Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Los curiosos de La Venta -algunos con su contrato firmado en el bolsillo- observaron con detenimiento la reacción de Baskardo y se tranquilizaron al ver que el abogado se ponía otra vez en pie y recogía el papel que le devolvía el marqués y escuchaba su media docena de palabras y descendía del carruaje y viajaba de nuevo al cuartito con el documento en la mano.

– Ya estamos iguales -comentaron los de La Venta.

No todos. Los menos aseguraron que no se estampó ninguna firma, y el tiempo les daría la razón, cuando en el movimiento general de denuncia contra Efrén por supuesto incumplimiento de contrato no figuró el marqués. Fue cuando comprendieron que habían sido unos ingenuos.

– El abogado sólo pudo subir un papel firmado. Si no estaba firmado, ¿para qué lo iba a subir? -argumentaron los más.

– ¿Quién ha visto esa firma? O, al menos, ¿quién ha visto que el marqués movía la mano con una pluma? -inquietaban los otros.

Nadie podía asegurar haber visto tal cosa, y si el marqués no había firmado significaba que ellos tampoco debían haber firmado. No obstante, en las tres o cuatro semanas que siguieron se vivió una calma casi completa, al amparo de la pregunta: «¿A quién puede ocurrírsele pensar que el abogado devolvió a Efrén un papel sin firmar?». Incluso cuando hubo que tragar que no existió esa firma, tardó en digerirse el gesto del marqués devolviendo el contrato en blanco. «¿Es que fue hasta allí sólo a sacarle faltas al despacho?» A falta de otra razón mejor, se agarraron a ésta. En alguna ocasión, don Manuel me transmitió su criterio: «Naturalmente, Camilo nunca buscó el dinero de aquel seguro, a pesar de que, por aquellos meses, la familia había dejado su casa de Laparkobaso para que la restauraran los carpinteros y albañiles, sin contar la renovación de gran parte del mobiliario. Nunca buscó ese dinero, aunque, por otra parte, no podía pasar por alto la primera manifestación comercial de su hijo, qué anunciaba, qué influencia se advertía de la madre. Quizá, también, no se personara con miedo sino con orgullo. Quizá, también, fuera el primer gesto de su aún inconsciente intención de traspasar al fruto de su error y de su pecado, a su única sangre digna de merecerlo, toda su chatarra, su cultura de hombre del hierro. Bien: leyó el texto, sacó sus conclusiones -entre ellas, que iba a asistir a una gran rapacería, aunque se lo calló por solidaridad gremial- y lo devolvió. No quiso llevarse aquel papelucho ya inservible -especialmente, que Efrén descubriera que no se lo había llevado-, como si necesitara borrar toda prueba de su paso, que cuando Efrén restara los contratos firmados de las cuartillas impresas y le faltara una, no recordara: "Él estuvo aquí", de modo que quedara bien claro que él no había caído, como los demás, en engaño tan burdo como el de creer que un seguro abonaría los daños causados antes de la firma».

Getxo le concedió a Efrén esas tres o cuatro semanas de tiempo y, una mañana, se presentó un grupo en el cuartito. La entrevista no duró ni quince minutos. Contaron que fue como si les estuviera esperando para ponerles al corriente de lo que, en realidad, habían firmado, dar por concluido el asunto y marcharse -días después se enteraron de que, incluso, ya había desalquilado el piso de Blasa-. Entraron en el cuartito al oír el «Adelante» y encontraron a Efrén sentado a su mesa, como siempre, pero esta vez recogiendo los escasos papeles que tenía encima y metiéndolos en una carpeta de cartón y cerrándola. Se puso en pie antes de pronunciar: «¿Qué desean ustedes?», con la carpeta ya bajo el brazo y mirando la puerta. Ni siquiera ofreció las dos sillas a la docena de hombres que todavía no habían perdido su sonrisa.

– Estamos aquí por las averías terribles que nos han hecho los animales -dijo uno.

