Mamá terminó sus masajes, me miró como si lo hiciera por primera vez en muchos años y se sentó en el borde de la cama.
–¿Por qué no me dices la verdad? Tú sabes que no soporto las mentiras. –Sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo y comenzó a jugar con él.
–¿De qué mentiras me hablas? –Apenas le di una ojeada y continué con la mirada perdida en la ventana.
–¿Crees que no me he dado cuenta de que hace más de un mes que no hablas con tus amigos?
Suspiré, y por un segundo tuve el impulso de confesarle todo lo que tengo guardado, pero me arrepentí.
–Y si sabes, ¿para qué preguntas?
–¿Me quieres contar qué pasó?
–¡No! –le respondí, seca, casi con bronca.
Mamá se levantó de la cama y comenzó a dar pasos sin destino, tomó un cigarrillo, se lo puso en la boca, luego se lo quitó y lo regresó a la cajetilla, que guardó en el bolsillo de sus pantalones.
–No sé qué hacer contigo. –Movió la cabeza de lado a lado. Percibí su frustración.
–Dejarme tranquila es una buena opción...
–¿Dejarte tranquila? Estás loca, niñita...
–En verdad, mamá, no tengo ganas de hablar contigo ahora...
–Nunca quieres –me interrumpió.
Quedamos sumidas en un silencio molesto, como si sostuviéramos una lucha interna, esperando que a alguna se le escapara una palabra.
–Entonces, ¿hoy sí irás al preuniversitario? –Se sentó de nuevo en la cama de mi pequeña habitación color verde esperanza, esa que ya no tengo.
–No sé –respondí en un susurro.
Mamá miró hacia el cielo raso y luego sus ojos inspeccionaron todo mi cuarto en menos de un segundo.
–Ema, ¿qué haré contigo?
No le respondí.
–Anoche me estuve comunicando hasta tarde con tu papá por wasap y quedamos de acuerdo en que tal vez sería una buena idea que terminaras el año con él en República Dominicana –me dijo, como tratando de ordenar sus ideas.
Tú sabes lo que significa República Dominicana para mí, cómo me fascina esa tierra que no puedo quitar de mi cabeza y menos de mi corazón. Recuerda que viví allí con mi familia durante casi dos años, en el elegante hotel en Punta Cana que administra mi papá. Todavía estaría nadando en sus tibias aguas color turquesa y respirando su aire caliente de no haber sido porque mi padre engañó a mamá con una empleada del mismo recinto vacacional. Apenas ella se enteró, nos agarró a mi hermano Nico y a mí como si fuéramos paquetes y nos embarcó en un avión de vuelta a Chile. Mamá nunca más regresó, pero nosotros continuamos visitando a papá por lo menos una vez al año.
No sé por qué te escribo estas cosas, supongo que a veces olvido que ya conoces mi historia, pero creo que nunca te mencioné lo mucho que sufrí con la separación de mis papás. Aunque, si lo pienso detenidamente, de no haber existido ese lío de faldas, tú y yo jamás hubiéramos llegado a ser tan amigos, casi hermanos. Creo que la Normi tiene razón cuando dice que de todo lo muy malo siempre nace algo muy bueno.
–¿Por qué quieres que me vaya? –En ocasiones me pongo melodramática y todo me ofende. Solté la cortina verde que sostenía con una mano y me di vuelta para mirar a mamá como si me estuviera expulsando de casa.
–No es que quiera echarte, ¿cómo se te ocurre?... Solo se nos ocurrió que te haría bien un cambio de aire –explicó tratando de que su hija adolescente y últimamente un poco trastornada, no malinterpretara sus palabras.
¿Te conté que encontré debajo de su cama el libro Aprenda a comunicarse con sus hijos adolescentes? Me dio risa cuando lo vi... Pobre...
–No quiero ir, por lo menos no por ahora. –Volví a apartar la cortina para seguir mirando por la ventana, imaginando que te veía caminando por la vereda como antes.
–Pero, ¿por qué no? Si a ti te encanta estar allá. –Ya la conoces, sabes que no se daría por vencida fácilmente...
