Angélica Dossetti - Querido Milo

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Esta es la séptima novela protagonizada por Ema, quien ya tiene 17 años y acaba de recibir un fuerte golpe: a su adorado amigo Milo le han diagnosticado leucemia y para sobrevivir necesita urgente un trasplante de médula. Pero este tiene un precio que su familia no puede costear. Con sus amigos, Ema decide ayudar a buscar los recursos económicos que no hay. Saben que están contra el tiempo y para ello se contactan con toda clase de personas.Pero el grupo chocará con una realidad que les era desconocida: a la gente no le conmueve el sufrimiento humano y no está dispuesta a molestarse por aliviarlo. Además, la burocracia impide llegar hasta quienes podrían hacer algo.

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Aquí no es fácil saber qué día es, porque todos parecen iguales y, si no fuera porque los voy marcando en un calendario, ni siquiera podría fechar las cartas. Internet rara vez funciona, el teléfono de red fija es un adorno porque la línea casi siempre está cortada y los celulares pocas veces tienen cobertura. Si no fuera porque mi abuela no se pierde la misa de los domingos, ni siquiera me enteraría de que pasan las semanas. Pese a todo, pareciera que el invierno se me hace más soportable lejos del bullicio y las aglomeraciones de Santiago, y me he sentido tranquila.

–¡Arriba, Ema! Tenemos trabajo. –Esta mañana mi abuela entró en el dormitorio como un bólido, recogió la ropa que estaba sobre la silla del escritorio, descorrió las cortinas y abrió las ventanas para asomar la cabeza y dar una gran inspiración de aire puro–. ¿Sientes el olor? –preguntó con los ojos cerrados y una sonrisa de comercial de desodorante ambiental–. Huele a campo, amo la fragancia del campo –comentó mientras se acercaba a mi cama–. Vamos soltando el cuadernito –me lo arrebató de las manos para guardarlo en el cajón del escritorio–, y ponte linda que hoy tenemos visitas.

–¿Visitas? ¿Quiénes vendrán?

–Sí, visitas... ah, y apúrate que el desayuno ya está servido...

Después de tomar leche de almendras acompañada de tostadas con miel, me dirigí al canil para ver cómo había amanecido Mamita y sus cachorritos. A uno que tiene el pelo algo ondulado y de color caramelo lo he apodado Milo, como tú, también porque me gusta como suena tu nombre en mis labios. Espero que no seas de ese tipo de personas a las que no les gusta que los animales tengan nombres humanos y que por eso termines enojándote conmigo.

A eso del mediodía, cuatro autos se estacionaron en fila frente al portón de la parcela y de ellos descendió el conjunto más estrafalario de personas que he visto en toda mi vida. A una mujer morena y muy delgada, con apariencia de chamán de película, la rodeó y olfateó nuestra manada de perros, mientras inspiraba profundamente y alzaba las manos al cielo para elevar una oración inentendible. Otra señora, rubia teñida y con un moño descuidado, tiraba de la mano a un niño chillón de unos cinco años, que me recordó mucho a Nico. También apareció un muchacho como de mi edad, de lentes y paso calmo, acompañado de una chiquilla que insistía en aferrarse a su brazo. Por último se bajó un señor que parecía algo mayor que la Normi, ataviado con poncho mapuche y una boina que no alcanzaba a cubrirle por completo el pelo blanco.

–Mi nieta Ema –me presentó la Normi a sus invitados. Tú sabes lo orgullosa que se siente de mí, aunque no estoy segura del motivo. Los saludé con una sonrisa, que ellos retribuyeron del mismo modo.

Lo primero que hicimos fue dirigirnos al canil para ver los perritos de Mamita. Mientras subíamos el cerro, la rubia con su mocoso iba reclamando lo lejos que habían fijado la reunión y el gran trabajo que le daban los perros de la calle.

–Se ven sanitos, abuela, los tiene que cuidar mucho... Acuérdese que tengo las vacunas, no sea cosa que se nos enfermen antes que podamos darlos en adopción. –La rubia se agachó y examinó a cada uno de los cachorros mientras el resto observábamos cómo los manipulaba.

–Ya lo sé, Andrea, quédate tranquila que con mi nieta los estamos cuidando bien.

Cuando terminó, la Normi cerró la puerta del canil y caminamos en fila hasta la casa.

Tengo que confesar que nunca supe en qué momento mi abuela había decidido asentarse arriba de este cerro. Lo único que tenía claro era que no quería regresar a “Santiasco”, como ella lo llama, y que si no fuera porque mi mamá la obligaba a hacerse los chequeos médicos en la clínica de siempre, ni siquiera pisaría las calles de la capital. Ahora comenzaba a entender que no estaba recluida ni menos abandonada, que tenía su mundo, sus amigos y hasta una misión que cumplir.

