Luego cerró los ojos y al presentir su llegada buscó a su alrededor ansiosamente.
Era como una sombra nacida de las sombras que avanzaba sin prisas por el borde del tepuy sin miedo a que un traspiés la lanzara al abismo, y le costó un gran esfuerzo reconocerla pese a lo extraordinariamente familiar que le resultaba su figura, aunque cuando tomó asiento frente a ella no le cupo ya duda de quién era.
— ¿Quiere esto decir que estoy muerta? — inquirió roncamente.
— En cierto modo… ¿Te sorprende?
— Nada puede sorprenderme ya. pero he llegado hasta aquí en busca de un dios y no esperaba encontrarme contigo… — La observó largamente tratando de captar los minúsculos y casi imperceptibles detalles que las diferenciaban, y que incluso a ella misma le costaba trabajo descubrir —. ¿Por qué tú? — añadió.
— Porque ya has comprobado que no hay sitio para ti en el mundo de allá abajo… Adondequiera que vas llevas contigo la desgracia, y lo lógico es que te quedes aquí, con Omaoa.
— ¿Crees que lo harás mejor?
— Sí.
— ¿Cómo lo sabes?
— Lo sé, y es suficiente… — Hizo una pequeña pausa y alargando la mano añadió —: ¡Mira esto…!: es un diamante… Por aquí hay docenas; tal vez cientos… ¿Qué harías con ellos?
Yáiza cogió la piedra y la observó. Tenía el tamaño de una nuez grande, e incluso a la escasa luz de las estrellas lanzo infinitos destellos cuando lo hizo girar entre sus dedos. Al fin se lo devolvió encogiéndose de hombros:
— No haría nada… — admitió —. No me interesan los diamantes.
— En eso estriba el problema… Pero fíjate bien: es grande, azul perfecto, y vale, sin duda, una fortuna… Con unos cuantos como éste seremos ricos para siempre.
— Yo no quiero ser rica. Lo único que quiero es volver a Lanzarote.
— ¡No! Tú no quieres volver a Lanzarote… Tú quieres volver a aquel Lanzarote en que el abuelo Ezequiel te contaba historias maravillosas y papá te dejaba sentarte en sus rodillas… Pero el abuelo ha muerto. Y papá ha muerto… Y aquel Lanzarote también ha muerto, y como sabes que nada de eso puede comprarse con diamantes, no te interesan los diamantes… Por eso tienes que quedarte ahora aquí arriba para siempre.
— No es justo.
— Sí lo es. Siempre deseaste llegar hasta este tepuy. Era tu meta y estás aquí, pero para conseguirlo dejaste el camino sembrado de cadáveres… ¡Bien…! Tu sueño se cumplió, pero ahora no te queda adonde ir.
— No lo hice a propósito.
— ¿Estás segura…? — Le miraba con dureza; aquella dureza que ella jamás había poseído y que era uno de los detalles que más las diferenciaban —. ¿Estás segura? — repitió.
— Fueron las circunstancias.
— Pero tú nunca te paraste a pensar hasta qué punto eras capaz de provocar tales circunstancias. Creías que tu destino estaba en la cima de este tepuy y de alguna forma aprendiste a forzar ese destino, pero ahora te espanta cuanto obligaste a que sucediera, ¿no es cierto?
— Era una niña.
— Y aún continúas siéndolo, y por eso te quedarás donde nunca más causes daño. Esperarás aquí a tu dios Omaoa y yo descenderé sin ningún «Don», pero con las manos repletas de diamantes. Y ya no provocaré inquietud, sino seguridad, y no llevaré conmigo la desgracia, sino alegrías, y Asdrúbal y Sebastián no tendrán que sacrificar eternamente sus vidas protegiéndome.
— ¿Te gusta ese papel?
— No se trata de que me guste o no, sino de que es el que en estos momentos me corresponde. El tuyo puede que fuera más hermoso, pero ya no tenía futuro y ha llegado el momento de que coja el relevo.
— ¿Qué debo hacer?
— Lo que he hecho yo todo este tiempo: permanecer oculta en un rincón hasta que llegue un día, tal vez cuando seamos muy viejas, en que se nos permita vivir juntas. Por ahora no es posible.
Comprendió que tenía razón; que todo había acabado y había llegado al final de su camino, y poniéndose pesadamente en pie, Yáiza, la que «atraía a los peces, aplacaba a las bestias, aliviaba a los enfermos y agradaba a los muertos», se alejó por el borde del tepuy, y muy poco a poco se fue diluyendo en las sombras de la noche a la busca de un dios, que la estaba aguardando en algún lejano rincón del Universo.
Yáiza la observó hasta que desapareció por completo de su vista, advirtió que un profundo vacío y una honda amargura la invadían, pero apretó con fuerza el puño que guardaba el inmenso diamante, y musitó como si ello pudiera compensarle por todos los sueños e ilusiones que perdía:
— Se llamará Marádentro, y será mundialmente famoso.
Luego lloró por última vez calladamente.
Lanzarote, marzo 1985