Pablo Farrés - Literatura argentina

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Niños perros, un agente literario que consigue publicar con nombres consagrados lo que Rodenlan, (¿un enfermo mental?) copia y reescribe de memoria, escritores reconocidos que desconocen su propia obra, jóvenes poetas que se apropian de sus maestros, (…)
Literatura argentina genera un mecanismo donde alguien o algo exhibe su imposibilidad de transformación a la vez que despliega toda su potencia transformadora. Esa tensión irresoluble cuyo campo absoluto es el lenguaje segmenta el universo demencial de esta novela. Carlos Ríos y Mariano Dubin en Bazar Americano

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Rato después, uno de los asistentes cavadores encontró otra mano derecha. Al tomar las dos manos derechas, aun reconociendo diferencias entre ambas, mi padre no pudo identificar cuál correspondía a mi madre y cuál no. Lo mismo ocurrió con otras piernas, pechos y mandíbulas halladas posteriormente. El cuerpo de mi madre iba adquiriendo diversas formas que entendíamos como inequívocas formas del cuerpo de mi madre. Aunque quizás en ningún momento encontramos a mi madre.

En un momento, mi padre les dijo a sus asistentes que desde la muerte de aquella mujer no dejaba de soñar que era montado por un perro. Mi padre se encontraba con las rodillas y las palmas de las manos apoyadas sobre una superficie de barro, con el aliento y los jadeos del perro en la nuca, sintiendo las garras clavadas en su espalda. En esa situación tenía la certeza de que se trataba siempre del mismo perro, que era el que mi padre más amaba. Abraxas era su nombre. Mi padre no sabía por qué, pero el hecho de que en sus sueños fuera Abraxas el que se lo montaba, le facilitaba entregarse sereno a la pija endurecida del perro. Cuando Abraxas lo penetraba, el cuerpo de mi padre se relajaba y el ano parecía ceder. Cuando sentía la guasca caliente de Abraxas, a mi padre se le paraba la pija y acababa casi en el mismo momento que su perro. Sin embargo, según mi padre, Abraxas no terminaba de montárselo, sino que desde ese momento parecía que la pija de Abraxas atravesaba cierto umbral físico, cierto límite del dolor. Entonces mi padre, según mi padre, giraba la cabeza por encima del hombro esperando encontrarse con Abraxas. Sin embargo, en ninguno de sus sueños, mi padre, según mi padre, se encontraba con la cara de Abraxas. Siempre se trataba del mismo perro que cada vez presentaba un rostro distinto, a veces se trataba de rostros de distintos perros, otras de diferentes animales, pero también solía suceder que entonces mi padre se enfrentaba al rostro de la que había sido su mujer. En otras ocasiones el perro que se montaba a mi padre tenía la cara del presidente, otras veces la de Heidegger como también la de Perón, otras la de Juan Pablo Feinman y la de Firmenich, incluso rostros que no recordaba jamás haber conocido. A mi padre le sorprendía que el perro que se lo montaba cada noche fuese siempre un único y mismo perro y sin embargo que su rostro fuera diferente una y otra vez. Al parecer, mi padre creía soñar cada vez con una entidad diferente pero en el límite entre el sueño y la vigilia reconocía, para su extrañeza, que se trataba del mismo perro. Si bien había llegado a algunas conclusiones provisorias, no estaba seguro de cómo interpretar aquellos sueños —les decía mi padre a sus asistentes.

Durante las excavaciones, mi padre se sentía confundido. Si estábamos en el campo, les decía a sus asistentes cavadores que mi madre debía estar enterrada en el parque, pero si estábamos en el parque les decía que debía estar enterrada en el campo. Sin embargo, tanto en el campo como en el parque, cada vez encontrábamos a mi madre pero siempre despedazada en formas distintas, reuniendo cada parte en un único cuerpo que siempre era otro. Hasta que, desde luego, no encontramos ni en el campo ni en el parque el cadáver de mi madre, por lo que entonces dejamos de buscar el cadáver de mi madre. Detrás nuestro, el parque había quedado destrozado, lleno de pozos de más de uno y dos metros de profundidad.

Esa vez, antes de retirarse, mi padre le preguntó a uno de los asistentes cavadores si alguna vez había visto a aquella mujer en la casa Rodenlan.

5

Ese mismo día, aprovechando que ya no quedaba nadie en el parque para vigilarnos, nos escapamos en jauría.

Necesitábamos un afuera de la comunidad que formábamos, nuestras fuerzas y potencialidades excedían el límite del perímetro del parque. Resultó difícil seguir algún rastro u orientarnos por alguna dirección en la noche del desierto. Algunos se perdieron olfateando carne de vacas muertas en alguna parte, otros se retrasaron husmeando en bolsas de basuras dispersas a uno y otro lado. En general los que buscaron en la basura hicieron un recorrido más bien corto, tomaron las bolsas y las arrastraron de regreso al parque. En el camino dejaron un reguero de cáscaras de naranja, cajas de vino, yerba, pañales, latas, trapos. El resto marchamos lo más rápidamente posible hasta encontrarnos con los primeros ranchos.

