Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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El C é sar, de la Naviera Cantábrica, encalló en junio de 1910 en La Galea, siendo su capitán Josafat Baskardo, extendiéndose en pocas horas por todo Getxo que encalló, precisamente, por eso. A partir de aquella mañana las gentes se acercaron a la costa a contemplar el gran barco descansando sobre las peñas y a hacer cábalas sobre su futuro. Si lo daban por perdido y el seguro lo abonaba a sus propietarios, el barco se echaría para chatarra y su interior sería asaltado por muchas familias de Getxo para vaciarlo de su carga de carbón. Pero la opinión de viejos marinos retirados era que, habiendo encallado en la bajamar y en verano, sobre peñas en rampa, y tratándose del barco más significativo de la compañía, vendrían remolcadores a sacarlo, porque era posible hacerlo. Mala perspectiva ésta para los habitantes de nuestra ribera, recolectores de cuanto carbón arrastraban las corrientes a las playas, bien fuera carbonilla de cock de Altos Hornos o carbón inglés virgen en estuche de barco perdido. Aquel junio fue, pues, un mes lleno de incertidumbres. Empezó julio y todo seguía igual, y se pensó que los viejos marinos retirados se equivocaban, y los asiduos recolectores de carbonilla empezaron a preparar sus burros, sus carros de bueyes, sus sacos remendados y sus ropas de faena (esta vez, no las redañas, reservadas a presas menores como esa saborra).

Pero julio no siguió igual por mucho tiempo, no porque se despejara aquella incertidumbre, sino porque apareció otra. Una mañana se vio salir del puerto a tres remolcadores, y la gente apostada en los altos de La Galea pensó: «Han tardado un mes, pero aquí vienen a sacarlo». «No podrán moverlo ni con la marea alta», opinaron quienes llevaban un mes apostando en contra de los anteriores. Se extendió lo de los remolcadores y el borde del monte se cubrió de más curiosos. La mar estaba como un plato, la maniobra del rescate no ofrecería mayores problemas. Y entonces irrumpió Josafat Baskardo medio ahogado por la carrera. Esgrimía su rifle. Se abrió paso a codazos buscando el arranque del sendero de bajada a las peñas y no lo encontró, y hubo de seguir apartando a gente hasta que alguien adivinó su propósito y lo guió a empujones hasta el sitio. Le vieron descender por la pendiente de cabras como si no hubiera visto a nadie. «¿Adónde va Txirulo?, ¿a pescar mojarras con rifle?», rieron. Al hijo del marqués le colgaba lo de «Txirulo» desde hacía sólo tres o cuatro semanas. El mote fue escuchado por primera vez en boca de Cirilo Sarria, engrasador del C é sar, momentos después de que éste encallara. Le sonó bien a la tripulación, y del barco pasó a tierra y el apodo sobreviviría al propio Josafat.

Recorrió doscientos metros de peñas antes de alcanzar el gran casco y lo hizo con la misma precipitación, tropezando y cayendo varias veces, y hasta lo alto del acantilado llegaban los secos golpetazos del rifle al chocar contra las rocas. Los tres remolcadores aún no habían empezado siquiera a tomar posiciones. «¡Fuera! ¡Fuera!», gritaba ya Josafat mucho antes de alcanzar el barco. «¡Fuera! ¡Fuera!» Desde el remolcador más próximo a la costa salió una voz: «¿Qué pasa?». Josafat vociferó: «¡Fuera de aquí, no les quiero ver junto a mi barco!». «¡Don Camilo nos ha ordenado que…!» «¡El barco es mío! ¿No sabe usted quién soy yo?» «¡Claro que sé muy bien quién es usted! ¡Pero tenemos orden de su padre de…!» «¡Este barco no es de don Camilo Baskardo sino mío, y quiero que este barco siga donde está!», y Josafat agitó en el aire un documento que acababa de sacar de su bolsillo y un instante después ya estaba disparando contra los remolcadores.

Al día siguiente se repitió la misma escena y el número de curiosos en lo alto del monte había aumentado. Vieron llegar a Josafat y le abrieron paso y él no tuvo más que seguir el cauce humano para dar con el sendero de cabras. Llevaba, naturalmente, su rifle. Esta vez los remolcadores se mantenían a mayor distancia de la costa que el día anterior. Llegó Josafat al pie de la gran mole negra y durante no menos de una hora permaneció como una estatua, de pie sobre una peña plana, con la mirada fija en los remolcadores. Luego se sentó allí mismo, con la espalda apoyada en el casco y el rifle horizontal sobre sus rodillas. A media mañana los remolcadores pusieron proa al puerto.

