Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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En cierto modo, don Eulogio no andaba descaminado con Anaconda; le dio la razón lo que ocurrió al desatarse el vendaval de sexo que arrasó Getxo, a sus hombres, en la primera semana de aquel agosto sofocante de 1938. Fue una auténtica cacería de la hembra, de Anaconda; como si la india hubiese liberado de su interior, en forma de estallido, la secreción perturbadora destinada a derramarse por todo el territorio buscando el órgano olfativo de los machos. En todo caso, sólo buscaba a un macho, al maestro, el desencadenante de la locura al salir de prisión aquel 3 de agosto y ser descubierto por Anaconda y provocar su enamoramiento. Resultó excesivo para nosotros; la especie había perdido el hábito de tan pulcra comunicación, quedó denunciado el abismo de milenios entre la indiferente lejanía con que vivió aquello Anaconda y el paroxismo con que lo vivimos nosotros. El delirante acoso a la hembra duró ocho días, los que duró la ola de calor, y don Eulogio pudo vanagloriarse de haber profetizado el advenimiento del reino de Sodoma y Gomorra de manos de la carne de la protegida de la maestra. Pero, en el fondo, se equivocaba: aquello no fue sexo -al menos, no todo; el sexo fue desbordado por la fascinación del enigma que escondía semejante comportamiento; el sexo sólo fue la coartada- sino inquietante presentimiento de una degradación. Por suerte para Getxo, al término de los ocho días de locura, nadie conservó vivencia clara de lo sucedido. La señorita Mercedes, pues, poniendo la ocasión; don Manuel maltratado por una guerra que desmanteló temporalmente su visión del bien y del mal, y yo esperando mi turno de testigo atónito de la escena en que desembocaría la gran confabulación, y ya por siempre mis cíclicas protestas: «¡Cásese con ella, no se destrocen los dos! ¡Ya he crecido y comprendo las cosas!». Y don Manuel: «Mi pequeño Asier, los ojos que contemplaron aquello tenían quince años y ya nunca dejarán de tener quince años». Y yo: «¡Deje de llamarme "pequeño"! ¿No quiere ver que ya no lo soy?».

Josafat Baskardo

Junio de 1907

Aita dice:

– ¡A cualquier cosa le llaman cacería estos aldeanos!

Estamos en el balcón Aita y yo solos. Me sonríe y yo le sonrío.

– Dicen que esos animales son llamas… ¡Bah, simples borricos! Contra nuestros leones querríamos verles a estos aldeanos, ¿eh, Jaso? -dice Aita.

– ¡Contra nuestros leones! -digo.

Es domingo. Getxo anda revuelto desde anteayer. Dicen que Saturnino Altube ha recibido de América un rebaño de fieras hambrientas… – ¿fieras?, ¡ja!…- que se le han escapado y están devorando los sembrados y atacando a las personas. Todos los cazadores de Getxo han salido a cazarlas y les vemos pasar en grupos ante nuestra casa con sus escopetas de perdigones.

– ¡Jaso, descuelga nuestra cabeza de león y tráela a que la vean esos valientes de ahí abajo! ¡Y que los criados vengan con baldes de agua para echársela por la cabeza cuando se desmayen! -dice Aita.

Dejo corriendo el balcón.

– ¿Adónde vas? -dice Aita.

– Al salón, a descolgar… -digo.

– ¿Por qué nunca entiendes una broma, Jaso? Déjalo, sería demasiado para ellos -dice Aita.

– ¡Ninguno se atrevería a venir con nosotros a África!, ¿verdad, Aita? -digo.

– ¡No están hechos de tu pasta, Jaso! Siempre supe que eras de mi misma pasta, que tú y yo haríamos grandes cosas juntos. ¡Siempre lo supe, maldita sea! Estoy muy orgulloso de ti, hijo. Tú mataste a ese león de abajo, no yo. Convéncete de ello. Disparamos a un tiempo los cuatro, pero fue tu bala la que le abatió, no las nuestras. ¡Un tiro maestro! Pocos conservan el buen pulso ante un gran león macho atacándole a uno. ¡El trofeo del salón te pertenece, hijo! -dice Aita.