No sólo sonó como chiste sino que quien habló le había dado esa intención, pues aquello podía haber sido pronunciado en el momento de la firma del contrato. El grupo estaba allí para cobrar y no disimulaba su satisfacción. La broma derribó los envaramientos.

– Todos los seguros tendrían que ser como éste, a toro pasado -dijo otro.

– Es la única forma de no pasarte la vida pagando tontamente las cuotas -dijo un tercero.

– Sí, rezando para que los bichos te hagan pronto la avería -dijo otro más.

Contarían que Efrén los miró de un modo especial, o ellos lo creyeron así; el mero hecho de que les mirara ya era algo especial. Y entonces supieron que iba a ocurrir algo.

– ¿Me están queriendo decir que se atreven a reclamar los desastres que les causaron los demonios en junio? -les preguntó.

Ellos siguieron mirándole, se miraron entre sí y volvieron a mirarle.

– Hemos firmado un contrato y…

– Sí, en octubre -expuso Efrén lentamente. Confesarían que al menos no le notaron qué se ensañara con ellos desde su seguridad. Se sintieron perdidos antes de saber con exactitud qué estaba a punto de caerles encima-. Firmaron la póliza en octubre. En octubre -repitió.

Lo de póliza, palabra que oían por primera vez, les aturdió especialmente.

– El seguro era contra las llamas. Usted nos lo leyó -dijeron.

– El seguro era contra las llamas -confirmó Efrén.

– Y yo estoy aquí porque esas llamas se merendaron mi heredad de maíz recién brotado.

– Y yo porque a mi madre, una anciana, le pasaron por encima, la pisotearon y luego el médico me cobró treinta y dos reales…

– Y yo porque después de comerse todas las hortalizas de mis campos, entraron en la cocina y se comieron todo lo que había blando, azúcar, sal, la tortilla de mi cena…, ¡todo, hasta la salsa de tomate!…, y luego subieron al camarote y acabaron con la cosecha de patatas del año pasado…

– Y yo porque se nos comieron los colchones de mazorcas de todas las camas…

Efrén los fue escuchando en silencio, hasta que acabaron.

– Vayan a quien les firmó la primera póliza -dijo.

– ¿Primera? Nosotros sólo hemos firmado una vez, sólo hemos firmado un papel…, ¡el suyo!

– Pues si deseaban cobrar tenían que haber firmado otro, porque mi póliza únicamente responderá de lo que cometan en el futuro los nuevos demonios -dijo Efrén.

– ¿Nuevos demonios? -balbucearon ellos-. ¿Es que le van a traer a Saturnino Altube otros bichos de las Américas?

– Los demonios siguen aquí -dijo Efrén. Su boca se endureció.

– Matamos a todos. No hay más. El seguro que firmamos hablaba de llamas y aquí no ha habido otras que aquéllas.

– El macho está vivo. Pregúntenle al maldito crío dónde lo metió. Es el único que conoce el escondite. -Efrén perdió su calma-. Está vivo y procreará. Se hará con otro rebaño. Algún día tendrá que salir de su refugio. Esta vez lo mataré.

– ¿Así que no tenemos derecho a cobrar nada? -preguntaron varios a la vez.

– Ustedes lo sabían desde un principio -deletreó secamente Efrén. Aún les miraba al tomar el picaporte. El grupo sabía que tenía que avergonzarse de sí mismo, pero habían depositado tanta ilusión en ese contrato, esa póliza, esperando un milagro, que ahora se resistían a dar marcha atrás. Efrén dejó de mirarles al abrir la puerta y dar el primer paso en el umbral.

– Usted nos engañó al dejar que siguiéramos creyendo… -gruñó uno.

Efrén se detuvo y las palabras parecieron brotar de su espalda:

– Estoy pensando en denunciarles por estafa. Por dos estafas.

– ¿Dos estafas?

– Se presentan aquí en grupo para coaccionarme a que les abone lo que no les corresponde por ley y por sentido común. El segundo intento de estafa es que firmaron un contrato cuando ya Saturnino Altube les había indemnizado. ¿Pretenden cobrar dos veces por lo mismo?

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