Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Continuó pasando la bolsa al comienzo de los sucesivos partidos, con el agente municipal a su lado, y era esta presencia la que recordaba que, al menos, la mitad de lo recaudado retornaría a la comunidad. Esta compensación, unida al vendaval de emociones desatado por el foot-ball, permitió que la mujer siguiera moviendo los hilos. Aunque hubo un conato de rebelión por parte de quienes menos se podía esperar: los propios ingleses. Al saber que alguien sacaba tajada de lo que ellos no sólo habían traído sino inventado, exigieron participar de las ganancias. El Ayuntamiento se estremeció. Fue Ella quien negoció con los capitanes de siete cargueros, miembros del comité que controlaba el campeonato anfibio. «Queremos el veinte por ciento», exigieron los ingleses. La forastera simplificó la contabilidad señalando un veinticinco por ciento de media para todos los partidos. Los ingleses aceptaron. Entonces Ella les salió con que el Ayuntamiento les cobraría esa misma cantidad en concepto de alquiler de la playa, y todo quedó como al principio.

Los dos primeros años, aproximadamente, en que la mujer pudo seguir explotando el negocio del fútbol, debemos entenderlos, hoy, como la forma que adoptó el mudo agradecimiento que Getxo no supo ni pudo expresar de otra manera: Ella se había sacado de la manga un equipo de fútbol, lo había creado de la nada, proporcionándole, incluso, los colores -el amarillo y el negro de la camiseta y el negro del pantalón-, que el pueblo aceptó, quizá entendiendo que aquella primera y tremenda derrota exigía un predominio de los negros de luto del carbón de Newcastle. El pueblo, agradecido, olvidó aquel cincuenta por ciento que la mujer se embolsó en los dos primeros años.

La que no cambió fue la actitud de aquel Baskardo de Sugarkea: siguió apareciendo en lo alto del acantilado para lanzar sus gritos, casi guturales, a las gentes que acudían a ver cada nuevo enfrentamiento y no comprendían lo que les decía; sí sus palabras (Berrogeita zortzi… Berrogeita zortzi…), pero no su mensaje interior, como no comprendían nada de lo que de él procediera, si bien aquellas voces suyas no serían más que una denuncia más de los tiempos nuevos y de las cosas nuevas, según tenía acostumbrado al pueblo de los vascos, como lo aseguraban las más viejas leyendas: una denuncia, un lamento («una lúcida premonición», como diría don Manuel. Y añadiría: «Pero ¿de qué esta vez?»), incluso una imprecación: ¡ Madarikatuok! ¡ Madarikatuok!, y, a lo largo de aquellos años en que la playa de Arrigúnaga fue el marco del nuevo juego, sus voces, su enigmático mensaje, aquellos números gritados flotando sobre el estruendo enfebrecido alentando al Getxo: ¡ Berrogeita zortzi!… ¡ Berrogeita zortzi!…

De aquel primer comportamiento de Ella quedó encendida sobre Getxo una alarma, una lucecita roja, aún no demasiado intensa, llamando a la prevención. En cualquier caso, hubo que agradecerle su sinceridad, la exposición sin tapujos de su juego. Nunca se preocupó de ocultar sus cartas, nos ignoró, fue una partida limpia. A esta conclusión llegó el grupo de La Venta, una vez regresaron los que habían transportado a mi tío abuelo hasta Altubena; al menos, así necesitaron pensar para acodarse de nuevo sobre el mostrador. Luego, en octubre, la voz de don Eulogio del Pesebre, desde el púlpito, rompió el frágil compromiso al dar lectura a la primera amonestación: así se enteró el pueblo de que Ella y Santiago Altube se casaban.

Era demasiado, desde cualquier punto que se le mirase; era demasiado fuerte, aunque no hubiese venido de quien venía. Porque el anuncio de que Santiago Altube, simplemente, iba a contraer matrimonio hizo temblar los cimientos de nuestra comunidad: mi tío abuelo pertenecía ya, por voluntad y derecho propios, no sólo a la leyenda local sino a la inescrutable categoría de los hombres que viven por encima del sexo, y más puro y magnífico que ninguno de ellos -curas, eremitas e, incluso, birrochos-, por no hallarse sometido a ninguna ley, regla, yugo ni ordenanza, ni siquiera a un simple hábito impuesto por él mismo -una visita más o menos espaciada, más o menos regular al barrio de las Cortes de Bilbao-, pues su grandiosa independencia sexual procedía de la nada, carecía de toda motivación y meta, incluso su propio usufructuario ignoraba su existencia; venía de la nada y marchaba hacia la nada, es decir, era un auténtico acto de creación, y más apasionante que el que, dicen, alguien realizó con el hombre y con el mundo, puesto que, con éstos, el dichoso Libro cometió la temeridad de prometerles un destino, y la independencia sexual de mi tío abuelo era un fenómeno inverosímil yendo hacia ninguna parte, una especie de milagro autosuficiente y estancado, glorioso por sí mismo, con el supremo encanto de las cosas insólitamente liberadas de ataduras flotantes en la incertidumbre de un vacío; libre, incluso, de las veleidades de cualquier endiosado y antojadizo Redactor prometiendo la esperanza de un maldito maleficio.