Aita me habla sin volverse, apoyadas sus manos en el antepecho del balcón y mirando hacia fuera. Es como si me hubiera hablado su espalda… Veamos: estábamos en un claro de la selva y el león rugió antes de dejarse ver. «¿Qué te pasa, Jaso? ¡Es sólo un león!», dijo Aita. Los negros retrocedieron y nos dejaron solos al cazador blanco, a Román, a Aita y a mí. El cazador blanco recogió del suelo mi fusil y me lo puso en las manos, e incluso puse mi dedo en el gatillo. «Puede apuntar hacia aquellos matorrales, señor. El león saldrá por ahí», dijo al cazador blanco. Y añadió: «Apoye la culata en su hombro, señor, y apunte». «No se preocupe tanto. Mi hijo lo sabe hacer perfectamente. ¿No es verdad, Jaso?», dijo Aita. Se apartaron los matorrales y allí estaba… Como en los dibujos a plumilla de mi zoología… Miré a derecha e izquierda, al cazador blanco y a Aita, y allí estaban también, y Román detrás… «Apunta, Jaso, y espera nuestra orden para disparar», dijo Aita. Pensé en Martxel, en su carta, en los tigres que mata en Ceilán, y deseé tenerle a mi lado. ¡Martxel, Martxel! Pero estaba Aita, mirándome a mí y mirando al león. Y pensé en Martxel, mirando a los tigres y mirándome a mí. ¡Yo también, Martxel, yo también! «¿Qué te pasa, Jaso?», dijo Aita. «¡Apunta y dispara! ¡Apunta y dispara! ¿Qué te pasa, Jaso? ¿Es que vas a disparar de rodillas?» Bueno, y yo también disparé. Estoy seguro. ¿Verdad que disparé, Martxel? El gatillo quedó tan hundido en la carne de mi dedo que luego el cazador blanco no lo podía sacar. Aita y Román me agarraron por los sobacos y me levantaron. «Jaso, ven a ver el león que has matado», dijo Aita. Me sostuvo por la cintura para dar los primeros pasos y luego no sé qué les ocurrió a mis piernas, y el león estaba algo más cerca, muerto. Creo. «¿Qué te pasa, Jaso? ¿Por qué no vienes a tocar al león que has matado?», dijo Aita. Él ya lo estaba tocando, y también el cazador blanco, y también Román. «¿Te duele el hombro, Jaso? Estos rifles nuestros son de gran retroceso. Habrá que mejorarlos en el próximo modelo», dijo Aita. Me toqué el hombro, no me dolía. Tampoco recordaba haber apoyada la culata en él. Sin embargo, si yo maté al león, tuve que disparar, y para disparar hay que apoyar la culata en el hombro. Y no lo recuerdo. Es que era mi primer león. Estoy seguro de que Martxel tampoco se acordará de haber apoyado la culata en su hombro al matar a su primer tigre. «¿Estás contento, Jaso? No te hemos pedido permiso para tocar a tu primer león», dijo Aita. Abro el rifle: sí, he disparado, falta una bala. ¡Yo he matado al león!

«-¿Adónde te llevas a mi hijo? ¿Qué vas a hacer con mi pequeño? -dijo ama.

»-Pregúntale a él qué quiere hacer, al fin, de sí mismo -dijo Aita.

»Estamos en el taller del sótano, engrasando los rifles. Ama está en lo alto de la escalera de piedra, en el último peldaño, tiesa, aunque no tanto como antes de…

»-A veces, allí, la vida depende de una gota de grasa en un rifle -dijo Aita.

»- ¡Mi hijo no pertenece a tu mundo de suciedades y asesinatos! -dijo ama.

»-No hay música mejor que la del deslizamiento silencioso de un metal sobre otro -dijo Aita.

»-Sí, sí -dije-, me gusta hacer que resbalen las piezas cubiertas de grasa como los patinetes con los que ella siempre me prohibía jugar en la carretera… ¡Fiu, fiu, fiu…! -Y hago resbalar una pieza sobre otra, y si el roce hace ruido echo más grasa, hasta que ni siquiera se oye un seeeehhhhsssss, hasta que no se oye nada, hasta que todas las piezas del rifle que tengo entre manos parecen de seda. Ella está en lo alto de la escalera esperando de mí que arroje contra la pared los metales del rifle y huya del sótano y me deje conducir por ella a la habitación de mis juguetes de madera, ella siempre me los compraba de madera, mientras que Aita siempre me los compraba de metal. Únicamente con el metal se pueden matar fieras en África, no con la madera. Dice Aita que los negros de África cazan con lanzas y flechas de madera y que siempre mueren varios de ellos antes de cazar su fiera. Martxel también mata tigres con rifle, porque las partes más importantes de los rifles son de metal, y Martxel se encontró en Ceilán con el metal de esos rifles y por eso pudo escribirme aquella carta. Un día se la enseñé a Aita, la leyó y me dijo: "Así se expresan los hombres. Pronto tú también podrás escribir una semejante. Estoy seguro de que la podrás escribir, Jaso. Seguramente, ya podrías hacerlo en este momento". Si le pasé la carta es porque yo podía escribir una igual, siempre que en cada sílaba no dejara de pensar en Martxel.

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