Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Con todo, su primera pasión fueron los guisos, cosa esperable de un hombre que había cedido su primogenitura a cambio de que le alimentaran hasta su muerte. Ella, sin los guisos, perdía ante él, digamos, un noventa por ciento de su encanto. No habría habido boda de no ser por los guisos. Lo prueba la inmediata reacción del esposo al concluir la ceremonia: ordenó que le transportaran a La Venta, y cargaron con él seis muchachotes y así salvó los pocos metros que separan la iglesia de San Baskardo de La Venta y le sentaron a una de las mesas, y enseguida Madia o Magda (que no había asistido al sacrificio, precisamente para mantener calientes las cazuelas elaboradas previamente por su pariente, o compañera, o amiga, o lo que fuera) puso los guisos bajo sus narices y mi tío abuelo comenzó a cobrarse lo que tan caro le había salido.

Pero, catorce meses antes, en septiembre, Ella había dado a luz a Efrén, el bastardo de Camilo. Don Eulogio del Pesebre, que estaba al quite, primero suspiró, tranquilizado al comprobar cómo la forastera accedía, por fin, a tener el hijo a la vista de todos y sin intenciones de enterrarlo en secreto, y luego se apresuró a llevárselo a la iglesia. La mujer no opuso ningún reparo; fue como si comprendiera que le correspondía entregar algo a nuestra comunidad, a cambio de sus despojos presentes y futuros.

Al bautizo acudió al templo más gente de la habitual; había expectación por saber qué apellido ponía la madre al niño. Cuando don Eulogio preguntó por los padrinos, se le quedó mirando con esa expresión petrificada que no ofrecía el menor resquicio. «Prefiere dejar a su hijo sin padrinos», pensó don Eulogio. «No se fía de ninguno de nosotros.» Cuando preguntó con qué nombre había de inscribir al bautizado, Ella no lo pensó: «Efrén», dijo. Estaban solos en la sacristía, la madre con su hijo en brazos, pálida, aunque no más que de costumbre, a pesar de que sólo veinticuatro horas antes había dado a luz. Solía decir don Manuel que lo suyo no era resistencia o coraje -lo que le otorgaría cierto calor humano-, sino simple constitución metálica, algo que se hallaba muy por encima de la simple resistencia, el coraje o la mera derrota, pues de un metal siempre se espera la más despiadada de las victorias. Los clientes de La Venta acodados sobre el mostrador, habían oído los primeros berreos del recién nacido, procedentes del piso de arriba, y comentaron socarronamente: «Una chuleta a quien le lleve la noticia a Camilo». El primero en recibirla fue don Eulogio; corrió a La Venta y subió al dormitorio cruzándose en el umbral con la partera. «¿Ha visto usted la criatura?», le preguntó. La partera tenía prisa, no detuvo su marcha y la atónita mirada que dirigió al cura persistió hasta que desapareció escaleras abajo. La madre tenía a su hijo en la cama. Don Eulogio se inclinó para verlo y tocarlo. «Éste no podrá negar que existe», le susurró profundamente, y le propuso trasladarse a la iglesia para proceder de inmediato al bautizo. Pero hasta él mismo comprendió que era una locura. «Mañana», amenazó. Aún siguió unos segundos mirándola. «Sólo es un momento», añadió, inclinándose por segunda vez, ahora para tomar al crío en brazos. Bajó con él al territorio del mostrador y lo expuso a la media docena de clientes. «Sois testigos», les dijo.

– Además, varón, como el padre -dijo uno.

– ¿Conoces algún padre que no sea varón? -dijo otro.

– Yo me entiendo -dijo el primero-. Habiendo sido hija, y habiéndose parecido a Ella, sería medio posible olvidar al padre.

– El Marqués ha vuelto a tener mala suerte.

Aquella noche, don Eulogio durmió sin zozobras por primera vez en varios meses. Dejó pasar veinticuatro horas justas y regresó a La Venta. La mujer ya le esperaba, con el niño en brazos, y don Eulogio se conmovió, no tanto por ver levantada a la parturienta como por contemplar de nuevo, intacto, al chiquillo.

– Es la costumbre bautizar a las pocas horas -se excusó.

Efrén: Ella pronunció el nombre con la rapidez de reflejos con que un felino realiza su ataque, y el propio don Eulogio confesaría que fue como si lo hubiera guardado hasta ese momento para arrojarlo a la cara de Getxo. Realmente, Efrén es un nombre judío, y nuestra sociedad vasca es particularmente sensible a tales intromisiones, pero de ahí a creer que pretendió herirnos… Sin embargo, Efrén es un nombre judío, acaso corriente en la tierra de origen de Ella. Estaba en su derecho de poner a su hijo el nombre que se le antojara. En cualquier caso, el pueblo lo tomó -Efrén, Efrén, Efrén- como una nueva transgresión de las normas, olvidando los otros nombres judíos que ya convivían con nosotros: Moisés y Josafat.

