– ¿Eh? -dice Román.
– Me gustaría volver a oler el perfume de las cartas de Fabi -digo.
– ¿Y a quién no? ¡Era un tiempo aún no traicionado! -dice Fabi.
– Sigo siendo el mismo mensajero. Confiad de nuevo en mí -digo.
– Pero, hermano, ¿podrías también restituirme a la Fabi de entonces? -dice Fabi.
– Era un feo animal el que llevaban en el carro -dice Román.
– No permitáis que ella os enmudezca. A ti también te estoy hablando, Román -digo.
– ¿Qué? Si te explicaras claro, cuñado -dice Román.
– Os juro que en este momento se encuentra muy lejos de este balcón. La siento debajo de su cama, asustada de mí -digo.
– ¿Debajo de la cama? -dice Román.
– ¿Cómo me llamo? -dice Fabi.
– Fabi -digo.
– No, yo no soy Fabi -dice Fabi.
– ¿Debajo de su cama? -dice Román.
– No os descubriría. Aunque es una bruja, sé que no ve a través de las paredes -digo.
– Las llamas, o como se llamen, son bichos antipáticos. Me ha bastado ver una para… ¿Debajo de la cama? -dice Román.
– No permitiré que ella os venza -digo.
– ¿Vencernos? -dice Román.
– ¡No permitiré que ella os venza! -digo.
– ¿Cómo me llamo? -dice Fabi.
La maldita mujer sigue en su terraza, mirándonos. No la seguiría llamando maldita mujer si no fuera porque ha hecho huir a Aita. Tampoco llamaría maldito bastardo al maldito bastardo si no fuera por la repentina palidez de Aita al verle en el carro, después de todo un invierno sin saber de él. Quiero que sepa la bruja que ya no es por ella por quien los odio a muerte.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
Estos gritos me despiertan.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
No es una pesadilla más de las que me atacan. Estoy en mi dormitorio, sentado en la cama y despierto y sigo oyendo los gritos… ¿de quién?, ¿del jardinero? ¿Y si los gritos y yo en mi dormitorio y sentado en la cama y la luz que ya se filtra por las cortinas y los bultos familiares que me rodean y la insoportable certidumbre de que la bruja me acecha al otro lado del tabique son prolongaciones de la pesadilla de esta noche en la que alguien se reía a carcajadas viéndome atado a la pata de una cama? Pero resulta que no estoy llorando ni tengo miedo, como en otros tiempos. Ahora, al despertar me siento un hombre. Aunque la pesadilla de turno mantuviera el sudor frío sobre mi piel durante mucho tiempo, soy capaz de secarme las lágrimas a manotazos y saltar de la cama y descorrer las cortinas a tirones para mirar el mundo a plena luz, sin miedo, como un hombre.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
Salto de la cama y descorro las cortinas.
– ¡Los diablos! ¡Los diablos! ¡Los diablos!
No estoy en la pesadilla. Son las siete. Pego la nariz al cristal y miro. El camino de guijo flanqueado por macizos de rosales desde la puerta del jardín a la principal de la casa, está destrozado, como si un gran carro, demasiado ancho, lo hubiese recorrido. ¿Qué es este ruido bajo mis pies? Es como un trueno que no acaba.
– ¡Socorro!
– ¡Dios mío!
– ¡Moriremos todos!
– ¡Sálvese quien pueda!
– ¡Es una plaga del Señor!
Esto oigo. El jardín se llena de criados en camisón huyendo despavoridos hacia los arbustos. El trueno bajo mis pies hace temblar la casa. ¿Es que aún no he despertado de la pesadilla de esta noche? Pero mi cama está vacía. Dicen que también se puede dormir de pie… ¿Se pueden tener pesadillas estando de pie? Me doy de cabezadas contra la pared para despertarme. Nada cambia, no se esfuma el trueno bajo mis pies, ni los gritos. Alguien abre la puerta.
– ¡Hijo, ven, salvémonos!
Es la bruja. También está en camisón. Quiere tomarme de la mano.
– ¡Atrás, falsaria! -digo.
Oh, sí, estoy bien despierto. No saborearía tanto su cara de horror si no lo estuviera.
– ¡Ven con tu ama, que nuestro mundo se está hundiendo! -dice.