En la mesa de centro de la sala, la Normi había dispuesto bandejas con galletas de avena y jarras con jugos de frutas. Los invitados se ubicaron en los sillones sin dejar de hablar de “hogares temporales”, “jornadas de esterilizaciones” y otros temas por el estilo. El niño chillón le tiraba el chaleco a su madre, la que ya parecía haber comenzado a perder la paciencia.

–Oiga, abuela ¿y si lo dejamos viendo tele? –le suplicó a la Normi mientras intentaba con poco éxito controlar al chiquillo.

La dueña de casa me hizo una seña y llevé al niño al dormitorio de mi abuela, lo senté en la cama y le sintonicé un canal de dibujos animados.

–¡Te quedas quieto! –le ordené y el chiquillo me dio una mirada asustada.

Como no tenía otra tarea, regresé a la sala para escuchar de qué se trataba la reunión. Aunque no lo creas, pero te juro que es verdad, para sorpresa mía en ese momento estaban desplegado cuatro lienzos escritos con pintura de color rojo sangre en los que se leía: NO AL RODEO, EL RODEO NO ES UN DEPORTE, EL SUFRIMIENTO ANIMAL NO ES DIVERTIDO y LIBEREN A LOS NOVILLOS.

–Me quedaron finos –dijo con orgullo el chico joven.

–Sí, Cristián, están muy buenos. –La mujer con aspecto de adivina se paró de su sillón para mirarlos de más cerca.

–Creo que es mejor que la abuela no vaya. –La chiquilla que no se despegaba de Cristián habló con seriedad.

–¡¿Qué?! Yo fui la de la idea, así que por ningún motivo me dejan fuera.

–Entienda, abuela, a sus años no puede andar saltando cercas –insistió la muchacha.

–No me faltes el respeto, chiquilla, que, así como me ves, no tengo ningún problema en subir y bajar este cerro, ni menos de echarme al hombro los sacos de comida de los perros.

Se quedaron en silencio mirándose las caras. La Normi salió hacia la cocina con el ceño fruncido y yo la seguí.

–¿Qué onda, Normi? –La sostuve por un brazo mientras abría el grifo de agua.

–Nada, solo es una reunión de la agrupación animalista.

–¿Y esos carteles? –insistí.

–Son para un plan que tenemos.

–Pero cuéntame.

–Ahora no, después, cuando sea el momento... Mejor anda a ver al hijo de la Andrea que de seguro ya destruyó mi dormitorio.

Quedé asombrada. ¿Qué hacía mi abuela metida en esas cosas? Ella, la que no haría nada que fuera en contra de la ley de los hombres ni de la Iglesia. En ese momento intuí de dónde provenía mi alma luchadora y justiciera. Ahora ya sabes a quien reclamarle cuando me meta en líos puesto que, como dice el refrán, “lo que se hereda no se hurta”.

Te quiero montones. Siempre juntos.

Ema S.

En la parcela, 13 de septiembre

Querido Milo:

No he podido dejar de pensar en el par de meses y unos días más en que estuviste en el hospital mientras nosotros, me refiero al grupo, nos quebrábamos la cabeza tratando de comprender lo que ocurría. Es difícil de entender que un joven de nuestra edad se enferme al punto de arriesgar la vida, porque hasta ese momento la muerte no era parte de nuestra realidad. Menos aún los hospitales, con su olor a desinfectante, ni el ejército de médicos y enfermeras que pululan sonriendo, como haciendo una burla inconsciente de esos desgraciados que se aferran a sus vidas.

Habíamos escuchado que tu enfermedad era casi siempre letal, a menos que se siguiera un tratamiento radical, y que podía tener una cura mediante un trasplante de médula ósea proveniente de alguien compatible. Por suerte, Diego era un candidato.

Los chicos y yo te visitábamos a diario en ese cuarto de hospital, el que fuimos adornando con dibujos y fotos nuestras para darle un poco más de alegría a las paredes blancas. Pero tu cuerpo postrado en la cama nos evidenciaba por lo que estabas pasando: habías perdido peso, el pelo y, muchas veces, las ganas de seguir luchando. Las quimioterapias eran espantosas: envenenaban tu organismo sin distinguir entre células buenas y malas, y a todas luces te ibas consumiendo lentamente. No entendíamos por qué no se hacía nada, si existía un tratamiento que te regresaría a tu estado normal.

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