Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Vivía su segundo año en los seguros cuando don Eulogio cayó en la cuenta de que el pequeño no asistía al catecismo ni a la escuela. Jamás había pisado la mansión de Ella -era el único hogar de la parroquia que no conocía- y entonces tampoco lo hizo. Abordó a Efrén en una de sus visitas mensuales a su oficina. Ángelo asistió a la entrevista en el cuartito. Por lo que se pudo saber, el más nervioso de los tres era don Eulogio, a pesar de sus setenta años y de llevar más de cuarenta y cinco de párroco en San Baskardo. Sólo había visto a Efrén en dos ocasiones: al bautizarlo, en 1889, y en la cacería de llamas, año y medio antes. Al conocer el motivo de la visita, dijo Efrén: «Yo también he pensado en su educación, pero se niega». «Ningún niño quiere ir a la escuela ni al catecismo. Lo único que tiene que hacer usted es dejarle horas libres», dijo don Eulogio. «Éste es distinto. Escaparía del pueblo si se le obligara a hacer algo a la fuerza», dijo Efrén. «¡Tonterías!», exclamó don Eulogio. Entonces Efrén hizo con la mano una seña a Ángelo y éste recitó como un mecanismo: «Si me encierran, volaré de aquí como un pájaro». «¡Tonterías!», volvió a exclamar don Eulogio, añadiendo: «Lo intentaremos. No se atreverá a escapar». «Ya lo ha hecho una vez», le recordó Efrén. «En el último siglo ningún niño se ha fugado de Getxo por obligársele a ir a la escuela o al catecismo», aseguró don Eulogio. «Le he advertido que éste es distinto», dijo Efrén.

El piso era su mundo y, al parecer, en él se sentía libre. Transcurría un mes entero sin recibir una sola orden, y cuando llegaba su patrón tampoco perdía la sensación de libertad; no había nuevas órdenes, Efrén se limitaba a pasarle el dinero y revisar los impresos por si había alguno firmado -en la etapa de Ángelo se cerraron muy pocos contratos por encima de los 97; el número total quedaría en 109-, y a formularle alguna pregunta accidental.

A don Manuel siempre le confundió esa actitud de Efrén, aquella libertad que otorgaba a la pequeña criatura indómita:

– Era como si le bastara tener a Ángelo bajo su control, como si vigilándolo con ojos de amo dejara de representar un peligro… Sabes a lo que me estoy refiriendo: las llamas. No olvides que ellas y Ángelo procedían de la misma tierra. Pero así como se erigió en gran protagonista de la destrucción de todo el rebaño, excepto un ejemplar, ayudó a Ángelo a vivir, incluso a proporcionarle libertad, o sensación de ella, que es lo mismo; lo mejor de la libertad es que también nos permite ser libres sólo sintiéndonos libres. Ángelo se sentía así dentro de aquel piso, casi encerrado en él voluntariamente. La diferencia entre Ángelo y las llamas estribaba en lo que podríamos denominar pujanza contaminadora. Las llamas la poseían y de ahí ese peligro que Efrén intuía que jamás podría controlar. Considera, Asier, que hubo de regresar de su aprendizaje en Inglaterra con mentalidad imperialista. En algún momento de su curiosa relación con el niño empezaría a descubrir su naturaleza. Quizá cuando, según parece, le propuso asistir a la escuela (lo haría con su mejor intención, y esto hay que concedérselo. La oficina de seguros seguiría cumpliendo con su razón de ser aunque el empleado cerrara por las tardes para ir a la escuela; e incluso si cerrara mañana y tarde y colgara un aviso en la puerta advirtiendo dónde estaba) y chocó con su mirada irreductible y escuchó su amenaza: «Si me encierran, volaré de aquí como un pájaro». Y le creyó capaz de cumplirlo al recordar que estaba allí por haber hecho lo mismo en el otro pueblo. Como la rebeldía del niño le llegó tamizada por su condición de subalterno, no sólo no la consideró peligrosa sino que le agradó saberla bajo su control. Así se explica que consintiera aquella libertad a su lado y que, después, le responsabilizara con nuevas funciones, como las del servicio de pompas fúnebres. Y le habría permitido pilotar el C é sar, el mercante de 11.000 toneladas de Josafat Baskardo, pues, ¿cómo no confiar un barco a un niño de trece años que ha sido capaz de adquirirlo para regalárselo a su antiguo patrón? -me decía.

