Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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»Una vez que Efrén leía en mis ojos la ratificación de mi negativa, giraba sobre sus pasos y desaparecía escaleras abajo. (Dos años después, en 1920, y siguientes, a partir de mi estreno como maestro en Algorta, eligió enfrentárseme en la misma escuela, sin importarle la presencia de los niños.) Ángela le siguió, no sin antes repetir por segunda vez en el mismo instante de ponerse en movimiento: "¿Qué es esto?, ¿qué ocurre aquí?". En su confusión, sus finos tacones golpearon despiadadamente los peldaños de madera. La recuerdo muy impresionada por lo visto y oído. Y es que había algo más: el descubrimiento de aquella zona oculta de Efrén, de la que ella acababa de ser desterrada recién conocida. Llevaban por entonces unos dos años de relaciones, suficientes para que una mujer enamorada -y despierta- haya podido escarbar hasta en lo más recóndito de su hombre. Es de imaginar su desencanto, las terribles dudas que le asaltarían sobre la naturaleza del amor que le profesaba Efrén. A la madre le faltó tiempo para asomarse a una ventana sobre la calle. "¡Qué elegante va la Lapaza!", exclamó. "No para de hablarle a su novio, y él ni caso." Es posible que Ángela nunca llegara a saber absolutamente nada de aquel misterio. Ninguna ocasión mejor (por no decir la única, no habría otra) que aquélla para contárselo, digamos, en caliente, con ella por testigo del encuentro fugaz en mi descansillo. Pero la perdió.

»Sí, hacían buena pareja. Ahora me refiero a sus figuras. Apenas hay que esforzarse para creer en un enamoramiento mutuo. Hasta entonces a Efrén no se le habían conocido asuntos de faldas, y ya tenía veintiún años. Es como si no hubiera tenido tiempo para frivolidades. Y parece que empezó con Ángela porque ella tomó la iniciativa. En 1916, en plena guerra europea, Efrén era ya una incontenible fuerza ascendente en el mundo de los negocios. De modo que también fue introduciéndose en nuestra llamada buena sociedad. Algún día, alguien tuvo el atrevimiento de proponerle que se hiciera socio del Club Marítimo. Luego, otro, o el mismo, le invitaría a una fiesta. En uno de esos salones, Ángela se fijaría en el impecable y solitario caballerito inglés, pues aquel combate también lo realizó solo. No es que se avergonzara de su madre o no se arriesgara a verla rechazada (Ella nunca dejó de ser especial, incluso para ellos, algo nuevo en materia de bandolerismo y rapiña: intuyeron que lo suyo rebasaba las aceptadas leyes de la lucha de lobos, porque no era deporte sino odio. "¿Se puede saber qué le hemos hecho nosotros?", se preguntarían), sino que entendió aquella fase de asentamiento en nuestra élite como una prolongación de sus comienzos, tan solitarios, tan independientes de toda ayuda materna. No fue en esta segunda fase cuando le sacaron lo de el bastardo de Baskardo, sino en su primera aparición entre nosotros, en 1907, en la cacería de llamas. Pero nada impidió el amor de Ángela por él.

»Ángela Lapaza Garzea estaba en condiciones de elegir lo mejor, y Efrén, carente incluso de apellido, no era lo mejor. Fuertes razones lloverían de los suyos para hacerla desistir. "Le quiero y no es un cualquiera", se defendería. Su gran argumento siempre sería el más irracional: "Le quiero. Le quiero". Pienso que hubo honestidad por parte de Efrén.

Quizá su enamoramiento no alcanzara la altura del de ella. Pero si somos serios y hablamos de amor, Efrén sí que la amó. No la habría elegido sólo por interés. Incluso me atrevo a asegurar que habría considerado esta ayuda como una intromisión en su propósito de hacerse a sí mismo. Le movió otra razón, Asier: el amor… Empezando por el amor de ella… Quiero decir que Efrén sintió sobre él un amor impensado, y lo recogería con el asombro e incluso unción con que se recoge un fenómeno desconocido. Claro que sabía lo que era una madre, de Ella había recibido una atención especial y casi excesiva -a su modo, claro-, hasta conformarlo, con ligeras variantes, a su imagen y semejanza. Quizá el amor de Ángela le haría ver el de su madre como parte de una estrategia en la que él no era más que una pieza…

– Usted es injusto al no despojar a Efrén del estigma de hijo arrebatado por Ella a Camilo Baskardo con el fin de establecer una cabeza de puente -le decía yo.

– Tú lo estás diciendo.

– Pero entre la madre y el hijo habría algo más, hubo algo más, hubo todo. Una madre acosada con un hijo acosado reacciona con amor de tigresa.

– Escucha, Asier: Ángela liberó a Efrén del engranaje metálico para amarlo, digamos, con la tontuna de los quince años. Ningún otro interés le unió a él. Al estar rodeada de lobos, tendría mejores ofertas en las que invertir su amor. Pero no lo hizo. Y Efrén no lo podía ignorar, comprendería que esta vez no entraba a formar parte de ningún engranaje metálico. Se sintió amado y amó.

