Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– Esperaba un milagro -decía don Manuel.

– Que alguien tomara la decisión por él -decía yo.

– Un milagro. El que se produjo, por fin, en 1919. Necesitaba que la decisión surgiera de una reunión de familia, no de una de las familias sino de las dos, de sus dos familias, y aquellos duelos era lo único que el destino le concedía. Pero no dos familias reunidas artificialmente alrededor de una mesa con manjares y champán (y, en la apoteosis del último brindis, llegando a creer que están tan unidas que ya componen una sola), sino algo más: una misma sangre circulando por las dos familias y sobreponiéndose incluso al odio y a la guerra entre ellas, para poder decir o gritar: «¡No tengo más que una familia y no pecaré si jamás olvido esto!».

Es posible que a los duelos de sus hijos los llamara encuentros, aunque él mismo acudía a ellos con su rifle. Le gustaría pensar que su papel allí era el del padre vigilando el juego un poco ruidoso de sus cachorros. Le conmovería el choque de aquellas carnes, que eran la suya. Pensaría intensamente en ello. Jamás vio a sus hijos tan próximos el uno del otro, jamás antes sus cuerpos se tocaron. «Son mis hijos, mis hijos», se repetiría al verlos atizarse. «¡Eh, eh, malditos los que os ocultáis entre las zarzas como ratones! ¿No los veis? ¡Son mis hijos, son mi familia!», se repetiría.

– Hasta que, al fin -decía don Manuel-, se atrevería a pronunciar estas palabras u otras semejantes: «Josafat es el más niño, el más revoltoso. Efrén es siete años menor que Josafat, pero ya es maduro. Josafat es un irresponsable y ni siquiera se da cuenta de que lleva su juego demasiado lejos al disparar contra Efrén apuntándole muy cerca, sólo para asustarlo. Aunque no repara en que su pulso siempre tiembla, y esto es un peligro. Como nunca habían jugado juntos hasta ahora, pues ahora juegan con rifles de verdad y la madurez de Efrén se manifiesta en su primer y único disparo, que es para desarmar a Josafat inutilizando su rifle. Inteligente comportamiento que le lleva a poder tocar con su carne la carne de la familia, que es lo que deseaba». Y lo pronunciaría: «Josafat es un niño, Efrén es un hombre. Yo no soy eterno, pero la riqueza que he creado sí puede ser eterna, y una cosa así no se puede dejar en manos de un niño». Se atrevería a escuchárselo en sus propias palabras, Asier.

Con todo, es posible que nunca habría dado el paso de testar según le dictaba su conciencia, según lo deseaba, movido exclusivamente por un elemental sentido de la continuidad. Pero llegó 1919 y los acontecimientos le eximieron de pensar.

Después de los primeros duelos, Getxo dejó de preguntarse a qué iba allí el marqués, y casi se olvidó de él al tranquilizarse viendo que su propósito no era el de prohibirlos. Pero quedó la otra pregunta: ¿para qué llevaba el rifle? Se dijo que para justificar su presencia en el monte, a pesar de saberse que despreciaba la menuda caza local. Además, ni siquiera se preocupaba de llevar morral, canana y demás complementos. Bueno, y jamás disparó en esta tierra un solo tiro después de la cacería de llamas; y cuando en 1919 volvió a disparar, no lo hizo contra una presa. Fue un magnífico disparo, más meritorio que cualquiera de los anteriores de Efrén, pues éstos se efectuaban a menor distancia del blanco -el rifle de Josafat- y sin estorbos intermedios. En cambio, Camilo Baskardo ni siquiera disparó desde el palco de los curiosos, la maleza más próxima: se ocultaba de dos peligros, sus hijos y los curiosos, por lo que debía otear desde más lejos y solía elegir los matorrales altos. (Se decía que también había de ocultarse de Moisés, al que algunos aseguraban haber visto alguna vez en la más cerrada espesura, sólo mirando, sin intervenir nunca.) E hizo su disparo en medio de una tensión superior a la de los duelos precedentes, porque todos se habían acostumbrado a que, de primeras, Efrén desarmara a Josafat de un buen tiro y los puñetazos sustituyeran a los rifles. Pero en 1919 a Josafat le fue posible apretar varias veces el gatillo, porque Efrén falló y uno de los proyectiles acabó en su muslo y el dolor le hizo encogerse y perder por unos segundos su capacidad de defensa. Todos vieron a Josafat correr hacia él y detenerse a cincuenta metros y apuntar y ahora ni él podría fallar. Un estremecimiento recorrió el ejército de mirones. Por primera vez, el duelo iba a dejar un muerto. Sonó un disparo y Efrén tenía que haber rodado por el suelo. «¡Maldito!», gritó Josafat. Pero no se dirigía a Efrén, pues quien había disparado era su padre. Había salido a la vista de todos, muy tieso y muy seguro, con el cañón aún humeante, contemplando el descalabro de Josafat, cuyo rifle había saltado a varios metros de él. «¡Maldito, maldito!», volvió a gritar, y el suyo pareció un alarido hueco. Inmediatamente se oyó al propio Camilo: «¿Qué pensabas hacer, imbécil?». Se desplazaba de costado hacia la posición de Efrén, sin perder de vista a su otro hijo, como se vigila a un imprevisible rinoceronte. Los tres ocupaban un claro y era como si los espectadores de la maleza rodearan la pista de un circo en plena representación.

