Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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»Desde 1907 había sostenido con Josafat cuatro duelos iracundos, el último dos meses atrás, y le resultaría imposible olvidar la cara roja de odio del orgulloso Baskardo, del que esperaba cualquier perrería. Es posible que hubiera puesto remate al episodio agradeciendo al indio su generosidad y retirándose. Era la reacción más prudente ante el supuesto bocado-cebo que le restregaban por las narices procedente de su enemigo. Pero surgió un elemento nuevo. ¿Qué ocurrió, quizá en aquel mismo momento, en La Galea? ¿Qué nuevo pensamiento tuvo o qué de nuevo le reveló Ángelo? Sería algo como esto último lo que desbarató todos sus recelos. Pero ¿qué? No una noticia cualquiera sino la ú nica capaz de eximir a Josafat de toda sospecha: su ignorancia de quién sería el definitivo destinatario del C é sar. ¿Se lo confesó Ángelo?, ¿por qué se lo confesó? Considera, Asier, que, si lo hizo, no se merecería ya ostentar el título de buen salvaje, por la malicia que entrañaba. El buen salvaje lo soltaría como una frase cualquiera: "Josafat Baskardo Oiaindia aún no sabe que el barco es mi regalo para usted", y Efrén empezaría a pensar en su futura naviera.

»Quizá tengamos un concepto erróneo de la ingenuidad, quizá la ingenuidad sea la Gran Ley que rige la Naturaleza. Quizá el indio tampoco dejara de ser un ingenuo en esta ocasión, sino que, simplemente, se comportó como un buen animalito, por ejemplo, un buen zorro. La reacción de Efrén volvería a ser la de rechazar el barco. Acaso le replicara: "Tú lo necesitas más que yo", lo que era falso, y el propio Efrén lo sabía. Pero le resultaba difícil digerir aquel asunto tan excesivo. No obstante, claudicaría en pocos minutos ante la tozudez de Ángelo, la deslumbrante perspectiva de poder registrar una incipiente naviera y el liberar a su selvático empleado de la carga del monstruo de hierro con el que no sabría qué hacer, ahorrando al mundo el consiguiente desperdicio. Pero le diría: "Cuando empiece a sacarle utilidad, y hasta su desguace, te entregaré una cuarta parte de los beneficios que me produzca", o algo así. No parece que Ángelo lo aceptara. Ah, estoy seguro de que Efrén se lo ofreció, no me cabe la menor duda. Cualquiera, bajo un estupor de ese calibre, habría dejado por unos instantes de ser él mismo. Pero Ángelo ya había elegido las medidas de su agradecimiento, que eran las del barco, entero, sin mengua. Efrén lo intentó. Lo intentó. ¿No me oyes? Lo intentó.

Sin haberse repuesto el notario de la primera visita, recibió la segunda: un Ángelo, con seriedad de hombrecito, portando la carpeta de los documentos y guiando al estricto caballero inglés con bombín. Todo Getxo habría dado un brazo por ver la cara del notario al informarle Ángelo de que, ahora, deseaba regalar el barco a Efrén. Entre una y otra visita, el notario había tenido que enfrentarse al propio Camilo Baskardo, quien le exigió la anulación de la locura de su hijo. «Las escrituras de posesión estaban a nombre de Josafat Bas…», pero Camilo le cortó para explicarle cómo era la personalidad de su hijo, y entonces el notario le recriminó el no haberle regalado por su cumpleaños un reloj de oro en vez de un barco. «Al menos, usted no tenía que haber legalizado tanto esa donación», le amonestó. «Una legalización trae consigo otras legalizaciones.» «Era mi hijo, ¿no se da cuenta? Era mi hijo…», repitió varias veces Camilo Baskardo. Fue el gran aviso de que acababa de clausurarse la luna de miel de seis años disfrutada con su Jaso.

Parece que Ángelo lo soltó de buenas a primeras: «Se lo regalo a este señor». Y el notario, refunfuñando: «Te advertí, pequeño, que careces de poder tanto para recibir el barco como para regalárselo a otra persona. ¿Por qué no te has traído a un tutor, eh?». Ángelo señaló con su brazo extendido a Efrén. «Éste es mi tutor.» «Te entendí que era…» «Lo del regalo viene después de que sea mi tutor.» Y entonces intervino Efrén para preguntar: «¿Puede un tutor hacerse una donación a sí mismo? Sí, puede. Me he informado. De manera que empecemos con lo que nos ha traído aquí».

