En aquel viaje nos encontramos también con otros perros niños como nosotros —o que me parecieron serlo. Vagaban por el barrio y los descampados, tirados al sol junto a las zanjas, incluso se los veía obedecer a algún amo que los llamaba. Los vi también dentro y también bajo el umbral de la entrada de algún rancho, compartiendo el espacio con sus amos humanos. La mayoría de los que vimos se encontraban semi desnudos. Algunos también estaban vestidos pero la postura física y el abandono en medio de los pastizales o contra las chapas de algún rancho revelaban su condición. Encontrarnos en un espacio externo al del parque fue tomar conciencia de la propia comunidad, descubrirnos como una multitud con tareas específicas y conductas autónomas. Formábamos un pueblo. Niños que desnudos vagaban en cuatro patas por el campo o se tiraban a lamerse la sarna bajo el sol. Perros que pelados y sin cola se metían en las casas buscando un amo que los cobijara.
Pasados algunos días, el resto de mis compañeros se había perdido por distintos rumbos y me daba cuenta de que estaba solo. No sé cómo regresé al parque, seguramente debieron haber pasado algunos días. Por entonces no tendría más de seis o siete años. Al entrar escarbando por debajo del alambrado, me sorprendió la devastación como si nunca la hubiese visto antes. Los pastizales crecidos dejaban ver solamente el lomo de los pocos perros niños que habían quedado, el resto de la extensión estaba cubierta por bolsas de basura despedazadas.
Al verme, mi padre me ató a un árbol y me tuvo durante una semana sin comer. Yo sólo pensaba con qué palabra demostrarle a mi padre que era un ser humano. La necesidad de mostrarle a mi padre quién era, me inquietaba. No sabía muy bien por qué pero lo que de fondo temía era la traición por la que ahí donde deseaba la palabra que suture el malentendido de haber sido tratado como perro, apareciera involuntario, desde más allá de mí mismo, el aullido definitivo.
Terminada la semana, mi padre me arrastró con una cadena hacia el sótano de la casa. Allí dentro, el castigo logró efectos épicos. A partir de esto no tengo nada demasiado claro. Puede ser, no estoy seguro, más bien imagino aquel castigo como variable marginal de la única certeza que me queda de aquel momento: el terror irracional de que mi padre me hubiera encerrado con el único fin de obtener alguna reproducción a los fines de vender la cría a alguna familia adoptiva. Tuve que haberle suplicado que no lo hiciera, quizás haya comenzado a llorar y a gritarle, pero, claro está, no hacía más que ladrar y aullar y mi padre no pudo comprenderme. Ahí comienzan mis dudas y confusión, sosteniendo una perfecta inmovilidad y manteniendo un silencio completo y radical, no sé cuántos días y noches sobreviví en aquel encierro, intentando resistir a mis delirios afiebrados y a las llagas de mi cuerpo, hundiéndome en esas lagunas de la existencia que omiten todo aquí y ahora.
¿Entenderá usted de lo que le estoy hablando?, ¿entenderá lo que tuvo que haberme costado hacerme humano? Un día desperté en un cuarto cerrado bajo llave, con la ventana clausurada y constantes penumbras, en una ciudad que más tarde sabría que se trataba de Berlín. Al rato de despertar, un hombre y una mujer entraron, intentando comprender el cuadro con el que se encontraban. Usted me podrá decir que los gruñidos que entonces creí escuchar y eso que entendía como ladridos eran el alemán que mis instructores hablaban y con el que en ese momento se dirigían a mí diciéndome seguramente que no me asustara, que me quedara tranquilo, que desde entonces esa sería nuestra casa. Pero no estoy hablando de eso. Lo sé porque después, durante toda mi vida, no he dejado de vivir la misma situación, hombres y mujeres que se dirigían a mi persona gruñendo y ladrando como perros. No se trataba de un problema de incomprensión de la lengua alemana ni de una mala comunicación en cualquier otra, ni en ese momento ni después. El problema no es tanto la continuidad animal entre hombres y perros, ni qué hacer con esa conexión cuando las metáforas se gastaron. No, el problema es que los hombres hablan siempre como si estuviesen comiendo mierda, del mismo modo, exactamente de la misma forma que los animales que he conocido en mi infancia.
