Alberto Vázquez-Figueroa - Maradentro

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Apasionante final para la trilogía. Los Perdomo Maradentro son una familia que huye de Lanzarote para rehacer su vida en tierras venezolanas. En ese lugar, siguen sucediéndose inesperadas situaciones por ese particular hechizo que Yáiza ejerce sobre los hombres.
Tras varios cambios de morada, finalmente se instalan en la Guayana venezolana donde, la hermosa Yáiza vivirá una mágica transformación.

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El viejo tallador holandés no había visto cumplido su deseo de alcanzar aquella particular forma de inmortalidad, pero aún resultaba posible que después de tantos años su sueño se hiciera realidad, porque su hijo estaba convencido de que en la perdida mina encontraría una de aquellas «piedras» portentosas a las que se concedía el privilegio de ser bautizadas con el nombre de su descubridor, y él no cometería el error de Jaime Hudson. que consintió que la fabulosa gema que había encontrado y que en un principio se llamó «Barrabás» fuera rebautizada más tarde, por absurdos intereses políticos, con el nombre de «Libertador de Venezuela».

Bolívar tenía ya de por sí suficiente gloria sin necesidad de arrebatársela a un pobre minero que lo único que había conseguido en la vida era aquella hermosa «piedra», y si de algo podía estar seguro el mundo, era de que «El Van-Jan» llevarla ese nombre pasara lo que pasara incluso «más allá del día en que el Universo saltara al fin hecho pedazos».

La capacidad de perdurar en el tiempo y en la historia de los diamantes llegaba a ser tan asombrosa, que un tallador holandés, Lodewijch Van-Berehen. continuaba siendo recordado trescientos años después de su muerte tan sólo porque había sido el cortador de dos «piedras» famosas: «El Sancy». y el «Gran Duque de Toscana», y nadie sabría ya que Thomas Hope fue un riquísimo banquero de su tiempo, de no haber sido porque le dio nombre a «La Joya Maldita» que había traído la desgracia sobre las cabezas de todos sus propietarios.

Y ahora él, Hans Bachaco Van-Jan, mulato desarraigado que jamás quiso atravesar el ancho Orinoco para evitar las burlas de quienes despreciaban su mezcla de sangre, se encontraba a la vista del lugar en el que le aguardaban «piedras» que nada tenían que envidiar a aquellas que eran ya legendarias y por las que cientos de hombres habían robado y miles de mujeres se habían prostituido.

«Mañana seré rico», escribió bajo la última frase de su padre, y continuó su marcha, como el más alegre niño en vacaciones hasta que a media tarde le detuvo una mole de piedra negra que parecía nacer de las mismas raíces de los árboles y que se perdía en un cielo de blancas nubes algodonosas que jugaban a esconder su cima para que ningún extraño pudiera adivinar el hermoso secreto que allá arriba se ocultaba.

Se torció el cuello mirando hacia lo alto, y le angustió comprobar que la pared de la roca amenazaba con venírsele encima, lisa y pulida, lustrosa y brillante, limpia y patinada, porque los vientos y las lluvias de millones de años se habían entretenido en convertirla en la más gigantesca de las joyas.

Era como un cristal pulimentado a mano, o como la piel tersa y sedosa de su primera amante jamaiquina, y aunque se le antojó que ni siquiera un lagarto podía trepar más de diez metros por semejante superficie, recordó que cuarenta años antes dos hombres lo habían hecho y se aferró a la idea de que en tan corto espacio de tiempo ni el viento ni la lluvia podían haber destruido la ruta de McCraken.

Comenzó por tanto a rodearla muy despacio, con la mirada atenta a cada reborde y cada grieta, acariciando a veces la tibia y negra roca, palpando su fuerza y su textura, buscando percibir a través de la palma de su mano la vida que sin duda latía en el profundo corazón de aquella montaña que era ya para él como una hermosa mujer que se resistía a entregarse, y se movía a su alrededor mimándola y habiéndole, decidido a violarla en cuanto descubriera su punto débil. allí estaba, a más de veinte metros de altura; una estrecha cornisa casi invisible desde el suelo pero que parecía ceñirse firmemente a su cintura, ascendiendo en un ángulo de unos cuarenta grados, hasta perderse de vista hacia lo alto. una vez más se admiró del coraje y la astucia de aquellos dos locos prodigiosos, porque llegó a la conclusión de que no había más forma de alcanzar la parca repisa, trepar hasta la copa de un alto paraguatán cercano, para lanzarse, desde una de sus ramas, al vacío.