Al menos, aportó pasión, y Getxo dispuso de la prueba correspondiente: se casaron en 1919, en abril, y Cándido nació cinco meses después, en septiembre. Hubo, pues, pasión. Las viejas sacaron cuentas con los dedos y gruñeron: «Será muy Lapaza, pero ella como las pobres». Todo estuvo marcado por la primera precipitación. Se casaron sin disponer de casa propia y parece que los Lapaza-Garzea no los aceptaron de primeras en la suya. Compraron un chalet en el municipio de Amorebieta, a veinte kilómetros de Bilbao, y en él ocultaron el embarazo. Quizá lo decidieran así desde un principio y nunca se produjo el rechazo de los Lapaza-Garzea. En cualquier caso, a primeros de octubre se instalaron con el recién nacido en la mansión de los padres de Ángela, en Neguri.

En cuanto a la otra familia, la del esposo, quedaba excluida de esta cuestión, como resulta claro que lo hizo el propio Efrén; ni por un instante rondaría por su cabeza la posibilidad de llevar a Ángela al palacio de su madre, aquel asilo de Altubes -como lo calificaba don Manuel- con todo el aire de un cementerio de elefantes: mi tío abuelo Santiago lloriqueando que lo transportaran a La Venta a tomar un trago con sus viejos amigos, habitando en el centro de un enjambre de jaulas de jilgueros y canarios, entregado a su cría como única actividad y esperando las horas de las comidas para seguir engordando con los guisos de su esposa -no se sabe a partir de qué año Ella se descargó del trabajo revelando a una anciana cocinera el secreto de sus recetas-; mi tío Roque, el extranjero en la anacrónica mansión, recluido en una mínima porción de ella, no por voluntad ajena, ni siquiera propia, sino debido a su condición de muerto viviente: una sombra sentada durante horas y horas -las que le dejaba libre el tranvía- en el jardín que él había convertido en huerto trabajándolo casi sin levantarse de una rústica banqueta de cocina, obedeciendo con docilidad las órdenes infantiles sobre siembras, abonos y demás que su tío Santiago le repetía mil veces desde un extremo del gran porche de columnas gruesas retorcidas, tal como si se encontraran aún en Altubena y el tío siguiera en posesión de la primogenitura.

Sin embargo, Roque disponía de un refugio en un momento de cada jornada: su propia esposa. Sí, la insignificante Madia o Magda que, en doce años, ya le había dado ocho hijos; la suave esposa que recogía por las noches los pedazos de mi tío y lo recomponía para un inútil día más, y seguramente sin palabras, como había sido lo más importante entre ellos. No podía decirse lo mismo de mi tío abuelo: no había tenido con Ella un solo hijo, ni siquiera un triste aborto. Quizá nunca siquiera lo intentaron, nunca lo intentó él. ¿Por qué culpar sólo a mi tío abuelo, a la masa de carne que lo arrastraba por otros rumbos, hasta el extremo de llegar a sospecharse que Panpili Ermo y los otros tres que en aquel noviembre de 1890 apoyaron la escalera de mano en la fachada de La Venta para mirar por la ventana y sorprender la intimidad del matrimonio en su noche de bodas no vieron nada? ¿Por qué a él solo y no también a Ella, o solamente a Ella, la mujer que había montado su matrimonio estrictamente como negocio, y su desplazamiento a Bilbao para comprar la cama y su molestia en ir hasta la iglesia a que don Eulogio la casara no fueron ni siquiera brumosas incorporaciones a la boda sino calculadas concesiones a Getxo, algo así como la falsa conversión de los judíos para poder quedarse? Es posible que mi tío abuelo hubiese fracasado -suponiendo que lo intentara- con cualquier otra mujer, pero Ella no le ayudó en el sexo. ¿Por qué no aventurarnos a suponer que cualquier hombre hubiese fracasado con ella? ¿No repetía don Manuel que era distinta, un símbolo, lo más alejado de la condición humana? Empero, había tenido un hijo -por no recordar que ya llegó a Getxo embarazada-, es decir, alguien de entre nosotros deseó su carne. ¿Qué exigencias tuvo mi tío abuelo que no pudiera tener Camilo Baskardo? Es que la cuestión no radicaba en ellos, sino en la mujer, en la diferencia que establecería entre sus horas, digamos, de asueto y las laborales: con Camilo Baskardo trabajó, quiero decir que se trabaj ó a sí misma, bueno, que se tomó la molestia de operar en ella algún cambio para seducir. ¿Qué cambio? Allí no pesó diferencia de edad, de juventud, puesto que tuvo a Efrén en 1889 y sólo un año después se casaba con mi tío abuelo. ¿Qué cambio? ¿Sabía hacia dónde dirigir ese cambio? ¿Sabía, pues, cómo era ella en estado normal, en estado puro? Metió horas extras para mejorarse, para seducir, aunque sólo lo hizo en honor de Camilo Baskardo a través de intensas horas laborales; a mi tío abuelo lo ignoró en su asueto, quizá reconociendo que ya le entregaba algo más valioso de sí misma como lo eran sus guisos.

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