblo no acababa de creerlo. Allí concluía un reinado que había durado siglos: la estirpe de los Ermo se vio despojada de un usufructo que nadie concebía separado de aquel nombre, pues fue un Ermo quien, allá por el siglo XIII, convirtió en mostrador el misterioso catafalco aparecido en la playa de Arrigúnaga (el mismo prisma actual; ahora con la meseta desbastada e incluso pulida después de tantos siglos de fregados, que los bueyes de Larreko subieron hasta su emplazamiento definitivo en la Campa del Roble), que rodeó de paredes y techo y se convirtió en La Venta.

Cuando el pueblo reaccionó y pudo pensar, se preguntó cómo, pues lo que exhibía el secretario del Ayuntamiento era un auténtico pergamino con unas auténticas cifras y letras escritas en él, y una cruz por firma sobre la palabra ELLA. ¿Cómo? ¿Cómo una forastera, una recién llegada, había descubierto lo que nadie supo hasta la rotura de los sellos y así le fue posible fijar su oferta en un solo real por encima de la más alta -la única-, la de Zacarías? ¿Cómo, si tradicionalmente las ofertas de los Ermo constituían uno de los mayores secretos para la comunidad, ofertas que ellos elaboraban con una mezcla de cálculo e intuición inigualables, siempre y sólo un poco más alta que en la subasta anterior, justamente lo preciso para derrotar al adversario más próximo? Y, luego, la inserción de palabras y números en el pergamino: ¿cómo, si Ella no sabía escribir?

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