Luego, don Eulogio paralizó por un tiempo excesivo aquel acto de la inscripción, sin atreverse a preguntar el primer apellido del niño, temiendo le replicara -también a modo de transgresión- «Baskardo». No pronunció ni éste ni otro apellido, y bien pudo haber señalado que en la línea en blanco constara el de Baskardo, en razón de que formaba parte -esa línea- de un libro santo que sólo debía registrar verdades. Nadie se habría escandalizado, nadie habría tenido nada que objetar, y menos don Eulogio, más enterado que cualquiera de lo ocurrido en las trastiendas de aquel asunto. Sin embargo, Ella no lo pronunció; se limitó a ordenar: «Guarde en blanco esa línea», en lo que don Manuel calificaría como la más insufrible prueba de dominio sobre la operación que se traía entre manos, es decir, sobre nosotros; «sabía» que alguna vez Camilo Baskardo reconocería a su hijo; no hay que mitificarla pensando que «sabía», igualmente, que esta claudicación de Camilo ocurriría, exactamente, treinta años después, en 1919, aunque hubo quienes así lo creyeron cuando se produjo aquella visita de Ella a don Eulogio y ni siquiera se preocupó de situar el momento como remate del bautizo a medio celebrar de hacía treinta años: simplemente, abrió la puerta de la sacristía, cruzaron sus miradas, y aseguraba don Eulogio que le leyó a qué venía, de modo que ya estaba abriendo el libro y buscando hacia atrás la hoja con la línea en blanco cuando la mujer pronunció «Baskardo» sin un énfasis particular, incluso con la apatía con que se comunica un suceso irremediable.

El pueblo, pues, asistió con cara de entierro a la boda de Santiago Altube, el Gordo, el excelso macho derrotado. Flotaba en la abarrotada iglesia de San Baskardo la convicción de que se estaba bendiciendo el rapto de un inocente. La expectación la tensaban, de un lado, el desagrado y la compasión, y, de otro, la oscura admiración que ya había empezado a despertar Ella.

En adelante, La Venta, de bolsa de noticias y chismorreos se convirtió en plataforma de seguimiento del nuevo matrimonio, es decir, de la p á jara, pues ni el más ingenuo dejó de creer que allí acabarían sus maniobras. El cuarto de los científicos recuperó su condición de trastero, y su último habitante, mi tío abuelo, ocupó uno de los otros dos dormitorios y la gran cama matrimonial que Ella aportó como dote a la boda, una cama que mandó construir en Bilbao y fue la primera señal que nos dio de su mal gusto, que alcanzó su culminación en el barroco palacio que levantó frente a la mansión de Camilo Baskardo y pasó a habitar en 1895.

Aquella cama no se usó tal como la entregaron los de Bilbao: fue reforzada por Panpili Ermo, «Manitas», hermano de Zacarías, carpintero de Getxo, el mismo que, veintidós años atrás, reforzó también la mecedora de mi tío abuelo. Circuló una historia acerca de cuatro asiduos de La Venta que pretendieron espiar en su intimidad al nuevo matrimonio y se proveyeron de una escalera para alcanzar la ventana del dormitorio, y a ellos se sumó Panpili Ermo, el único del grupo que llevaba intenciones limpias, pues no buscaba más que comprobar la solidez de su trabajo. Y es que el pueblo tardó demasiado -o nunca lo consiguió- en digerir el nuevo estado de cosas, lo que había empezado a suceder entre aquellas cuatro paredes. Se entendía que nadie debió permitir que mi tío abuelo fuera arrancado de la placidez de su destino natural; y, al referirse a «ley natural» o «destino natural», el pueblo estaba acusando unos a Dios y otros a la ley que regula, por ejemplo, el crecimiento de los árboles. En Getxo no había más que una sola persona sosegada: Camilo Baskardo, quien, a partir de la boda, se consideró liberado de su hijo bastardo -el cual pasaba a ser de Santiago Altube según constaría en adelante en todos los papeles-; no era, para él, la mejor solución: habría deseado ver a Ella desaparecer para siempre con el Baskardo en su vientre (se habló de presiones suyas sobre los concejales para que invalidaran la subasta de La Venta, en un intento de privarla de cualquier raíz en Getxo). Aunque había otra persona satisfecha: don Eulogio, y por partida doble: aquel segundo embarazo no había concluido en aborto y en enterramiento secreto, sino que la criatura ya tenía, incluso, un nombre, y el matrimonio había salvado a dos almas pecadoras que vivieron y durmieron en La Venta a lo largo de un mes como los cerdos.

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