El pueblo, a su modo, entendió que iba a perder todo esto; no sólo que mi tío abuelo lo iba a perder, sino también ellos, cada uno de los hombres de Getxo; y, ¿por qué no?, también las mujeres: ¿quién las honraba más que mi tío abuelo al no desearlas como procreadoras ni siquiera como simples hembras placenteras de la especie?

Luego estaba Ella, la raíz de todo. Detrás del despojo de la inviolabilidad de Santiago Altube estaba Ella, emponzoñando la alarma general: es que se supo por entonces que mi tío abuelo no fue arrojado de La Venta por haber dejado de ser útil; es decir, no sólo por eso; más exactamente, se trató de dar por concluido un capítulo para empezar con el siguiente, infinitamente más ambicioso y definitivo, a cuyo final mi tío abuelo iba a constituirse en el gran derrotado. La fría operación de conquista se estructuró sobre la privación repentina de un goce. El pobre de mi tío abuelo se revolvía angustiosamente en su mecedora del portalón de Altubena con las agonías de un hambriento por partida doble. Sin embargo, nadie sospechó entonces que aquello no era el fin de algo sino el principio. Enviado por mi tío abuelo, Juan, su sobrino, mi padre, que entonces tenía siete años, se presentaba en La Venta con un cestillo para transportar las cazuelas, pero ocurrió que Ella no sólo se negó a preparar guisos para él, sino para nadie, ante el temor de que alguien se los llevara a escondidas. Clausuró la cocina, y así continuó hasta después de la boda. Ni siquiera accedió a celebrar en La Venta la cena de despedida de soltero del novio, simplemente porque estas despedidas se celebran antes y no despu é s de las bodas, y así nos demostró Ella, una vez más, el recelo hacia la raza humana con que llegó a Getxo.

El pequeño Juan se vio abrumado a órdenes para viajar a La Venta, siempre con su cestillo y siempre regresando de vacío. Circulan diversas versiones acerca del número de días que permaneció mi tío abuelo sin comer; no serían muchos; quizá no fuese ninguno y todo naciera de sus ojeras, de la palidez de enfermo que se extendió repentinamente por su rostro, y de su patente merma de peso: fue como si lo que comía no le alimentara. Resultaron muy duros para él aquellos diecisiete meses; resistió más de lo que podía esperarse de un hombre en sus circunstancias. Su único contacto con La Venta era a través de Juan, pues ya no encontró a nadie dispuesto a transportarle a él: hubo un tácito acuerdo general para no volver a exponerle a los peligros que emanaban de Ella. Llegaron a oírse, de muy lejos, sus lamentos reclamando los guisos, sus juramentos de que se dejaría morir de hambre si no se los llevaban. Llegó a parecer realmente un loco. Creen muchos que su desesperación no procedía de verse privado de esas cazuelas, sino de ser consciente de que Ella se saldría, al fin, con la suya. Juan, mi padre, se ponía de puntillas para asomar los ojos por encima del mostrador, y decía: «Dice que le prepare gazpacho y pulpitos». Y Ella: «Dile que ya sabe lo que tiene que hacer». ¿Quién podía sospechar entonces la terrible condición encerrada en esa respuesta? ¿Únicamente la falta de los guisos atormentaba a mi tío abuelo? Aun cuando el pueblo prefiriera a un Santiago Altube virgen, o, al menos, a salvo de todo trato carnal con una mujer en concreto, con Ella, debemos suponer que sus tres semanas durmiendo en La Venta no obedecieron, exclusivamente, a su deseo de no molestar a nadie con sus traslados, sabiendo que éstos iban a ser diarios. Tuvo que haber, también, sexo. Y no sexo impuesto por Ella, sino buscado por mi tío abuelo; al menos, deseado, una vez la hembra le hiciera probar algún arte sexual de color oriental, o lo que fuera; algo desconocido entre nosotros en esa materia. Le hizo muy feliz durante aquellas tres semanas; tanto, que mi tío abuelo ya no pudo pasarse sin lo que Ella, sin duda, le proporcionó por partida doble.

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