Pero ahora no se atreve a tocarme. Se ha parado y me habla:
– ¡Lo sabía! ¡Lo anuncié! ¡Dios había estado con nosotros hasta ahora!
La puerta sigue abierta y me llega mejor el estruendo de abajo que hace temblar la casa. Llega Aita. Detrás de él pasan corriendo Fabi, Román y las criadas.
– ¡Han invadido la casa! ¡Todos al jardín! -dice Aita.
Me saca a empujones del cuarto.
– ¿Qué pasa? -digo.
– ¡Eso pasa! -dice Aita.
Chocamos con las espaldas de Fabi, Román y las criadas, que se han parado de golpe ante las escaleras. Los gritos de las criadas me ensordecen. Sigo el brazo extendido de Aita y veo, abajo, en el hall, el mar de bestias que lo cruzan y recruzan entrando y saliendo del salón, la biblioteca y el comedor. Lo están destruyendo todo.
– ¡Eso es lo que pasa! -dice Aita, aún con el brazo extendido.
– ¡Mi casa! -dice ama.
Román se acerca a Fabi y la abraza.
– ¡No te separes de mí! -dice.
– ¿Cómo ha entrado en mi casa ese rebaño? ¿Quién ha sido el malcriado que lo ha metido? -dice Aita.
De repente, no veo nada.
– ¡Arriba, Jaso, no te derrumbes ahora! -dice Aita, rodeándome con sus dos brazos y poniéndome en pie.
– ¿Qué pasa? -digo.
– ¡Son las bestias de Saturnino Altube! ¿Cómo demonios han entrado en mi casa? ¿Y por qué en mi casa? -dice Aita.
– Dios sabe lo que hace -dice ama.
– ¡Cállate, mujer, por una vez! -dice Aita.
– ¡Ni a la vista del castigo divino admites tu pecado! -dice ama.
– Esto no es cosa de Dios sino de ese Saturnino Altube -dice Román.
– ¿Qué hacemos? ¡No podemos estar aquí parados todo el día! -dice Fabi.
– Estoy pensando -dice Aita.
– ¡Nos van a destrozar también a nosotros! -dice Fabi.
– Cálmate, cálmate… -dice Román.
– Tú sí que me calmas -dice Fabi, apartándose de Román. Y dice-: ¡Mirad las fauces de esos monstruos! ¡Nos van a devorar!
Las siete criadas se ponen a dar alaridos de pavor al oír aquello. Las pezuñas de abajo ya han hundido parte del entarimado y parecen buscar algo y no dejan un solo rincón sin husmear y están acabando con armarios, cristalerías, puertas, alfombras, lámparas y todo lo que pillan. Aún no sé si estoy realmente despierto.
– ¡Socorro! ¡Socorro!
A una de las criadas le ha dado un ataque y se revuelca en el suelo; otras se tiran de los pelos, y todas gritan. Y es como si las bestias de abajo nos descubrieran ahora, y detienen sus carreras y nos miran levantando sus cabezotas.
– ¡Dios mío, son como mil ojos de Satanás! -dice Fabi.
– ¡Nuestros…, nuestros…! -digo.
– ¿Qué quieres decir, Jaso? -dice Aita.
– ¡Nuestros rifles! -digo.
– ¿Os dais cuenta qué bien piensa nuestro Jaso? Unos rifles están en el sótano, otros, colgados en el salón… Pero ¿cómo llegar a ellos? -dice Aita.
– ¡Retirada! -dice Román.
La bestia más grande está olfateando el primer peldaño y enseguida comienza a subir las escaleras, y el rebaño le sigue. Las criadas se lanzan despavoridas hacia atrás, nos desbordan a Aita, a Fabi, a Román, a ama, a mí, pero vamos tras ellas.
– No tengo miedo, soy inocente -dice ama.
– ¡No seas imbécil y corre! -dice Aita.
– ¡Nos alcanzarán! -dice Fabi.
– ¡Lo cierto es que nos persiguen los malditos! -dice Román.
El estruendo ha cambiado de sonoridad, pues ahora las pezuñas pisan la escalera y no dejarán nada de ella. Todos nos lanzamos como liebres por el corredor.
– ¡A esta alcoba! -dice Román.
– ¡No, al piso de arriba, hasta el tejado! -dice Aita.
– ¿Y cómo bajaríamos?, ¿cómo saldríamos de la casa? -dice Román.
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