Al diluirse el asombro por la irrupción en Getxo del Efrén de dieciocho años, la gente siguió asombrándose de la humildad de los negocios que emprendía, aquella compañía de seguros cubriendo un solo riesgo y después la funeraria regentada por un niño desde un carro tirado por un caballo sarmentoso, habiendo podido encargarse de la dirección de una, de dos o de todas las empresas de su madre. A mediados de aquella década Ella ya poseía una mina de hierro, un astillero de gabarras, una compañía de pesca con ocho vaporcitos, tres fundiciones, un calero y una parte del territorio de Getxo expresada en los nueve caseríos vaciados de sus inquilinos seculares (ésta era su primera condición al comprarlos. Me decía don Manuel: «¿Qué más pruebas necesitas para convencerte de que era el Mal? Destruía paulatinamente los basamentos de nuestro pueblo, actuaba con odio, su meta era diabólica»). Sin embargo, creo que acertaba al enjuiciar las razones que pudo tener Efrén para hacerse a s í mismo.

– Nos resultaría muy cómodo -pensaba don Manuel- relacionar su dura iniciación con el tipo de poder perfecto que ya había de tener entonces como meta. Se puso en marcha como lo podía intentar un vehículo sin motor en medio de un desierto, sólo confiando ciegamente en sí mismo. La implacable disciplina que se impuso en ese principio no sería la que imprimió a su trayectoria posterior el carácter metálico que la caracterizó. Fue un acto de pureza, una elección ética. O de orgullo, pues también hay una ética en el orgullo.

Pudo perfectamente apoyarse en su madre, en su ya consolidado poder económico. Pudo, al menos, empezar desde abajo en el puesto más sórdido de cualquiera de sus negocios e ir subiendo por méritos propios hasta instalarse en la dirección. Pero partió de cero desde el centro de un desierto. La madre se sentiría orgullosa del hijo que había formado, nadie mejor para comprenderle que una mujer que también había partido de cero, armada, exclusivamente, de odio y orgullo. Tanto le había enseñado a odiar que pareció que el odio se desbordaba de Efrén para odiar también a la madre hasta el punto de despreciarla, incluso, en aquel difícil comienzo. Si don Manuel advertía en mí un asomo de admiración por esa ética, moral heroica o caballeresca o como se llamase, se apresuraba a decirme:

– Era un tipo listo puesto en el brete de aprender bien una profesión. Nada más que eso, o poco más. Se trataba de aprender a dominar las tramas de Getxo, sus achaques, para dominar a Getxo. Bueno, se trataba de aprender también hacia dentro de él mismo. Fue un aprendizaje místico, una interiorización, tanto de sí mismo como de nosotros. Ella llegó a Getxo sabiendo ya todo eso por instinto; Efrén lo llevó a cabo de una manera, digamos, científica. Era muy listo, supo descifrar el mensaje de las llamas, es posible que ellas le mostraran el camino, es decir, su antítesis, el no camino, su camino para cortarnos a nosotros nuestro camino. ¿Te das cuenta de que siempre que los nombramos acabamos hablando de la libertad?

Abrió la funeraria en octubre de 1908, sin duda contando con que a comienzos del invierno crece el número de defunciones. Alquiló a Blasa la lonja vacía de abajo y el pueblo se preguntó qué tendría ahora en la cabeza. En tres días, Ángelo Altube blanqueó las paredes y el techo del local, frotó con un cepillo de alambre las losas ennegrecidas del piso y, al concluir, regresó a su puesto en la oficina. Días después se le vio salir de ella a una hora inhabitual -las cinco de la tarde- y dirigirse carretera abajo hacia el cruce de Laparkobaso. Regresó minutos después llevando de una cuerda cierto animal bastante parecido a un caballo. En mejores tiempos, quizá luciera un color azabache, pero las costras, llagas y desgarrones de su piel daban la impresión de estar construido de piezas sueltas. Le faltaba media oreja, cojeaba de su mano izquierda y caminaba con el cuerpo en ángulo, como si alguna vez hubieran forzado su columna con una palanca para encajarlo en un establo de poco fondo. El niño lo metió en la lonja y cerró la puerta, no sin que antes alguien que pasaba por allí descubriera paja en el suelo de un rincón, un pesebre y un cercado de tablas. Cuando dos semanas después el pueblo volvió a ver al animal, también Ángelo lo llevaba de una cuerda y, bueno, lo que llevaba tenía que ser el mismo caballo, pero muchos lo dudaron: ahora, la mirada podía recorrerlo sin obstáculos, ya no cojeaba y su tronco estaba recto. Seguía sin media oreja, pero un milagro así quedaba fuera incluso de las posibilidades de Ángelo. «El crío tiene mano de santo», comentó la gente. Luego apareció el carro. Llegó un anochecer, tirado por el caballo y con Ángelo en el pescante. Era de cuatro ruedas y alargado. Su aspecto ruinoso no preocupó a la gente. «Si ha sido capaz de dejar presentable un animal como aquél, qué no hará con algo donde se pueden meter clavos.» El carro salió a su primer servicio casi finalizando octubre, y para entonces ya tenía todas las tablas en su sitio, sin la más leve rendija entre ellas, y los ejes giraban tan silenciosos como si fueran sólo de grasa. Varias capas de pintura negra cubrían la vejez del vehículo y hacían juego con el caballo.

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