Naturalmente, el niño era también la cara visible de este segundo proyecto. A lo largo de aquel mes la lonja recibió en media docena de ocasiones la visita de Efrén, se supuso que para inspeccionar los preparativos y dar instrucciones a su empleado. A éste no le quedaba un momento de respiro, como cuando se dedicaba únicamente a los seguros. Hubo apuestas acerca de por qué había abierto Efrén un nuevo negocio, si por su vocación de fenicio o porque no podía ver a su empleado mano sobre mano. Y aún se ignoraba qué les iba a vender.
El primer muerto que transportó el carro al cementerio despejó la incógnita. «¡Demonios, una funeraria en San Baskardo!», se exclamó. «No teníamos ninguna, pero tampoco nos hacía falta.» El único servicio de pompas fúnebres que funcionaba por entonces era de un Ermo, Gervasio, y estaba en Algorta, y los muertos de San Baskardo también le pertenecían. Pero ocurrió que los de Bukuena ni siquiera tuvieron necesidad de avisar a nadie del fallecimiento, al nacer, del primer hijo de Kamila Bukua, pues la misma tarde descubrieron el carro negro -al que no habían oído llegar- detenido en el camino al borde de sus huertas portando un féretro de medio metro. «Lo que enterneció a mi hija fue el muñequito vestido de blanco tan quietecito en el pescante», contaría Xotil Bukua. Así era: por alguna razón, Efrén había uniformado a Ángelo con una bata blanca hasta los pies, y contra el negro de carro y caballo su figurita no sólo ofrecía gran contraste sino que a los deudos doloridos les inducía a imaginar el espectro entrañable de un ángel bajado del cielo para hacerse cargo del alma del difunto. Nada más verlo, Kamila Bukua eligió el entierro que le ofrecía la nueva funeraria. Incluso salió de casa a admirar de cerca al cochero y pedirle encarecidamente la cajita para su muertecito. No sonó a irreverencia que el indio se presentara descalzo, como era habitual en él.
Al no saber escribir, se cree que Ángelo pediría a Efrén le escribiera las letras en la tabla de pino claro pulida que había preparado, y así apareció el letrero sobre la puerta de la lonja sólo minutos después de que el carro regresara de su primer servicio. Al acto de colgarlo no asistió Efrén, toda la iniciativa fue de Ángelo. Efrén se presentó en la lonja al día siguiente, muy temprano, con dos de los tres foxhound que trajo de Inglaterra -el tercero fue muerto en la cacería de llamas-, vistiendo el llamativo uniforme de cazador de zorros adquirido allá -donde, se suponía, lo había usado junto a los reyes o personajes de esa altura (y es lo que ayudó a hacer más indescifrable su leyenda) – y el magnífico rifle apoyado en su hombro izquierdo. Aquella mañana había matado cinco palomas y una liebre, que colgaban de su canana. A Getxo le asombró el desinterés del amo por el negocio recién estrenado. ¿Qué significó la hirsuta carcajada que se oyó desde la carretera cuando Efrén y Ángelo dialogaban con la puerta cerrada? Algún punto del informe que Ángelo le pasaba había provocado la hilaridad de Efrén; era muy dueño de reírse, incluso de un entierro nuestro, incluso del entierro de un recién nacido, pero a cosas así ya les había acostumbrado Ella y tenían que esperarlas también de su hijo.
Lo que no dejaba de asombrar era la forma que utilizaba la familia para hacer sus cosas, y en esto sí que don Manuel llevaba razón. La apertura de aquella funeraria en San Baskardo constituyó un pequeño acontecimiento, no por el estreno de una en el barrio -a ello la gente se habría hecho pronto- sino por el niño que Efrén metió dentro, aunque en realidad la funeraria nació ya con él, y muchos sostenían que fue un invento suyo. La sospecha no era descabellada, considerando la distancia a que se mantenía Efrén, dejando toda la responsabilidad al crío.
