Angélica Dossetti - Querido Milo

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Esta es la séptima novela protagonizada por Ema, quien ya tiene 17 años y acaba de recibir un fuerte golpe: a su adorado amigo Milo le han diagnosticado leucemia y para sobrevivir necesita urgente un trasplante de médula. Pero este tiene un precio que su familia no puede costear. Con sus amigos, Ema decide ayudar a buscar los recursos económicos que no hay. Saben que están contra el tiempo y para ello se contactan con toda clase de personas.Pero el grupo chocará con una realidad que les era desconocida: a la gente no le conmueve el sufrimiento humano y no está dispuesta a molestarse por aliviarlo. Además, la burocracia impide llegar hasta quienes podrían hacer algo.

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–¿Cuánto era? –Sofí me miró como si no hubiera escuchado nada de lo que había explicado.

–Doscientos millones, mínimo. –Yo tenía la mirada clavada en el piso de cerámica blanca.

–Eso es mucho... No veo el modo de conseguir tanto dinero... –Gera miraba hacia el cielo raso–. Por muchas completadas y bingos que hagamos. No podremos, es mucho.

–Hay que hablar con alguien del hospital... Tal vez el director médico nos podría ayudar. –A Cote se le iluminó el rostro por un instante.

–¿Y cuál podría ser esa ayuda? –La miré fijamente.

–Ordenando que se le haga el trasplante lo antes posible, o qué se yo. Es el director médico, debería tener autoridad.

En medio del silencio de la sala de espera, permanecimos reflexionando durante unos minutos que se nos hicieron eternos.

–Hoy ya es muy tarde. Mañana temprano vendremos a hablar con el director –ordenó Cote, y nos fuimos del hospital con los ánimos lastimados de muerte.

Al día siguiente nos reunimos a las ocho de la mañana en la estación del metro más cercana al hospital. Era un soleado día de agosto. Caminamos las tres cuadras de distancia y, sin que nos diéramos cuenta, ya estábamos en el último piso del edificio central, lugar en donde supuestamente estaban las oficinas del director. Cruzamos la puerta que tenía más aspecto de pertenecer a la jefatura.

–Buenos días, señorita, ¿podemos hablar con el director? –le pregunté a la secretaria, tratando de poner mi mejor cara.

–Buenos días. ¿Tienen cita?

–La verdad es que no –respondió Gera.

–Un compañero nuestro está hospitalizado aquí –interrumpió Cote– y queremos hablar sobre eso.

–El doctor Montenegro no atiende a nadie sin una cita previa. –La mujer nos miró como si fuésemos bichos raros.

–Es importante –insistí.

–Lo siento –hizo una mueca de impotencia fingida al tiempo que encogía los hombros.

–Entonces, por favor, denos una cita. –Gera se adelantó unos pasos para quedar apoyado en el escritorio color caoba de la secretaria.

La mujer nos lanzó una mirada sarcástica y aparentemente comenzó a revisar la agenda en su computador.

–Tendría que ser el treinta de abril –dijo, sin siquiera mirarnos.

–¡¿Quéee?! –preguntamos en coro.

–Disculpe, señorita, pero, ¿no le parece que es mucho tiempo? Son más de ocho meses. –Cote enrojeció de ira y sus ojos parecieron estallar.

–Es lo único que tengo, el doctor es un hombre muy ocupado.

–Discúlpeme, señora, pero ¡¿usted cree que somos tontos?! Es el director médico, no el Papa, como para que tengamos que pedir una reunión con él con un año de anticipación. –Le hubiera agregado unos pocos garabatos porque sentía mi furia hervir como en una olla a presión, pero me contuve–. ¡Si cree que somos tan poca cosa como para hablar con su jefe, mejor se limita a decirnos que no recibe público, pero no nos trate como estúpidos!

–Calma, Ema, tranquila. –Gera me tomó por un brazo y me apartó del mesón–. Discúlpela, señora, es que nosotros no contamos con tanto tiempo.

–Lo siento, pero no puedo hacer nada más por ustedes.

La mujer nos lanzó una mirada inexpresiva, se acomodó el pelo teñido con visos rubios y regresó a su incesante tecleo en el computador. Inspiré profundamente, contando hasta treinta, para que mis pulmones se llenaran de ese aire rancio y caminé con rabia hacia el ascensor. Los chicos me siguieron.

Nos sentamos en una plaza ubicada frente al hospital. Nuestras caras reflejaban decepción y teníamos menos ánimo que un atleta que no logra llegar a la meta.

–Yo sabía que no era buena idea –Sofí se rascó la cabeza.

–La idea no era mala, el problema fue que no pudimos pasar la barrera de la secretaria –dijo Cote–, pero se me está ocurriendo algo... –Le pusimos atención a nuestra amiga de mechón rojo–. Este hombre tiene que salir en algún momento; por muy ocupado que esté tendrá que ir a su casa... –Cote se frotó el mentón–. Vamos al estacionamiento.

No tuvimos tiempo de preguntarle qué haríamos porque de inmediato partió trotando en dirección a la entrada de los estacionamientos subterráneos del hospital. Una vez en el interior, llamamos al ascensor y, apenas las puertas se abrieron, nos escabullimos entre los pasajeros.

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