Enseguida nos topamos con una perra en celo a la que algunos comenzaron a seguir. No era una perra niña de las que criaba mi padre. Era una perra, sólo una perra que parecía todavía mantener ciertas características de la raza ovejera alemán, aunque más bien lejanas. Lo que entonces me sorprendió fue la violencia del deseo de mi grupo sobre aquella perra, porque si bien antes en el parque no medían ningún impulso en relación a la perra niña que pretendían montar, esta vez parecía que el hecho de tratarse de una perra pura sin traza de humanidad encima, los arrastrara a una vorágine de sangre, mordiéndola en la cabeza y en todo el cuerpo mientras la penetraban en dos patas. La perra ya estaba muerta y las penetraciones todavía no habían terminado, incluso ciertas partes del cráneo y el lomo ya habían sido arrancadas a mordiscones mientras otros compañeros del grupo continuaban la penetración.

Lo mismo había sucedido antes, cuando para llegar a someter a la perra, nuestro grupo debió imponerse en la pelea que se había iniciado con los perros que ya estaban cortejándola. El hecho de tratarse de perros sin humanidad parecía enfrentarnos a una amenaza radical de lo que nosotros mismos éramos, sin poder responder de otra forma más que eliminando con la misma radicalidad la pregunta, la semejanza en cuanto perros y la diferencia en cuanto niños. Actuamos en grupo como nunca lo habíamos hecho, como si al enfrentar a perros que en nada diferían de nuestra condición —salvo por el hecho de que nosotros estábamos desnudos y ellos cubiertos de pelos, que nosotros todavía poseíamos dedos y ellos garras, una cola amputada o pelada y ellos una cola larga y peluda, y algunos otros detalles de ese tipo— nos enfrentáramos a lo que no podíamos ser. En la semejanza más clara —estar en cuatro patas, emitir los mismos gruñidos, repetir los mismos rituales, utilizar la boca como guía y motor de todo movimiento—, lo que se mostraba era la diferencia radical. Esa diferencia era nuestra humanidad pero era esa humanidad la que había que superar para ser lo que nunca llegaríamos a ser.

Nunca fuimos humanos pero tampoco fuimos gusanos ni ninguna otra cosa, no éramos pajaritos, lauchas, hipopótamos, jirafas, garrapatas, ni perros, no éramos nada. Lo más fácil fue hacer lo que hicimos: andar en cuatro patas, sostener nuestro gusto por la desnudez, insistir en el goce de comer la propia mierda, retener la fascinación ante la muerte de otros iguales a nosotros, comernos los cadáveres de nuestra especie, jugar con ramitas y huesos, aullar o gruñir ante determinada situación de temor o peligro. Eso implicaba habitar una incertidumbre, instalarnos de lleno en ese espacio entre lo que es y lo que no es, aprender a ser en el modo de no ser. Hablar de perros niños es una facilidad para entendernos. Parezco un ser humano pero no soy humano, actúo como un gusano pero no soy un gusano, más bien soy un zombi. Ni vivo ni muerto. No un sobreviviente, sino un sobre-muerto.

Cuando alcanzamos las zonas más pobladas nos encontramos con niños de nuestra edad y ante ellos actuamos con indiferencia, sin sorprendernos del hecho de verlos caminar en dos patas ni el escucharlos hablar articulando cada palabra, como si no reconociéramos en ellos ninguna amenaza pero tampoco ninguna relación. Nuestra amenaza eran los perros y no los niños porque de fondo los perros nos venían a mostrar la imposibilidad radical de ser aquello que no podíamos dejar de ser. En cambio los chicos que veíamos jugar en los descampados de los primeros villeríos, no nos exigían nada. Éramos niños como ellos, pero ya habíamos dejado de serlo. En cambio los perros eran lo que debíamos ser y todavía no éramos, o bien éramos perros en la forma de lo imposible. Por ejemplo, si bien la postura corporal fue acomodándose lentamente a la horizontalidad del lomo, nunca alcanzamos en el desplazamiento la suficiente velocidad como para divertirnos corriendo las ruedas de los carros que veíamos pasar. Otro ejemplo, si bien la cercanía de nuestro rostro con respecto al piso posibilitó cierta exacerbación del olfato, de ningún modo podríamos competir con ningún perro faldero que pudiera regresar a su hogar siguiendo los olores, nosotros perderíamos inmediata e inevitablemente cualquier rastro olfativo.

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