– No era desprecio por los negocios menores -decía don Manuel-. La prueba es que al principio se involucró de lleno en la ramplona compañía de seguros. Pero, cuando dispuso de Ángelo, vimos que no era un fenicio menor sino de altos vuelos. Necesitaba, sí, ganar dinero en esos sus primeros intentos (aunque sólo fuera por crearse una estimación personal), pero lo que realmente buscaba era sabernos. Su madre le habría hablado de nosotros, de nuestros puntos flacos, de dónde hincarnos mejor el diente, y Efrén también quiso vivir este aprendizaje por sí mismo. No hay duda de que se trató de ética profesional.
De modo que, tras su cacería mañanera, entró en la lonja sobre cuya puerta lucía ya el letrero con la palabra funeraria. Es posible que pensara: «Demonio con el indio», y preguntara a Ángelo: «¿Qué me cuentas de ellos?». El primer servicio a los Bukua le anunciaría la insospechada aceptación que iba a tener el negocio. «Demonio de indio», quizá se repitiera. Porque todo fue logro de Ángelo. Él se enteró del fallecimiento del recién nacido y, en vez de esperar a que le llamaran -llamada que no se habría producido-, se presentó sencillamente en Bukuena. Le impulsaría la urgente necesidad de sacar pronto algún provecho de aquel caballo y aquel carro a los que había dedicado lo mejor de sí. Lo de la bata ha de ponerse aparte; ni siquiera a tal niño se le habría ocurrido vestirse con una y, menos, blanca. ¿Acaso los funerarios de Inglaterra usaban bata blanca? La carita angelical emergiendo del blanco introdujo en el mundo de las pompas fúnebres el complemento que, seguramente, venía requiriendo. Poco a poco, en San Baskardo se empezaron a rechazar los marmóreos rostros de los funerarios de Algorta, con sus penosas ropas negras, y a descubrir que en el barrio se disponía de un servicio que parecía puesto por el propio cielo. El último carruaje del Ermo de Algorta circuló por San Baskardo a finales de 1909. La consolidación definitiva en nuestra pequeña comunidad de la funeraria de Efrén se produjo al empezar a oírse: «¿Por qué traer de fuera si lo tenemos en casa?».
En realidad, lo que se aceptó no fue la funeraria de Efrén sino al niño, quien con sus infantiles y gordezuelos rasgos exóticos de indio incontaminado inventó algo merecedor de ser continuado. No lo hizo Efrén, al perder al indio. Ocurrió teniendo éste unos trece años: abandonó simplemente el trabajo, no sólo el de funerario, también el de los seguros. Se retiró cuando su carita empezaba a dejar de ser la de un niño.
Aunque parece que no hay ángeles de trece años, su continuación no habría afectado al negocio como le afectó el nuevo empleado que hubo de contratar Efrén, un tipo normal, ni siquiera con un especial aire de funerario. A San Baskardo le quedó el consuelo de que sí supo lo que podía perder antes de perderlo.
Hasta que en 1922 mi tío abuelo Saturnino no le puso a su hijo americano la frutería y el pueblo le apodó «Boniato», no se empezó a vislumbrar la razón de fondo de aquella deserción. De ser un empleado de Efrén pasó a serlo de Pelento Belarriko, el de los viveros de Belarrane. A Pelento se le había muerto la madre, y el carro, con su blanco conductor celestial, se detuvo ante la casa. Se vio cómo el indio, aún en el pescante, se ponía en pie y miraba con fijeza hacia un punto, y así permaneció un tiempo excesivo, mientras la familia esperaba. Cuando regresó a medias a lo que le había llevado allí, estaba claro que la cabeza la tenía en otra parte. Una vez la caja en el carro, detrás las dos o tres docenas de acompañantes, y el cura y el monaguillo a la cabeza, no subió al pescante sino que se alejó en otra dirección con la expresión hechizada. Le vieron alcanzar los viveros y adentrarse en ellos. Le tuvo que ir a buscar el monaguillo, quien contaría que lo encontró olisqueando los frutales, pasando sus narices de los cerezos a los ciruelos, de las parras a las manzanas, y de éstas a las higueras y a los perales, como siguiendo un rastro, y que finalmente se tendió boca abajo sobre un cultivo de plantitas de fresa con el rostro hundido entre ellas. Una semana después, Pelento lo empleaba en sus viveros.
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