— ¡Le echaron bolas! — masculló francamente asombrado —. ¡Le echaron bolas y se ganaron a pulso sus diamantes, pero si tuvieron coraje suficiente para hacerlo, a mí me sobra!

Caía la noche y durmió recostado en el tronco del paraguatán como si temiera que aprovechando la oscuridad alguien pudiera arrebatarle aquella escalera que habría de conducirle a la gloria y la fortuna, y fue tan profundo y placentero su sueño, que ni siquiera prestó atención a los rugidos de un jaguar encelado, ni a las mil voces de una selva eternamente insomne.

El amanecer le sorprendió trepado al árbol, el primer rayo de sol le hirió en los ojos cuando se deslizaba con paciencia de iguana por una ancha rama que llevaba años pugnando por conseguir acariciar la lisa pared de roca, y los «diostedé» iniciaron su canto matutino en el instante en que tensó hasta el último músculo de su fibroso cuerpo y se lanzó al vacío.

Había dejado junto al paraguatán el rifle y la mochila y le colgaban del cuello las botas para que sus descalzos pies se adhiriesen mejor al suelo de la cornisa, pero aun así el impulso del asalto le obligó a rebotar contra la pared, y a punto estuvo de salir despedido y precipitarse de espaldas al vacío.

Tuvo los reflejos necesarios como para lanzarse al suelo aun a riesgo de partirse un brazo o una costilla. En el último instante descubrió una diminuta grieta en la que engarfió los dedos que estuvo a punto de arrancarse de cuajo, y permaneció luego muy quieto durante un tiempo infinito saboreando la sangre que le manaba de un ancho corte en la frente, venciendo el dolor de su brazo aplastado, y contemplando a menos de una cuarta de distancia sus dedos desollados.

Sonrió. Se había lanzado sobre «su montaña» y «su montaña» le había recibido.

Cuando al fin tomó asiento con las piernas colgando en el vacío se anudó el pañuelo en la frente para contener de algún modo la hemorragia, se palpó el brazo magullado, y se lamió insistentemente los dedos antes de colocar la palma de la mano sobre la negra roca y sentirla latir afirmándose en su primitiva idea de que aquella montaña respiraba.

Existen pocos momentos en la vida de un hombre en los que pueda sentirse por completo satisfecho de sí mismo, pero aquél fue sin lugar a dudas el gran momento en la vida de Hans Van-Jan; momento en el que incluso olvidó todas sus frustraciones de bachaco por el que ni siquiera sus padres experimentaron jamás un auténtico aprecio. Para el viejo holandés nunca fue en realidad más que un bastadito hijo de una putita trinitaria, y para su madre «un accidente» que siempre parecía estar echándole en cara el haberle traído al mundo, pero ahora, sentado allí, sobre aquella hermosa montaña cuyo corazón no podía ser otra cosa que el más gigantesco de los diamantes, al mulato no le importaron sus orígenes, ni los desprecios que siempre había recibido por su aspecto, ni el rechazo de cuantas mujeres pretendió que le amaran, ni aun la deserción de unos hombres que demostraron sentir por él tan poco afecto que a la primera dificultad le abandonaron.

Ahora A, ti Bachaco, podía equipararse al más poderoso de los reyes de la Tierra, porque tenía su negro culo aposentado sobre una fortuna que baria palidecer de envidia al mismísimo Gran Khan que reviviera, y estaba convencido de que aquella montaña te amaba con el mismo amor que él había sentido por ella desde el instante en que la vio.

Imaginó luego la cara de Jimmy Ángel cuando descubriera que le habla arrebatado limpiamente un tesoro que creta suyo, y cómo le obligaría a tragarse sus palabras de desprecio de aquel día en que le ofreció ser su socio y se negó.

— ¡Comerás mierda, «gringo»! — musitó sonriente —. Comerás mierda y te comerás el hígado el día que te permita ver mis «piedras».

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