Fue ese el momento en que comprendí que hablar es en sí mismo una sutilización del acto de comer mierda, un mismo acto más o menos abstraído y alienado de sí mismo, que sólo puede remitir a la monstruosidad de los hombres lobos. Me dirá usted que para entenderlo hay que verlo. Pero sí, sí: todos lo ven cotidianamente, le respondo. Vemos a nuestros seres más cercanos, nos vemos a nosotros mismos masticando algo que de algún modo nos es robado, como si en verdad no fuese posible hablar sino habiéndonos sustraído en algún momento de nuestra antropología nuestra propia defecación, sin perder el hábito todavía de continuar moviendo la boca de la misma forma. Hablamos como si no pudiésemos borrar la dolorosa cercanía entre el acto de hablar y comer. Y a la vez, por ello mismo, como si no pudiésemos hablar y en el mismo acto dejar de comer. Ni yo ni nadie está liberado de esa condena, lo veo continuamente en mí, hablo como si hablar fuese en sí mismo el acto físico de comerme las palabras. Siempre tuve claro los motivos acerca de por qué ya no me atrevo a probar bocado como también por qué dejé de cagar, lo que no termino de comprender es si esas son las mismas causas que me impusieron durante toda mi vida este tartamudeo constante.
Desde el terror que sentí enfrenté la situación, aprendí a seguir el juego, no armé ninguna escena histérica, no grité ni pataleé, dejé que me sacaran del lugar, me bañaran y dieran algo para tomar. Siempre se comportaron conmigo como con un hijo al que amaron como propio, pero cómo actuar frente al abismo ontológico que me separaba de ellos. Hice lo que me decían que hiciera, actué como creía que ellos esperaban que actuara, pero siempre desde la distancia. Dijeron llamarse Beatriz y Daniel pero que preferían que los llamara tíos. Debía obedecer sus órdenes para que mi padre se mostrara satisfecho con mis progresos. Desde entonces viviríamos juntos y nuestra finalidad sería convertirme en un chico.
Lo primero fue ayudarme a vestir y a sostenerme parado en dos patas. Fue un aprendizaje lento y difícil. Por más ropa que llevara encima no podía dejar de sentirme desnudo. Si bien alcanzar una mínima verticalidad era sencillo, lo difícil eran las ganas de arrojarme y andar por el piso. Las presiones nunca terminaban, y aunque verdaderamente lo hubiese querido, aun renunciando a mis rituales más íntimos, todos mis esfuerzos hubiesen sido vanos y ridículos, ya que actuando como niño no dejaba de actuar como animal. Me pedían que me parara en dos patas como cualquier chico de seis años y yo me paraba en dos patas, me pedían que utilizara el cuchillo y el tenedor y yo usaba cuchillo y tenedor, y todo lo que me pedían lo hacía sin el menor esfuerzo, pero esa absoluta falta de esfuerzo significaba que no dejaba de ser lo que era, porque entonces nada cambiaba con respecto al que yo había sido en el parque junto a mis compañeros. Nada estaba aprendiendo, en nada podía progresar.
Un día me cansé de hacer de niño, pero entonces la revelación de mi propia estafa se me mostró en todo su esplendor. Quería mostrarles a mis instructores y a mi padre que no podía ni sabía cómo volver a ser niño, pero todo lo que hacía irremediablemente era interpretado por ellos como un avance en mi recuperación. Si me negaba a comer con los utensilios utilizando sólo la boca, si me quedaba dormido en el piso, si me negaba a vestirme para andar desnudo por la casa, si me la pasaba andando en cuatro patas, mis instructores decían: hay que dejar al niño hacer cosas de niños. Si defecaba en el comedor de la casa y luego comía mi mierda o si me escapaba a la calle persiguiendo alguna perra o entretenido con el cadáver de algún animal, mis instructores decían: pobre niño, pero no hay que preocuparse, tiene los problemas que tienen todos los niños.
Читать дальше