Hubo un tercer día. Ahora el patrón de los remolcadores acudió a la cita con un altavoz. «¡Su padre dice que no importa quién sea el dueño del barco, que hay que sacarlo de ahí!» «¡Este barco es mío y sólo yo decidiré si se saca o no!» «¡Habrá que sacarlo alguna vez, digo yo! ¡Y será mejor hacerlo antes de que se echen encima los temporales!» «¡El barco es mío y nadie lo tocará hasta que yo lo diga!», y Josafat disparó dos tiros al aire sin cambiar de postura. «¿Por qué demonios no arreglan este asunto entre ustedes en casa a la hora de comer?», envió el patrón, dando la orden de zarpar.

Según don Manuel, Josafat se estaba defendiendo de sí mismo: -Sin embargo, ignoraría por qué actuaba así. Una vez reflotado el C é sar, su padre lo enviaría de nuevo al puente de mando y él no lo podría evitar, pues, ¿acaso no había elegido él mismo aquella farsa? Ambos tenían que demostrarse algo y demostrárselo a los demás, sobre todo demostrárselo a Cristina. Sucedió como si fueran conscientes de que disponían de poco tiempo, el que tardara Moisés en regresar de Ceilán. Apenas nada para un cambio de piel. ¡Y si al menos hubieran jugado limpio! Porque las pruebas a que Camilo sometía a su hijo nunca fueron tales, sino engañifas. Resulta evidente que admitió su derrota ya al principio de esos seis años. Si realmente hubiese perseguido hacer de Josafat otro hombre o simplemente un hombre, le habría puesto en crudo en el puente de mando del C é sar, a él solo, sin una niñera ejerciendo de verdadero capitán. Toda esperanza había muerto antes del primer movimiento. Entonces, ¿por qué insistió? Es que dejarlo habría significado reconocer el triunfo de la esposa en el colonizaje de los hijos. Camilo no podía desaprovechar la ocasión en que el destino dejaba en sus manos a Josafat, hasta entonces y desde su nacimiento absorbido por la madre… En cuanto al propio Josafat, si mantuvo apartados a los remolcadores fue buscando la destrucción del C é sar, su pesadilla, al mismo tiempo que se enfrentaba a su padre, su nuevo ídolo, la gran piedra de toque contra la que demostrar su hombría.

Incluso los pocos que advirtieron la presencia por allí de Ángelo en esos días, cuando se supo que había entrado en posesión del C é sar, hubieron de hacer un esfuerzo para recordar que, efectivamente, sí lo vieron, y si se concentraban un poco más llegaban a asegurar que le vieron más veces en las peñas que arriba del acantilado. Y descalzo, como siempre, incluso sobre las peñas. En su persistente vigilancia del barco para que no lo salvaran, Josafat no pudo dejar de verlo también cuando las apariciones intempestivas de los remolcadores le obligaban a personarse muy temprano en las peñas, pues Ángelo sólo podía ir en las horas libres que le permitía su trabajo en el invernadero, de modo que su retirada coincidía con la llegada de los curiosos más madrugadores. «Se lo quitaba del sueño», comentó Getxo al término de todo. Y: «Se perdía lo mejor de cada mañana», aludiendo a los duelos Josafat-remolcadores.

Porque hubo bastantes entre junio y agosto. A los tres primeros días sucedió una especie de tregua, para tomar aliento y reponerse del asombro. Me refiero a Camilo. No valoraba en mucho a su hijo, pero nunca esperaría de él una rebelión tan ridícula. Intentaría hablar con él (¿cómo vivieron padre e hijo aquel problema en su hogar?, ¿sostuvieron siquiera una sola conversación serena sobre el carguero? En opinión de don Manuel, no. Al menos, no la que merecía una cuestión de tanto peso como la de un barco de 11.000 toneladas). Josafat se mostraría escurridizo, evitando a Camilo, encerrándose en su habitación. Carecía de razones pronunciables con que justificarse. Aún seguía al lado del padre, no buscaba una ruptura -«¿Con quién iba a ir?», apuntaba don Manuel-, solamente la inclusión de un juego dentro de otro juego. Camilo derrochó una gran paciencia con él. Pudo recurrir a la fuerza, ordenar a los criados que encerraran al hijo en su cuarto durante los días en que los remolcadores reflotaban el C é sar. Pero esperó. Se daría de plazo hasta finales del verano: más allá de agosto llegaba la cita con los temporales. Su paciencia se prolongaría hasta el límite de la seguridad del barco, que, naturalmente, seguía considerando suyo. Nunca imaginó que Moisés regresaría justamente aquel agosto y lo cambiaría todo.

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