Luego, Josafat se movió y en tres zancadas desarmónicas alcanzó su rifle y se agachó y lo cogió y a Camilo no le quedó más remedio que seguir vigilándolo. Josafat examinó su rifle por todos lados. La bala sólo había mellado la estructura de madera del cañón. (No como cuando disparaba Efrén, que inutilizaba el rifle y Josafat había de hacerse con otro para el año siguiente.) «¿Qué vas a hacer?», exclamó Camilo, porque Josafat ya estaba apuntando de nuevo. «¿Qué vas a hacer?» Con un último movimiento, el cuerpo de Camilo quedó cubriendo el de Efrén. «No disparará», murmuraron los curiosos. Josafat alzó la cara de la culata del rifle, asombrado más que furioso, y permaneció mirando a su padre, hasta que pudo decir: «Voy a disparar, caiga quien caiga», y luego gritar: «¡Voy a matar a tu bastardo!». El primer impulso de Camilo fue desarmar de nuevo a Josafat de otro disparo. Se le vio empuñar el arma con decisión y buscar ángulo de tiro, pero las posiciones actuales lo hacían imposible: el rifle de Josafat y su pecho ocupaban la misma línea. Efrén seguía arrodillado en el suelo y descartado para cualquier acción, aunque sí era consciente del peligro. Al término de todo hubo quienes se empeñaron en apostar que no se hallaba tan incapacitado -y, menos, aterrorizado- como para no intentar repeler el ataque de algún modo, aunque fuera huyendo, y que si no movió un dedo se debió a la conmovedora novedad de verse protegido por aquel tipo de Getxo que, además, resultaba que era su padre. «¡Quítate de en medio!», gritó Josafat. «¡No seas loco!», gritó Camilo, sin moverse. Contaría después la gente que fue una escena dura o, simplemente, insoportable; en cualquier caso, insospechada, algo así como una subversión de las normas y quizá, incluso, de la historia de nuestra comunidad. En el breve tiempo que duró, a sus testigos les costó asumir la -a pesar de todo- lógica de la defensa de aquel hijo por aquel padre, pero lo consiguieron, o lo habrían conseguido con un poco más de tiempo, si no se hubiese producido una interferencia que distrajo su atención: la sospecha de que el marqués no estaba poniendo todo de su parte por evitar el disparo de Josafat; no podrían decir qu é le correspondía hacer además de lo que hacía; sin duda, para un espectador que no fuera de Getxo, cumplía con todos los requisitos que reclamaba una situación así, pero ellos eran de Getxo. Con todo, les habría tranquilizado una sola certeza: saber si esa sospecha brotó allí mismo, en el monte, es decir, antes de conocerse la cesión a Ella y todo su clan del Palacio Galeón por parte de Camilo Baskardo y su ocupación inmediata (más exactamente: fue la ocupación la que anunció la cesión, el pacto habido entre Ella y el marqués), por no mencionar el otro conocimiento, en 1942, el del nombramiento de Cándido, el hijo de Efrén de veintitrés años, como heredero universal de todos sus bienes y, por el accidente de la Guerra, también de los de Cristina; o si esa sospecha brotó despu é s de ser de dominio público todo esto.

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