Surgieron más obstáculos a la hora de registrar a quien no podía entregar sus apellidos, sólo su nombre: Efrén. Llevaba veintiún años soportando esa falta ante las ventanillas oficiales. Pero Ella hacía extensible la línea en blanco del libro parroquial de San Baskardo a los demás órdenes de la vida, que igualmente quedaban en blanco de apellidos; nunca quiso sustituirlos por otros, ni siquiera por los del hombre con el que estaba casada y con el que nunca tendría hijos. La situación se prolongaría hasta 1919, año en que el padre, por fin, reconoció al hijo y don Eulogio del Pesebre pudo llenar la línea en blanco. (Quienes desde 1889 aguardaban aquella ocasión de conocer algo más de la madre, siquiera su apellido -por no hablar de su nombre-, se llevaron otro chasco: una vez escrito BASKARDO, don Eulogio levantó la cara y la miró, esperando, y lo único que le concedió Ella -nos concedió a todos- fue el viaje aburrido de su mirada por la sacristía en busca de un objeto apropiado, y pronunció una palabra, PUERTA, y así supimos que lo había encontrado.) Pero cuando lo del barco, nueve años antes, Camilo Baskardo aún no había reconocido a Efrén y el notario se agarró a ello para impedir la segunda donación. La defensa que hizo Efrén de sí mismo pudo haber sentado jurisprudencia. Sí la sentó para el notario, que fue vencido por sus razones inéditas, aunque ha de insistirse en que el notario se hallaba ante él, no sólo escuchándole sino recibiendo de frente los dardos metálicos de su voz. Y cedió. Más exactamente, se amparó en una cualquiera de las fórmulas, más o menos retorcidas, a las que suelen acudir los de su profesión. Por añadidura, hizo valer la presencia física en su notaría de un ciudadano que, por evidencias demostrables -entre ellas, los libros parroquiales de la iglesia de San Baskardo-, se llamaba Efrén, era perfectamente identificable por el pueblo de Getxo y, ante su presencia -la del notario-, había sido elegido por el dedo del chiquillo como su tutor. El hombre se tomó una semana antes de estampar su sello final en los papelotes -que, en adelante, serían algo así como la Biblia-, empleándola en consultas solapadas a vecinos del municipio, y todos le juraron que, cuando don Eulogio escribiera el primer apellido, éste sería el de Baskardo.

Lo ventilado en la oficina del notario se filtró gota a gota al exterior, de modo que poco se sabía aún al hacer de nuevo aparición los remolcadores. Se corrió la voz y La Galea volvió a llenarse de curiosos, todos esperando la pleamar. Y, de pronto, se oyó la voz de Efrén dando órdenes desde el puente de uno de los remolcadores. Y nada más. «El que quiera puede quedarse a ver cómo se lo lleva, yo no», dijo uno, expresando la desilusión general. Es que se esperaba una prolongación de los enfrentamientos anteriores. La definitiva operación de rescate se culminó sin rivalidades ni contratiempos naturales. El pueblo supo, así, antes de extenderse las noticias del notario, que todo estaba en regla, por pacto, venta, donación, engaño o maldita la razón que fuera. «Se ha salido otra vez con la suya», se comentó. No obstante, casi todos permanecieron en La Galea contemplando el espectáculo marinero del reflotamiento del C é sar. Salió de aquélla con poco más que rozaduras en el casco, y Efrén lo llevó a reparar al astillero de la familia. Meses después, en enero, circuló que nuestro frenesí industrial contaba con una nueva naviera: la Marítima Bilbao.

– Resultó demasiado sencillo -decía don Manuel-. Ni siquiera lo tenía en su punto de mira. Me refiero al barco. Demasiado sencillo. Su madre pensaría, incluso, que humillante. Todo le vino a las manos, sin esfuerzo, por pura chiripa, y, lo que era peor, sin esperarlo. Nada me extrañaría que alguna vez nos enteráramos de que Efrén se excusó ante ella.

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