–Porque tengo cosas que terminar aquí, mamá –le dije, ya un poco molesta.
–Con tu papá pensamos que quizás no sea conveniente que rindas la PSU este año y, con respecto a los exámenes libres, podrías venir por unos pocos días y darlos.
¿Cómo me puedes pedir que tenga paciencia con ella si sabes que no se rinde con nada?
Como sabes, tengo mi propio sistema de estudios, que llamé “Ema’s High School of Ñuñoa”... Jamás imaginé que pasaría casi toda la Enseñanza Media estudiando en casa con profesores particulares y rindiendo exámenes libres... Qué injusticia más grande fue que me expulsaran del Colegio Americano en Primero Medio... Me parece escuchar tu voz profunda prometiéndome que nunca más hablaríamos de ese tema, pero perdóname porque todavía me hierve la sangre. Nunca quise ser una de ese tipo de minas “aisladas” que se educan en casa como si les diera alergia el resto de los mortales. Pero lamentablemente no me quedó otra alternativa, ya que después de salir de tan mala forma del cole, pasé a ser una paria a la que no quisieron recibir en ningún colegio medianamente digno. Recuerdo que sugeriste el liceo municipal, pero mi mamá me quería lejos de las protestas y las tomas. ¿Será que sabe que soy como un imán para atraer los problemas? En fin, nada que hacer, faltan unos pocos meses para que termine Cuarto Medio y llegue el fin de mi época de escolar.
–Aparte de los exámenes, tengo otras cosas pendientes, mamá, así que no insistas.
Me tomó de un brazo y me forzó a mirarla a la cara. Estaba como loca, con los ojos desorbitados y su rostro pálido se veía más blanco aún en contraste con su pelo negro. En ese momento no supe de dónde sacó las fuerzas para apretarme el brazo, pues su cuerpo menudo parecía el de una niña desvalida.
–¡No sigas, Ema, no te hace bien seguir mandando cartas, pidiendo entrevistas, o paseándote con carteles frente a La Moneda! –Sus ojos castaños mostraban una furia que pocas veces había visto en ella.
–¡Suéltame! –Zafé mi brazo y me puse de pie–. ¡¿De qué hablas, mamá?!
–¡¿Acaso crees que no sé en qué pasos andas?! Lo que pasó ya pasó, no hay nada más que hacer. Ya no puedes cambiar las cosas.
–Estás descontrolada, mamá, déjame sola...
–No, niñita, vives en mi casa y aquí se hace lo que yo digo. –Su rostro casi rozaba el mío, y sentía su respiración en mi cara. Respiré profundo y conté hasta diez.
–Mamá, en verdad creo que estás nerviosa. Déjame sola, te lo pido por favor. –Traté de que mi voz sonara calmada.
–¡No estoy nerviosa! Tú me tienes así, sin saber qué hacer, adivinando tus estados de ánimo y ya no lo soporto.
Su voz me retumbó en la cabeza, miré al suelo y respiré profundamente para poder controlarme y no gritar que odiaba el mundo con sus injusticias, como tantas otras veces lo había hecho, casi siempre con pésimos resultados. Preferí mantenerme callada.
–¿Qué te parecería pasar unos días con tu abuela? No me gusta que estés tan solita. –La voz angustiada de mi mamá rompió el silencio roto, esta vez sin gritos.
–No quiero –gruñí.
–Por favor... una semana...
Y aquí me tienes, escribiéndote una carta en papel, a la antigua, de esas que ya no existen, porque donde la Normi con suerte llega el agua y la luz. De tecnología, ni hablar; lo único que notifica mi celular es que está sin cobertura. En ocasiones creo que enloqueceré sin internet.
La Normi me preparó el dormitorio del fondo a la derecha, el que siempre ha dicho que me pertenece. Instaló un escritorio frente a una de las ventanas, y desde ahí puedo escribirte esta carta mirando lo agreste del cerro.
Te quiero mucho, mucho, mucho, Milo. Siempre juntos.
Ema S.
En el cerro, lunes 25 de agosto
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